Una NBA entre la gloria y la desesperación.


La temporada 2025-26 ha comenzado con pabellones absolutamente llenos, una constante en los últimos años, y un sobresaliente nivel de juego: el campeón, Oklahoma City Thunder, ha disputado cuatro prórrogas en sus dos primeros encuentros. El MVP, Shai Gilgeous-Alexander, ya ha superado su récord de anotación (55 puntos), mientras que Stephen Curry continúa promediando 32,5 puntos y 4,5 triples por noche a los 37 años, 17 en una NBA que ve la llegada de Cooper Flagg, quien no cumplirá 19 años hasta diciembre. El número uno del último draft, aspirante a convertirse en una estrella generacional, nació a finales de 2006, cuando LeBron James ya llevaba más de tres años en la NBA, y ahora está lesionado, cumpliendo 41 años antes de Nochevieja, convirtiéndose en el primer jugador en alcanzar esta edad en la gran Liga. De Curry, LeBron y Kevin Durant a Cooper Flagg y Victor Wembanyama (21 años) con el prime de Nikola Jokic, Giannis Antetokounmpo, Luka Doncic y el mencionado Shai. Sin duda, es un excelente momento para ser aficionado a la NBA.

Las razones para ser optimista se acumulan. La nueva cobertura televisiva, más diversificada y modernizada, abierta a las nuevas plataformas, ha sido recibida con entusiasmo. Por feedback y por las audiencias: 5,6 millones de media en los dos partidos (Thunder-Rockets y Lakers-Warriors) de una jornada inaugural que marcó el regreso de la añorada NBC al mundo de la NBA. El mejor registro para un día de estreno desde 2010, un 87% más alto que el de la temporada pasada. Además, una reclamación histórica de muchos aficionados, la lucha por el título, recuperará por primera vez desde 2009 los logotipos de las Finales en los laterales y el del trofeo Larry O’Brien en el centro de la cancha. Un guiño a sí misma muy solicitado de una competición que tiene motivos para sentirse orgullosa de su legado, cómoda con su presente y esperanzada por el futuro: ese cambio en los acuerdos televisivos ha generado una inyección económica monumental en los nuevos, sellados por once años y 76.000 millones de dólares.

Como resultado, el salary cap, la cantidad que los equipos pueden invertir en salarios durante esta temporada, se sitúa en históricos 154,6 millones. Hasta 2018 no se habían superado los 100, un dato que hace una década estaba en 70. Esto repercute directamente en los salarios de los jugadores, cuyo promedio ya ronda los 13 millones anuales. Las últimas extensiones máximas, como la de Shai, lo acercan a la barrera de los 80 millones anuales. Y estrellas emergentes como Anthony Edwards están a un paso de firmar contratos futuros superiores a los 100 por año. Según las proyecciones actuales, sería en torno a 2033.

Las franquicias, paralelamente, multiplican su valor de manera constante, una burbuja que no estalla y que resetea sus estándares cada pocos años, siempre en aumento. Los dos gigantes históricos, Celtics y Lakers, han cambiado de propietarios. Los primeros lo han hecho por más de 5.000 millones y los angelinos están en proceso de hacerlo por una suma que superará los 10.000. Un cifra de ciencia-ficción. El valor medio supera los 5.000. Mucho dinero, un convenio colectivo firmado sin estridencias porque todos ganan más que nunca y unos contratos televisivos que van a sostener el invento durante más de una década. Son, en esencia, buenos tiempos para la NBA, una edad de oro en lo económico de la que puede presumir el comisionado Adam Silver, inmerso además en una visión del baloncesto que, en todos sus aspectos, es revolucionaria. Desde el torneo en formato Copa, la NBA Cup que jugará su tercera edición, hasta los planes de expansión hacia el Viejo Continente con la NBA Europa.

