«Crisis de desesperación»: la tasa de mortalidad mundial disminuye, pero aumenta entre los jóvenes de Norteamérica debido a las drogas y el suicidio | Ciencia
La población global está viviendo más que nunca. Según el último informe sobre la Carga Global de Enfermedades, publicado este domingo en la revista The Lancet, la esperanza de vida en el mundo ha aumentado en 20 años desde mediados del siglo pasado, alcanzando una media de 76 años para las mujeres y 71 para los hombres —en los países desarrollados, ambos superan los 80—. La tasa de muerte está disminuyendo en todo el planeta y, en general, las poblaciones disfrutan de mejor salud. Sin embargo, no todo son buenas noticias. El informe también destaca retos pendientes y delineamientos de los nuevos desafíos que enfrenta la humanidad, como el aumento de la carga de trastornos mentales y la mortalidad entre adolescentes y adultos jóvenes en Norteamérica y América Latina, ocasionada principalmente por el suicidio y el abuso de drogas y alcohol.
Esta macroinvestigación, que reúne datos de más de 200 países para el año 2023, representa la primera descripción global del estado de salud en el contexto postpandémico. Tras la crisis sanitaria provocada por la COVID-19, que sacudió los sistemas de salud mundial y alteró las estadísticas tradicionales, convirtiéndose en la principal causa de muerte, las tendencias han comenzado a estabilizarse. La esperanza de vida, que cayó durante la pandemia, ha regresado. Asimismo, la mortalidad, exacerbada por el brote infeccioso, también ha disminuido. Los infartos y los ictus están nuevamente a la cabeza de las causas de muerte más comunes, mientras que la COVID-19 ha descendido al vigésimo lugar en este ranking.
El informe destaca dinámicas preocupantes en ciertos territorios y grupos de edad específicos. Por ejemplo, lo que ha estado ocurriendo con los jóvenes en Norteamérica y América Latina desde 2011. Allí se han observado los mayores incrementos de mortalidad, especialmente en Estados Unidos, Canadá, México y Brasil: en la última década, ha aumentado casi un 32% entre las personas de 25 a 29 años y un 50% entre los treintañeros. Los autores atribuyen este fenómeno a las altas tasas de “muertes por desesperación”, un conjunto de decesos “impulsados por factores económicos, sociales y psicológicos”, principalmente suicidios, alcoholismo y sobredosis de drogas.
Estados Unidos, de hecho, ha enfrentado una epidemia de opiáceos que ha acabado con la vida de decenas de miles de jóvenes: las muertes por sobredosis aumentaron un 30% entre 2019 y 2020, un 15% entre 2020 y 2021, y en 2022, se registró un récord de 111.029 fallecidos.
Para poner en contexto el fenómeno en América Latina, Jesús Adrián Álvarez, doctor en Salud Pública, también menciona el impacto de la violencia. “Entre los hombres latinoamericanos, las altas tasas de homicidios en adultos jóvenes añaden una dimensión crítica a esta carga de mortalidad. Esto revela una paradoja: a pesar de las grandes inversiones en salud pública y bienestar social, la violencia sigue acortando la vida de millones en la región”, explica en declaraciones al portal Science Media Center España.
Durante la última década, los mayores incrementos en la mortalidad de personas de 15 a 19 años y de 20 a 24 años se registraron en Europa Oriental —con un aumento del 54% y del 40%, respectivamente—. Este fenómeno coincide notablemente con la invasión de Rusia a Ucrania: desde entonces, la mortalidad en esos grupos de edad en ambos países (especialmente en Ucrania) se ha disparado.
Otra área de conflictos bélicos que destaca en el trabajo son las masacres perpetradas por Israel en Gaza. Aunque las tasas de mortalidad regional en el norte de África y Oriente Medio ya no son las más elevadas, resaltan que “Palestina tuvo la tasa de mortalidad y el riesgo de morir antes de los 70 años debido a conflicto y terrorismo más altos del mundo”. Además, para la Franja de Gaza, se estima “una pérdida de 30 años de esperanza de vida durante los primeros 12 meses de la guerra, una estimación conservadora que casi reduce a la mitad la esperanza de vida previa al conflicto”.
Alerta por los recortes de Trump
El estudio también advierte sobre los efectos que tendrá la política de recortes en la ayuda al desarrollo implementada por la administración Trump. Los autores subrayan que el gobierno estadounidense contribuyó con el 22,6% de toda la asistencia al desarrollo en salud para 2023 y en el editorial que lo acompaña se menciona que solo la Agencia de los Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID, casi desmantelada por Trump en sus primeros meses en el cargo) fue responsable de una reducción del 15% en la mortalidad por todas las causas ajustadas por edad y del 32% en la mortalidad de menores de cinco años, principalmente en países de ingresos bajos y medianos, y en particular en África.
