Cómo el Atleti transforma su destino en un instante


Hace poco más de una semana, con diez minutos restantes en el partido, el Atlético de Madrid se encontraba en desventaja en el estadio Metropolitano frente al Rayo Vallecano. La posible derrota significaba alejarse 12 puntos de la cabeza de la Liga y simbolizaba un incierto comienzo de temporada. Era un nuevo golpe en una herida que ya supuraba dudas. Un nuevo saco de incertidumbres sobre un proyecto deportivo muy criticado. Otro clavo más en ese ataúd de lujo que algunos han intentado construir para Simeone a lo largo de los años. Hoy, ocho días después, todo suena a broma. Los aficionados colchoneros forman un grupo feliz, los analistas coinciden en que el cuadro colchonero se ha vuelto a meter en la Liga, y el entrenador del Eintracht de Frankfurt se refiere a los rojiblancos como un equipo con «una calidad de fútbol superior» y que pertenece al grupo de aquellos que «optarán por el título«. ¿Qué ha cambiado?

Pues bien, depende de cómo se mire y del nivel de orgullo, o resentimiento, que se tenga. Desde una perspectiva estrictamente deportiva, considero que la clave ha residido en minimizar uno de los dos grandes problemas que afectaban al equipo. Si uno se sumerge en el torbellino de preguntas y dudas que es la información deportiva actual, se podrán escuchar voces que apuntaban que el Atleti estaba jugando relativamente bien, proponiendo un estilo que parecía atractivo. Sin embargo, eso significa poco si no conviertes las oportunidades que tienes y el rival marca cada vez que se acerca a tu área. Lamentablemente, eso no se traduce en un buen juego. Y eso también era lo que mantenía al equipo en la cuerda floja, haciendo que las dudas crecieran como setas tras la lluvia y que la identidad se desvaneciese. Para mí, el problema principal era la falta de calidad de los jugadores clave, consecuencia de una mala planificación deportiva. No estoy seguro de si Simeone compartía esa opinión, pero tenía claro que la solución estaba en sus manos. Solo era cuestión de tener paciencia, persistir y mantener la fe en el trabajo, decía. Y, nuevamente, parece que tenía razón, lo cual no debería sorprender a nadie.

Desde entonces, además de seguir creyendo, Julián Álvarez ha logrado mejorar su puntería. Y al ser un futbolista excepcional, esto ha provocado que el resto del equipo se una a él para convertir en una certeza tangible lo que antes era solo un deseo. Ya no parece que el Atleti quiera presionar; ahora realmente presiona. Ya no es un equipo que duda entre ser toro o torero (si es que alguna vez tuvo tal dilema). Ya no se pregunta si debería ser el protagonista del partido o cuándo debería serlo. Ahora lo es, sin importar el rival o el nombre que lleve en la camiseta. Quizás antes también lo hacían, pero no parecía ser así.

Por lo tanto, dejando de lado los titubeos, analizando a sus contrincantes y haciendo lo que antes solo intentaban, el Atleti se ha convertido en un torbellino de fútbol que nos ha dejado a todos atónitos. Sin contar los dos goles que permitieron darle la vuelta al partido contra el Rayo Vallecano (todos anotados por Julián), el conjunto de Simeone ha marcado otros diez tantos en dos partidos. Indiscutible. Dos encuentros en los que, además, nadie duda que han superado futbolísticamente a sus adversarios. Si uno de esos rivales es el equipo que alimenta todas las redacciones deportivas de este país, se comprende aún mejor que esta especie de resurgimiento colchonero sea también conocido.

Simeone vivió el partido desde el palco. (Reuters/Violeta Santos Moura)