Nubes de tormenta en el horizonte

Sin embargo, en paralelo, la NBA enfrenta algunas de las crisis más significativas de su historia reciente, brechas que amenazan los fundamentos más básicos de la competición, su integridad y su limpieza. El último, el escándalo en el que está inmersa, y con temor de que sea solo la punta de un iceberg de corrupción, por una trama de apuestas que ha llevado al FBI a realizar detenciones que incluyen, hasta ahora, a un jugador activo como Terry Rozier, un entrenador como Chauncey Billups que también fue estrella como jugador y es miembro (esto podría cambiar) del Hall of Fame y a Damon Jones, exjugador y asistente que aprovechó, para ganar dinero ilegal, su cercanía con, nada menos, LeBron James.

Es un asunto sumamente grave, donde realmente está en juego una NBA que ha aceptado, como todas las grandes ligas estadounidenses, unos nuevos tiempos de simbiosis con el mundo de las apuestas que hace quince años era un tabú. La legalización masiva, a partir de 2018, hizo que las competiciones pasaran de luchar contra ello a suavizar su postura y de ahí a cooperar. La NBA comenzó con MGM y continuó, en 2021, con acuerdos aún más amplios con DraftKings y FanDuel, socios en un mundo de las apuestas cada vez más integrado en su narrativa, en sus vínculos con los grandes medios y también en cuanto a tecnología.

Adam Silver defendió que es mejor así que en la oscuridad de la ilegalidad, pero es difícil no cuestionar un sistema que abraza como socio a un sector que, además de los grandes problemas sociales que genera, entra en un evidente conflicto de intereses con el componente natural de la competición, lo puramente deportivo. Jugadores y entrenadores multimillonarios detenidos por vender información sobre quién jugará y quién no, por conocer de alguna manera cómo afecta la situación de un equipo a un partido, es una imagen devastadora que podría incluso modificar un discurso en el que la NBA había estado instalada de forma hasta ahora inamovible: si las apuestas generan tanto dinero, ¿por qué no quedarnos con una parte?

El turbio asunto de Kawhi Leonard

El asalto a los valores fundamentales de la liga no se detiene ahí. En las últimas semanas, una investigación del periodista Pablo Torre ha sacado a la luz un posible caso de burla (circumvention) al salary cap. Con una abrumadora cantidad de pruebas, documentos y testimonios, el asunto señala directamente a Kawhi Leonard (dos veces MVP de las Finales) y a Los Angeles Clippers, el anfitrión del All Star 2026. Un equipo que es dirigido por uno de los hombres más ricos del mundo, Steve Ballmer (fortuna estimada de más de 121.000 millones de dólares). Uno de los grandes socios de Silver desde su llegada a la NBA en 2014, rescatando una franquicia moribunda sacudida por un escándalo de racismo.

La NBA ha iniciado una investigación en la que no todos creen que deseen llegar al fondo y que podría conllevar castigos severos para los Clippers, Ballmer e incluso el propio Kawhi, quien teóricamente exigió dinero (hasta 28 millones de dólares) extra, más allá de lo que por convenio podía recibir directamente de la franquicia, para firmar con los Clippers y no con otros pretendientes como Lakers o Raptors, el equipo con el que fue campeón en 2019, antes de mudarse a L.A., y al que solicitó cosas similares a las que supuestamente sí recibió en California.

Este es otro tema crucial para la limpieza y la salud de la competición, ya que el equilibrio competitivo y la estructura del mercado y las plantillas, incluso el valor mismo de las franquicias, se basa en los números de ese salary cap y las opciones contractuales que ofrece el convenio. Romperlo, y hay sospechas muy fundadas de que Ballmer lo hizo para retener a Kawhi y elevar a una franquicia con una trayectoria hasta entonces penosa, significa romper las reglas del juego y generar un mercado paralelo totalmente ilegal. ¿Cuánto pagaría cualquier equipo, especialmente los grandes mercados como Lakers o Heat, por asegurar la lealtad de la siguiente gran estrella?

