Despedida final al Café Gijón | Vida Cultural
Finalmente, el Gran Café de Gijón ha sido vendido. Esta vez es definitivo. El Grupo Cappuccino ha realizado la compra, y según su publicidad, se posiciona como un líder en restaurantes y cafeterías de lujo ubicados en lugares selectos como Mallorca, Ibiza, Marbella y Gstaad, caracterizándose por una arquitectura y diseño excepcional, así como por la calidad impecable y presentación de su cocina. Esto implica que todos los fantasmas del Café Gijón, al escuchar esto, habrán desaparecido, y aunque el local mantenga su aspecto, habrá perdido su esencia, la cual es la forma de desvanecerse para siempre.
Nunca fui más feliz ni me sentí mejor que en esos tiempos en los que surcaba el mar en esa gabarra llena de soñadores que esperaban, en vano, que la gloria apareciera y los reconociera. Eran aquellos días lejanos y azules de la juventud, cuando nos considerábamos los pilotos del futuro; el franquismo ya mostraba signos de decadencia mientras uno pasaba el tiempo con el codo en la mesa y el puño en la mandíbula, observando el futuro que se deslizaba por el ventanal, recordando ese mar con el grito de las gaviotas lejanas.
Aquella tertulia en la primera mesa a la derecha, al entrar, estaba formada por cómicos, periodistas y magistrados de Justicia Democrática. Alrededor de la mesa de mármol gris oscuro se intercambiaban vívidamente las noticias que cada uno traía de la farándula, redacciones y juzgados, o de sus propias vidas, recién salidas del horno y aderezadas con chismes de primera mano, demostrando que, aunque Franco moriría en la cama, la dictadura ya estaba siendo vencida en la calle.
Cerca de la tertulia, prestando atención, dormitaba el timonel de esa vieja gabarra sentado en un taburete, de espaldas a su taquillón de tabaco y lotería. Alfonso, el cerillero, con chaqueta azul de maquinista de la General, era quien cortaba el ticket a los jóvenes que entraban, atónitos, en el café buscando algo intangible, con la ansiedad en el diafragma.
Un día decidí ir a Ítaca. Al llegar a la isla de Ulises, saqué mi cuaderno de notas y, sentado sobre las raíces de un olivo milenario que me servía de trono, me propuse escribir. Creía que ese lugar frente a una bahía azul que me cautivaba, rodeado de cabras y excrementos de liebre, me inspiraría un texto sobresaliente, pero tras un buen rato mordisqueando el caparazón del bolígrafo, no se me ocurría nada. En ese instante recordé que desde la mesa del primer ventanal del café Gijón hasta el lavabo había 11 pasos, un recorrido que había hecho innumerables veces. Entonces comprendí que no había sido necesario viajar tan lejos; bastaba con imaginarse como si uno fuera el propio Ulises, y que el retorno del lavabo a la mesa era como regresar a Ítaca, puesto que en ese corto trayecto cualquier noche de sábado podía encontrarme con todos los personajes de la Odisea. De pie, amontonados junto a la barra o apoyados en el túmulo que descendía hacia el restaurante, ahí estaban la ninfa Calipso, Nausica, la maga Circe, Polifemo, Telémaco, y finalmente la propia Penélope, quien aguardaba sentada a la mesa de la tertulia, y había sucedido que, mientras tú te demorabas en el lavabo, los pretendientes Antínoo y Eurímaco intentaban conquistarla a tus espaldas.
Cuando un sábado de octubre de 1960 entré por primera vez al café Gijón, un pintor famoso se encontraba a cuatro patas ladrando a los recién llegados, y un poeta famélico recitaba a Garcilaso desde la cima de su hambre. Una vez aceptado por los fantasmas del café, tuve que admitir que allí podía suceder de todo, desde que un grupo de falangistas te forzara a cantar el Cara al Sol a punta de pistola, hasta que un demente intentara incendiar el café con un bidón de gasolina, o que te sorprendiera un atraco a mano armada, o que un escritor frustrado dudara entre quitarse la vida o degustar un pepito de ternera.
Viví días de plenitud orgiástica y lentas tardes de tedio frente a una taza de café rodeada de colillas ahogadas en el recuelo; largas sesiones de silencio esperando la gloria literaria; soterradas depresiones pasadas con los codos en la mesa, el color macilento que calaba en cada rostro, la niebla del humo de los cigarrillos que te ahumaba el alma. Llegó un momento en el que supe que el café Gijón también representaba una mala manera de envejecer, y por ello, hace años tomé la decisión de bajarme en la primera parada y dejar que la nave se perdiera en la niebla por la Castellana, río abajo. El tiempo ha difuminado los rostros que en su día fueron familiares; las risas de felicidad entre amigos han adquirido en la distancia un eco neumático; las mesas llenas de figuras que se multiplicaban en los espejos del café Gijón se han transformado en humo amarillo. Sin embargo, no todo fue tan negativo. Adiós.