La resurrección de los capitanes

El pasado sábado estuve en el estadio Metropolitano y fui testigo de esa maravillosa celebración del fútbol como fenómeno impredecible, que fue el derbi madrileño contra el Real Madrid. Un derbi que, sin duda, será recordado durante muchos años por quienes abrazan la vida desde el lado colchonero. Un derbi que servirá como punto de referencia para una temporada que, pese al momento de euforia, aún no sabemos hacia dónde nos llevará. Lo que observé ese día fue un estadio entregado unánimemente a una misma causa, que no es lo que suelen relatar las crónicas. Presencié a un equipo sobresaliente e irreconocible, que sobrepasaba a otro equipo, igualmente irreconocible, del que su rival logró deshacerse. Vi jugadores comprometidos, capitanes resucitados y estrellas luciendo la camiseta rojiblanca. Presencié a un entrenador que se reinventaba una vez más, demostrando el tipo de líder que es. Un entrenador que, posteriormente, se emocionó hasta las lágrimas cuando Julián Álvarez anotó un gol de falta directa. Algunas personas, no tengo claras las razones, relegan este tipo de momentos a la categoría de anécdota o hipocresía. Para mí, lejos de caer en esas interpretaciones, me provoca un sentimiento muy similar al orgullo.

Por eso, en ese instante, al ver la ventaja en el marcador y sintiendo el frío que comenzaba a disiparse, experimenté algo similar a lo que vivió Josef K. al final de El Proceso y lamente haber sido parte de ese sistema opresor, absurdo e incomprensible que ha secuestrado la actualidad del deporte. Lamenté haber aceptado participar en este juego contemporáneo donde la emoción es demagogia, la fidelidad es una característica de los débiles y buscar la felicidad se interpreta como una excusa para perdedores. ¿Por qué se ha llegado a un punto donde ganar es un alivio y todo lo que no sea eso es un fracaso? ¿Quién determina que deba ser de este modo? Me rebelo ante ello. Y espero poder ser mucho más combativo contra esa corriente que no me representa, por muy mayoritaria que sea.

Giuliano marcó en Champions. (Europa Press)

Un equipo apetecible

Sí, pero entonces, ¿qué? ¿El Atleti va a funcionar o no? Pues no lo sé. Lo que sé es que el Atleti vuelve a ser un equipo atractivo, que ahora genera elogios y aparece en las quinielas de los que tienen micrófono. Ha demostrado saber jugar, marcando goles y ganando a equipos importantes. Por ahora, eso es suficiente. Ya, ya, pero, ¿va a ganar la Liga y la Champions? Honestamente, no tengo la respuesta. Nadie la tiene. El analista, cronista o hincha, que son las mismas personas, podrá explicar lo ocurrido con más o menos demagogia, pero no tiene la más mínima idea de qué sucederá. Aunque a menudo actúan como si lo supieran. Y si lo piensan bien, es mucho mejor así. ¿Qué importa lo que suceda mañana? Las apuestas son únicamente eso: apuestas. Una de las grandes lecciones que he aprendido esta semana es que se siente mucho más cerca de la felicidad disfrutando con amigos de una victoria en un derbi, que tratando de fingir indiferencia y sufriendo durante siete meses por lo que podría ocurrir en el último partido de la temporada. No cuenten conmigo para eso.

Y, por cierto, parece claro que, en esta etapa del viaje hacia Ítaca, el Atleti no tiene intención de cambiar de Ulises. Aceptémoslo. Por mucho que se indigne Poseidón o que las sirenas continúen cantando romances que buscan atraer cada noche a nuevos navegantes hacia su causa. Sería beneficioso, para la salud de todos, que dejásemos este asunto de lado y empezásemos a mirar hacia adelante, en el terreno que queda por recorrer. Entre otras cosas, porque aún hay un largo camino por delante.

Hace poco más de una semana, faltando diez minutos para el final del partido, el Atlético de Madrid perdía en el estadio Metropolitano contra el Rayo Vallecano. La potencial derrota suponía marcharse a 12 puntos de la cabeza de la Liga y coronar un convulso arranque de temporada. Era un nuevo chorro de ácido en una herida que supuraba incertidumbre. Un nuevo saco de dudas sobre un proyecto deportivo muy cuestionado. Otro clavo más en ese ataúd de lujo que algunos llevan fabricando para Simeone desde hace años. Hoy, ocho días después, suena a chiste. Los aficionados colchoneros conforman un colectivo feliz, los analistas concuerdan en afirmar que el cuadro colchonero se ha enganchado a la Liga y el entrenador del Eintracht de Frankfurt habla de los rojiblancos como de un equipo con «una calidad de fútbol superior» y que está en el grupo de los que «optarán al título«. ¿Qué ha ocurrido?

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