“Para mantener el progreso o incluso para evitar retrocesos en la mortalidad de menores de cinco años en poblaciones de alto riesgo, será imperativo mitigar los efectos de estos recortes de financiación, al mismo tiempo que se amplían otras fuentes de financiación, como las de organizaciones no gubernamentales”, apuntan los investigadores. El editorial enfatiza que algunas estimaciones preliminares sugieren que la asistencia para el desarrollo en salud disminuyó en más del 50% entre 2021 y 2025.
Drogas, violencia y depresión, en aumento
Los autores afirman que “la diabetes, los trastornos por consumo de drogas, la violencia y las olas de calor” son algunas de las amenazas de más rápido crecimiento para la salud humana. De hecho, desde 2013, las muertes anuales relacionadas con la exposición ambiental a frio y calor han aumentado un 6%; las vinculadas al consumo de drogas, un 5%; las asociadas a diabetes, un 3%; y las ligadas a conflictos y terrorismo, un 1%.
Sin embargo, el estudio también pone énfasis en el aumento de los trastornos de salud mental: la mortalidad y discapacidad asociadas a la ansiedad y la depresión han crecido un 63% y un 26%, respectivamente, desde 2010. La pandemia probablemente tuvo algo que ver, pero los investigadores van más allá: “Existen diversas teorías que compiten y complementan para explicar este aumento, incluyendo el uso incrementado de redes sociales, el ciberacoso, el abuso infantil, la desesperación climática, y un aumento en el costo de vida y la desigualdad de ingresos, además de una mayor concienciación sobre la salud mental”.
Según el estudio, casi la mitad de la mortalidad y morbilidad mundial en 2023 fue atribuible a 88 factores de riesgo. Específicamente, las variables asociadas a una mayor pérdida de salud incluyeron la presión arterial sistólica elevada, la contaminación por partículas, el exceso de azúcar, el tabaquismo, el bajo peso al nacer, el parto prematuro, el índice de masa corporal (IMC) elevado y el colesterol alto, entre otros.
El crecimiento y envejecimiento de la población, junto con la evolución de los factores de riesgo más preocupantes, están transformando el panorama. Las alianzas gubernamentales y los programas de salud implementados en las últimas tres décadas han logrado contener la propagación de numerosas enfermedades infecciosas (como tuberculosis, infecciones respiratorias y entéricas, difteria, tétanos…), hasta el punto en que las enfermedades no transmisibles, como la diabetes o las enfermedades cardíacas isquémicas, ya representan casi dos tercios de la mortalidad y morbilidad total en el mundo. “Las tasas de enfermedades no transmisibles están en aumento, especialmente en los países de ingresos bajos y medianos. La rapidez y magnitud de esta transición epidemiológica de enfermedades infecciosas a enfermedades no transmisibles es motivo de preocupación urgente”, admite The Lancet en un editorial complementario.
Todo está cambiando y el mundo se encuentra en una nueva era de desafíos de salud global, reflexiona en un comunicado Christopher Murray, director del Instituto para la Medición y Evaluación de la Salud (IHME) de la Universidad de Washington y autor de la investigación: “La evidencia presentada en el estudio es un llamado de atención, instando a los líderes gubernamentales y de atención médica a responder rápida y estratégicamente a las tendencias inquietantes que están remodelando las necesidades de salud pública”.
Los países más pobres, aunque también han experimentado mejoras en su estado de salud en las últimas décadas, siguen muy por detrás de las naciones más ricas. Por ejemplo, en España, Italia o Francia, la esperanza de vida es de 85 años para las mujeres y 83 para los hombres; mientras que en el África subsahariana, la media es de 66 y 62 años, respectivamente. En las áreas más desfavorecidas, comienzan a coexistir dos amenazas para la salud: la histórica carga de enfermedades transmisibles —como tuberculosis, malaria y otras infecciones, que han disminuido en incidencia en las últimas décadas, pero que continúan causando la muerte a millones— junto con la expansión de enfermedades no transmisibles, como la obesidad y la diabetes.
El epidemiólogo Jaume Marrugat, que no ha participado en esta investigación, celebra las buenas noticias, como el aumento de la esperanza de vida y la disminución de enfermedades transmisibles, pero también expresa su “preocupación” por el riesgo de retroceso: “Gran parte de la mejora en enfermedades transmisibles está relacionada con la vacunación y nos preocupa mucho que haya países con líderes que no promueven la vacunación. Ha costado mucho conseguir que las vacunas nos liberen de diversas enfermedades y corremos el riesgo de que estas vuelvan a surgir. Eso genera angustia”.



