Los vendedores que recorren España para obtener ganancias con las protestas.


Un joven español de 21 años agita una botella pequeña de agua y una lata de cerveza al grito de “dos euros” en la manifestación propalestina del 15 de octubre en Madrid. Frente a sus pies tiene dos cubos llenos de bebidas y hielo que agita de vez en cuando para propagar el frío. La muchedumbre lo ignora y comienza a desesperarse. Necesita cambiar de sitio en el Paseo del Prado para probar suerte. Su padre aparece a los pocos segundos con una carretilla y trasladan el puesto hacia el tronco de un árbol en el epicentro de la marcha. Enseguida vende dos aguas y una cerveza a una señora que las quería “bien frías”.

Este joven asegura que lleva siete años recorriendo España para vender bebidas, alimentos o objetos demandados en las manifestaciones de turno. Junto a su padre y su hermano de 23 años integra una red de vendedores ambulantes que cada vez ganan más espacio en el paisaje urbano español que se configura en torno a los eventos multitudinarios. Da igual una marcha propalestina o un megaconcierto, ellos siempre están ahí para vender a los congregados. La irregularidad de sus actividades no les impide vivir de ellas y llevan bien la relación gato-ratón que tienen con la policía. La Nacional apenas los persigue, aclara el hermano, la más complicada siempre es la local.

“Lo peor que nos ha pasado es llegar a un sitio después de haber invertido mucho dinero y perderlo todo”, recuerda el hermano, apostado 40 metros más abajo con otros dos bidones repletos de hielo, latas y botellas. “El año pasado la Policía Local de Santander llegó a pegarnos después de confiscarnos toda la mercancía que queríamos vender en un concierto. Pero a veces lo pasamos bien. Bizarrap me compró un agua en Valladolid este año y la cantante Anitta me saludó fuera del Estadio Metropolitano. Eso es lo mejor que me ha pasado desde que comencé en esto a los 16 años”.

«Nos han puesto multas de 3.000 euros»

Junior, el hermano mayor, es mucho más desenvuelto y vende mejor. El padre se encarga de que no falte género y vigila a la policía y a los posibles ladrones. Su primogénito no necesita tanta atención y es más independiente, por eso lo coloca en las mejores posiciones para aprovechar su locuacidad. Siempre pasa más tiempo con su otro hijo, a quien no dejan de temblarle las manos, vocea menos y mantiene la mirada perdida, alerta ante un posible imprevisto.

Un vendedor durante las fiestas del Orgullo, en el barrio madrileño de Chueca. (EuropaPress/Alejandro Martínez Vélez)

En comunidades autónomas como Madrid está totalmente prohibida la venta ambulante sin la debida autorización municipal. Para tramitarla primero hay que inscribirse en el Registro General de Comerciantes Ambulantes y luego solicitar el carnet que acredite al vendedor callejero como tal. Los permisos se otorgan en cuatro modalidades, para venta en mercadillos, en festejos populares, en puesto aislado o en vehículo itinerante.

La familia entrevistada se mueve en una furgoneta por todo el país y prefiere los festivales de música, porque tienen mucho público, duran varios días y el ambiente es más tranquilo. “Le damos un servicio a la gente y de paso nos ganamos el pan, pero muchos ponen pegas y nos dicen que dejemos esto para ponernos a trabajar”, cuenta el más joven, quien prefiere no decir su nombre. “No tenemos otra cosa que hacer, yo no terminé ni la ESO, fui tonto. Cuando la policía viene les decimos que se lleven las cosas para evitar las multas, porque nos han puesto algunas de 3.000 euros”.


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El fenómeno de los “pequeños empresarios” que se presentan en las protestas para vender artículos básicos no es exclusivo de Europa, recuerda el periodista estadounidense Vincent Bevins. Este experto en protestas recuerda que en Brasil ocurría lo mismo. Allí cubrió muchísimas manifestaciones en las que aparecían, de forma aparentemente espontánea, vendedores con neveras repletas de agua, refrescos y cerveza. “Lo realmente interesante de esto es que, si bien las protestas pueden ocurrir en cierto sentido contra la sociedad existente, también ocurren dentro de la sociedad y sus respectivos problemas”.

“Así, por ejemplo, una protesta puede denunciar las condiciones económicas de un país determinado, pero al mismo tiempo está rodeada por la precariedad que vive la clase trabajadora, en este caso la española”, continúa Bevins. “Sectores de la izquierda antiautoritaria posterior a 1968 solían creer que las protestas debían prefigurar de alguna manera la sociedad que querían crear, pero eso es imposible. Una concentración en la Puerta del Sol de Madrid no es capaz de crear las condiciones económicas para la reproducción de la vida industrial avanzada. En la mayoría de las protestas ni siquiera se cubre lo básico requerido para estar horas en las calles”.

El padre y el hermano mayor dicen que no obtienen grandes ganancias con lo que hacen, aunque en verano ganan un poco más porque van a muchas fiestas de pueblo. Se concentran en las bebidas durante las manifestaciones, lo más demandado en sitios donde “se chilla mucho”, pero vendieron dos banderas palestinas porque en las protestas “puede ocurrir de todo”. Las llevaban como vestimenta con el objetivo de imitar a los manifestantes, así podían congraciarse con ellos e intentar pasar desapercibidos para las autoridades.

Edificio con banderas catalanas independentistas en un edificio de Barcelona cerca de la playa. (A.H.S.)

En los laterales de la marcha había otros vendedores que utilizaban estrategias similares y llevaban banderas como capas de superhéroes. Uno era de Bangladesh y vendía también agua y cerveza que arrastraba en un carrito de la compra, apenas sabía hablar español y le costaba mucho más ofrecer sus productos. Llevaba ocho meses en España, vivía en Lavapiés y no tenía papeles. Ese perfil de vendedor ambulante se repite en otras ciudades de España.

