Julián Álvarez y el dilema crucial.
Nací un par de años después de lo que me habría gustado. No llegué a ver aquel espléndido Atleti de los setenta, y mi primer recuerdo, algo borroso, de un ídolo rojiblanco, remonta a Hugo Sánchez. En una situación complicada y sin recursos, el Atleti tuvo que venderlo al Pumas, equipo que facilitó su llegada al Madrid, permitiendo que Don Vicente Calderón pudiera solventar las nóminas y, posteriormente, fichar al ‘Polilla’ Da Silva. Hugo no duró mucho en el Atleti.
Mi siguiente recuerdo de un ‘crack’ fue Paulo Futre. Era el mejor de Europa cuando llegó. A pesar de ser agraviado al perder un Balón de Oro por cuestiones políticas, el huracán Gil lo fichó del Inter, pero le sobró caprichos en forma de un Porche amarillo y le faltó paciencia -consultaba el futuro de entrenadores con su caballo Imperioso-. Así, la brillantez del portugués se desvaneció justo cuando debió haber sido leyenda.
«Al jeque de Burgo de Osma le sobraron caprichos en forma de Porche amarillo y le faltó paciencia con Futre».
Después, aparecía Alemao. Considerado uno de los mejores mediocampistas del mundo, tuvo que marcharse porque fue un fichaje de Vicente Calderón y porque el brasileño, pedido directo de Maradona para su Nápoles, descubrió que Gil no quería igualar su salario al de Futre.
Caminero destacó como el mejor de España durante un par de temporadas y Kiko estuvo entre los tres mejores de Europa en un par de años. Al primero, lleno de clase y presencia, le hicieron falta saber y fortuna. Al segundo, maestro en el arte de jugar de espaldas, le fue en contra la suerte y le afectó un tobillo que, como a Gárate con el maldito hongo, nos privaron de su talento.
Qué decir de Vieri, ese italiano que convertía goles con facilidad. Podía haber sido la bandera del Atleti, pero entre las noches madrileñas y su amor por las pesetas, su paso por Madrid fue fugaz.
Otro que prometía ser grande fue Juninho. Destruido por una entrada criminal de Míchel Salgado, el brasileño tenía el potencial de ser uno de los elegidos, pero después de aquella lesión nunca regresó al mismo nivel. Hasselbaink, conocido como Jimmy, dejó una estela de goles y libras esterlinas, que el Atleti cobró por su venta cuando el equipo descendió a Segunda.
Fernando Torres, a los 18 años, tuvo que cargar con el peso del gigante dormido que es el Atleti, y finalmente se marchó porque el club le quedó pequeño. Kun Agüero, llamado a ser estrella en la era de Messi, deslumbró con sus goles y alegría al vestir la rojiblanca, hasta que una decisión lo llevó a Madrid, y gracias a Gil Marín, terminó casi diez años mirando llover en Manchester.
«Al Kun Agüero se le cruzó el cable del Madrid y terminó pasando casi diez años viendo llover cada día en Manchester».
Forlán, que golpeaba las porterías tanto con la izquierda como con la derecha, héroe eterno de Hamburgo -quizás el pistoletazo de inicio del Atleti actual-, terminó marchándose por la puerta de atrás. Radamel Falcao, quien vino cedido y terminó siendo traspasado, encarnó todo lo que no debería vivir un futbolista: irse de donde nunca quiso irse, sin poder emitir palabra, y llorando sin parar. Antoine Griezmann, el jugador más completo que he visto con la rojiblanca, un hombre al que le robaron el Balón de Oro, decidió irse para ser uno más en Barcelona, sin darse cuenta que podría haber sido leyenda en el corazón del aficionado atlético.
Así, uno tras otro, he sido testigo de cómo grandes jugadores han pasado por el Atleti, quienes durante todos estos años deberían haber dejado su huella y jamás alcanzaron ese destino.
Ahora, el nombre destacado es Julián Alvarez. Posee clase, regate, remate, liderazgo, dedicación y humildad. Fichó por el Atleti para engrandecer al club, pero su situación es diferente a la de sus antecesores. Julián eligió venir al Atleti procedente del que en ese momento era el mejor equipo del mundo, después de haber conquistado todos los trofeos que cualquier jugador anhela. Es decir, Julián no llegó al Atleti en busca de gloria, dinero o títulos, sino para hallar su lugar, su espacio en el mundo. Y ya lo tiene.
«Julián no vino al Atleti por gloria, ni por dinero, ni por títulos. Vino para encontrar su sitio, su propio lugar en el mundo».
Se ajusta al Atleti como un guante y ahora es el Atleti el que debe cuidarlo. El argentino se siente feliz en Madrid, se convertirá en papá, mantiene una gran relación con Simeone, ha encajado perfectamente en el vestuario y la afición lo ha adorado desde el primer momento. Tiene contrato con el Atleti hasta 2030 y ya hay clubes millonarios esperando para intentar ficharlo este verano.
Hace meses, el Atleti y el entorno de Julián se reunieron para sentar las bases de una renovación-ampliación del contrato de Julián. Simeone ha subrayado públicamente en varias ocasiones: “A Julián debemos cuidarlo”. El Atleti está en esa tarea. Por cierto, dicha negociación aún no ha avanzado, y es razonable pensar que ya figura entre las prioridades de Mateu Alemany. No se me ocurre nadie más capacitado para ‘cuidar’ de Julián.
En el horizonte, la gran pregunta: ¿Será por fin Julián Alvarez el crack del Atleti llamado a quedarse para siempre y marcar una época en la historia del club? La respuesta es breve, pero la palabra es única.