De repente, estos casos -verdaderamente significativos- amenazan la estabilidad, la salud y, más aún, tal vez el mismo corazón de una NBA que parecía a salvo de dificultades. Que navegaba problemas menores, debates sobre el estilo de juego y críticas por lo caro que se ha vuelto un producto que ya es premium (en Estados Unidos, ver todos los partidos de la temporada supera los 600 dólares). Y otros asuntos conexos pero también importantes, como la crisis laboral en la WNBA, donde las jugadoras exigen que sus condiciones salariales, muy precarias, crezcan al ritmo que lo ha hecho en los últimos años una competición que ha experimentado un crecimiento exponencial, llena de oportunidades históricas. El mejor ejemplo es la llegada en 2024 de una estrella como Caitlin Clark, que convierte en oro todo lo que toca.

De los líos salariales a los personales

El 31, en menos de una semana, teóricamente finaliza la validez del actual convenio colectivo. Lejos aún de acercar posturas para firmar uno nuevo, la sombra del cierre patronal (lockout, el temido parón total de la competición) es una amenaza muy seria para una liga en pleno crecimiento, donde cualquier tropiezo puede ser dramático. Silver ha intentado ser optimista: “Llegaremos a un acuerdo. Hay mucho trabajo por hacer aún, pero lo cerraremos”, aseguró mientras enfrenta la enorme crisis personal de las jugadoras con la comisionada, una Cathy Engelbert en quien confía plenamente: “Ha liderado una etapa de crecimiento histórico de la WNBA, pero es obvio que hay problemas que debemos abordar. No solo económicos, sino también personales.” Y así es. Hay consenso entre las jugadoras, una batalla frontal contra una Engelbert que fue atacada directamente por Napheesa Collier, una de las principales estrellas, en una comparecencia ante los medios devastadora que se puede resumir en esta frase: “Tenemos las mejores jugadoras del mundo, los mejores aficionados del mundo… y el peor liderazgo del mundo.”

En su mejor momento, las franquicias rondan ya los 500 millones de valor, y la liga ha pasado de los doce equipos que tenía en 2024 a los 18, una cifra histórica, que se incrementará en 2030. Acaba de debutar, con un éxito increíble y un pabellón siempre lleno, Golden State Valkyries en la Bahía de San Francisco. Un equipo vinculado a los Warriors que pagó 50 millones en 2023 para ingresar en la competición. Los últimos han desembolsado ya 250 millones cada uno: Portland y Toronto en 2026, Cleveland en 2028, Detroit en 2029 y Philadelphia en 2030. Los nuevos acuerdos televisivos son por once años y 2.200 millones, una cifra récord que habría parecido imposible hace unos pocos años. Sin embargo, las jugadoras siguen en situaciones precarias y con sueldos lamentables: el mínimo apenas supera los 66.000 dólares; el máximo no llega, de base, a 250.000.

Quieren, sobre todo, un trato más justo respecto a lo que genera la competición. Ahora apenas reciben un 9,3%, mientras que en la NBA el reparto es prácticamente del 50% entre jugadores y franquicias. Silver habla en primera persona (“llegaremos a un acuerdo”) porque la WNBA sigue dependiendo, fundamentalmente, de la NBA. Antes con un control del 50% que ahora se estima que supera el 60. Cuando en 2021 se llevó a cabo una ampliación de capital de 75 millones, los nuevos inversores (calificados sobre una valoración de 400 que quedó obsoleta rápidamente, otro error administrativo) adquirieron un 16% de la liga, en partes iguales de lo que era propiedad de NBA y WNBA.

La NBA pasó a controlar así el 42%, pero en ese grupo inversor había propietarios de la competición masculina, de cuyos equipos dependen seis de las trece franquicias actuales y cuatro de los cinco que ingresarán en el próximo lustro. De ahí esa estimación del 60%. Así que, : la WNBA también involucra a Silver y sus problemas, que ahora son críticos, lo afectan y obligan a involucrarse. Al igual que las apuestas o el despreciable asunto de los Clippers, manchas (veremos cuán grandes) en lo que debería ser una etapa triunfal para una competición que tiene muchos motivos para estar orgullosa… pero que corre un gran riesgo en estos frentes abiertos. La distancia entre el cielo y el infierno es, a veces, mucho más corta de lo que parece.

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