Premios Princesa de Asturias: Un rayo de esperanza en tiempos de incertidumbre mundial | Cultura
“Hoy creemos que somos más libres que nunca, pero en realidad estamos bajo un régimen despótico neoliberal que precisamente explota esa libertad”, afirmó el filósofo alemán de origen surcoreano Byung-Chul Han desde el escenario del teatro Campoamor en Oviedo, durante la ceremonia anual de entrega de los Premios Princesa de Asturias. A partir de las ideas (sin citar) de Michel Foucault, añadió: “Ya no habitamos en una sociedad disciplinaria basada en la prohibición y el control, sino en una sociedad del rendimiento que, supuestamente libre, se caracteriza por la capacidad de hacer”. Un “poder hacer” que, al final, se convierte en un medio de opresión y coerción. Así, criticó la omnipresencia de los smartphones, la auto-explotación y el síndrome del burnout, en línea con los temas centrales de su obra, destacando el ensayo La sociedad del cansancio. “El ser humano frecuentemente se torna esclavo de sus propias creaciones”, concluyó. Además, enfatizó que la política debe controlar el avance tecnológico. Son ideas que prosperan en el mundo, aunque el contexto global avance en sentido opuesto.
Los Premios Princesa de Asturias tienen un aire popular. No lo parecería al ver la multitud de élites políticas, culturales, económicas y militares reunidas en la ceremonia del Campoamor, mientras afuera suenan cientos de gaitas y se escuchan los gritos apagados de la protesta anual en la cercana plaza de la Escandalera, donde ondean banderas palestinas y republicanas. Pero así es: aunque el Nobel de Literatura suele sorprender últimamente con autores poco conocidos, en los Princesa la fama masiva suele ser un punto a favor. Ediciones anteriores han contado con figuras como Haruki Murakami, Meryl Streep, Joan Manuel Serrat, Marina Abramovic, Emmanuel Carrère o Marjane Satrapi. Otros íconos de gran popularidad han sido, años atrás, Woody Allen o Stephen Hawking. Este año, el autor superventas es Byung-Chul Han, premio de Comunicación y Humanidades. Muy querido, leído y popular es también el escritor español Eduardo Mendoza, premiado con el de las Letras.
“Si no me miro al espejo, todavía me considero una joven promesa de la narrativa española. Lo último que se pierde no es la esperanza, sino la vanidad”, comentó Mendoza en tono irónico al agradecer el premio. Risas resonaron en palcos y butacas. Habló de su educación “estricta, tediosa y opresiva”, sobre cómo le inculcaron las virtudes del trabajo, el ahorro y el decoro. “Gracias a eso, salí vago, malgastador y un poco golfo, tres cosas negativas en sí, pero beneficiosas para escribir novelas”. Nuevas risas. En cuanto al mundo en general, un tema recurrente en estos premios, Mendoza se autodenominó mediopensionista. “No soy ni optimista ni pesimista, porque no soy capaz de prever el futuro, pero no me gusta el mundo tal como lo veo, quizás porque he tenido la suerte de vivir en una etapa excepcional de paz, estabilidad y bienestar. A mi edad, preferiría disfrutar de lo que hay y no quejarme de lo que falta, pero temo que no será posible”, expresó. Recordó que su amigo, el cantante Joan Manuel Serrat, el año pasado finalizó su participación en este mismo evento con una canción. “Como seguramente ustedes preferirían que no lo hiciera yo, solo me queda expresar una vez más, sinceramente conmovido, mi gratitud”, se despidió en medio de más risas.
También recogieron sus premios Andrés Saborit y Madeleine Bremond por el Museo Nacional de Antropología de México, como reconocimiento a la Concordia; el sociólogo estadounidense DougLas Massey, premio en Ciencias Sociales, y la tenista estadounidense Serena Williams, en la categoría de Deportes (quien, al llegar a Oviedo, bailó alegremente con los gaiteros frente al Hotel de la Reconquista, alegrando las redes; hace dos años, Meryl Streep hizo lo mismo). La genetista Mary-Claire King, premio en Investigación Científica y Técnica, no pudo asistir a la ceremonia por encontrarse indispuesta.

La fotógrafa mexicana Graciela Iturbide, premio de las Artes, mencionó que sus obras más reconocidas retratan el mundo indígena de su país. “Sin embargo, al igual que la mayoría de los mexicanos, soy el resultado de la fusión de dos culturas, dos visiones del mundo frecuentemente en conflicto. La historia de México es la del sincretismo que me compone y no podría renunciar a una de sus partes sin mutilarme a mí misma”. Recordó, además, cómo tras la Guerra Civil española llegaron a México intelectuales y artistas que enriquecieron la vida cultural de la nación y nos inspiraron con sus talentos y conocimientos. “No puedo olvidar su legado en un momento como este”, afirmó. Entre el público, se encontraba también el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu. Mucho México.
“¿Por qué no podemos cambiar?”, planteó Mario Draghi, premio de Cooperación Internacional, al referirse al fin del multilateralismo, el recrudecimiento del poder militar, la evolución del cambio climático y el proteccionismo, entre otros desafíos que sacuden al mundo. Era una pregunta retórica. Draghi profundizó en la crisis europea: “¿Hasta qué nivel debe agudizarse una crisis para que nuestros líderes unan esfuerzos y tengan la voluntad política de actuar?”. Otra pregunta retórica. Sin embargo, abogó por la acción conjunta en áreas como defensa, seguridad energética o tecnologías de vanguardia, “que requieren una escala continental y una inversión compartida”. Draghi opina que Europa debe transitar hacia un enfoque federal, aunque actualmente las condiciones políticas no estén dadas, tal vez porque los desafíos son demasiado urgentes.

Concluso el acto, la princesa Leonor destacó la trayectoria de los premiados, haciendo varios guiños a su pertenencia a la generación zeta. El rey Felipe VI cerró la ceremonia dejando en el aire dudas sobre su futura participación en el evento: “Creo que me corresponde ceder este espacio [a la Princesa]”, aunque los Reyes continuarán relacionados con los Premios y con Asturias. Al día siguiente, durante la visita al Pueblo Ejemplar de Asturias, Valdesoto, serán Leonor y no Felipe quienes pronuncien las palabras. También reflexionó el monarca sobre los elementos que tensionan el mundo actual, como el individualismo radical y la homogeneización causada por la globalización.
Finalizado el acto, sonó el himno Asturias patria querida, interpretado por la Real Banda de Gaitas Ciudad de Oviedo. Una ceremonia que osciló entre el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad, como lo popularizó Antonio Gramsci, intentando aportar algo de esperanza en tiempos inciertos.