Yusil Gascón, quien ha sido voluntaria de seguridad en decenas de protestas en Barcelona organizadas por la Sociedad Civil Catalana, explica que allí también hay muchos inmigrantes como “logísticos” de las manifestaciones: “He conocido a muchos que provienen de países como Bangladesh y Pakistán, a pesar de que la mayoría de las marchas aquí se convocan incluyendo el merchandising. Por eso el fenómeno de esos vendedores se ve un poco menos, pero también existe. Aunque haya carpas en plena calle, los vendedores siempre aparecen y suman su oferta a la perenne que brindan muchas tiendas de barrio debido a la demanda de banderas que ha generado el separatismo y su contraparte”.

En el Día de la Hispanidad se vende mucho

Gascón cree que de cierta forma estos vendedores contribuyen a que crezca la demanda de determinados objetos, pues los ha detectado en protestas muy pequeñas organizadas fuera de Cataluña. “Muchas veces los manifestantes no llegan a las carpas o puestos más oficiales por así decirlo, y ellos deambulan con sus productos para venderlos. Casi nunca están en el centro de las congregaciones, se mantienen en la periferia generalmente. También lo hacen para cuidarse un poco, pues le temen a la violencia que puede llegar a generarse en ciertas manifestaciones”.

Un vendedor ambulante de banderas de España y trompetas durante una manifestación de transportistas. (EuropaPress/Alejandro Martínez Vélez)

En la marcha propalestina madrileña no bastaba con los miembros del Sindicato de Estudiantes o del Ateneo Republicano de Lavapiés que vendían camisetas, pines, banderas y kufiyas para autofinanciarse. Los inmigrantes aprovechaban alzando sus brazos con los símbolos palestinos para llamar la atención de los marchantes. Un bangladesí especializado en los pañuelos palestinos dijo que un buen día podía vender 50 euros y que no hallaba “un trabajo normal” porque todavía estudiaba español. Formaba parte de un grupo de cinco vendedores que intercambiaban mercancía y se distribuían para ocupar todos los flancos de la marcha.

Cuando se acerca el día de la Fiesta Nacional de España cambia un poco el perfil del vendedor promedio en Barcelona, aclara Sayde Chaling-Chong, esposo de Gascón y también activista. El día del pasacalle, por ejemplo, salen muchos latinoamericanos con empanadas, dulces o banderas típicas de sus países. En Madrid ocurre lo mismo durante el tradicional desfile Militar por el Día de la Hispanidad.

Este año, cuando ya había pasado la comitiva por Atocha, un peruano de 54 años seguía vendiendo pulseras con la bandera de España y de Vox. Las mostraba sobre un pequeño mantel tendido en la acera, a pocos metros de dos patrullas de agentes de movilidad. “Esto no da para vivir pues ya hasta el año que viene en el próximo desfile no vendo más”, detalla mientras sostiene con la mano izquierda un carrito con gorras, bufandas y banderas españolas. “Hago esto porque estoy operado de un tendón de la espalda que me impide trabajar de verdad. Con lo que gano puedo mejorar la pensión que recibo, pero tengo miedo de que me la quiten si me pillan haciendo cosas como estas”.

Puesto del Ateneo Republicano de Lavapiés vendiendo camisetas y otras prendas en la manifestación propalestina. (A.H.S.)

Unos chavales muy jóvenes se le acercaron a preguntar por las pulseras de Vox, pero desistieron de comprarle algo cuando les dijo que no recibía pagos por Bizum y prefería cobrar en monedas directamente porque tampoco tenía cambio para billetes. Cada pulsera costaba un euro y varias chicas lograron sacarle 10 por ocho euros.

En el Paseo del Prado, todavía con resaca del desfile, caminaban decenas de personas envueltas en banderas grandes o sosteniendo pequeñas. No los movía la denuncia de un genocidio como el gazatí, sino el orgullo de ser español, y eso lo explotaban los vendedores. Cerca de la Fuente de Neptuno, había policías, guardias civiles y trabajadores desmontando gradas con minibanderas españolas atadas en sus muñecas. Mezclado entre la masa de agentes y prohispánicos, otro latinoamericano proponía a viva voz las decenas de banderas que llevaba en las manos.

A protestar solo con lo que necesites

En muchos casos puede que no se necesite nada específico para asistir a una protesta. El simple hecho de estar presente transmite el mensaje que se desea transmitir, porque a fin de cuentas las protestas son acciones comunicativas, explica Bevins, quien ha sido reportero para medios como Financial Times o The Washington Post.

Foto: agitacion-izquierda

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“Las protestas siempre transmiten un mensaje, así que, básicamente, lo que se necesita llevar a una protesta es lo que nos mantendrá seguros y lo que nos ayudará a comunicar el mensaje deseado”, detalla el periodista estadounidense. El agua es una buena idea si vas a estar en la calle durante mucho tiempo. Si existe la posibilidad de que te encuentres con represión policial como gases lacrimógenos, quizás debas considerar un equipo diferente”.

Uno de los casos que Bevins utiliza como ejemplo es el de un amigo suyo durante una protesta masiva de junio de 2013 en São Paulo, en Brasil: “Un amigo mío se aseguró de parar en el supermercado de camino a la protesta para comprar un vinagre muy simple que se usa para aliñar la ensalada, porque sabía que el vinagre es una buena manera de minimizar los efectos del gas lacrimógeno. Fue arrestado por llevar este vinagre, lo que se convirtió en un escándalo nacional y durante un tiempo generó algunos memes burlándose de la policía por arrestarlo por llevar vinagre”.

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