Descubrimientos escalofriantes en la historia de Madrid: la momia de la Complutense, los restos de Tirso y la amante encerrada en la pared.


El terror no se limita a las pantallas; a menudo, se encuentra escondido bajo nuestros pies. Madrid, una ciudad de capas y siglos entrelazados, ha sido testigo de descubrimientos que sorprenderían incluso al más escéptico: restos humanos en el subsuelo, cráneos en los cimientos de obras, momias olvidadas en techos, y cuerpos que la historia había dado por desaparecidos, solo para ser hallados siglos más tarde.

Lo más perturbador no es solo la esencia de estos descubrimientos, sino cómo afloran. De repente, al mover el asfalto, aparece un hueso, o una reforma destapa un osario. Madrid esconde en sus profundidades (y entre sus paredes) una serie de enigmas que merecen ser investigados, muchos de ellos recientes.

Cada descubrimiento tiene su propia narrativa, pero todos comparten un mismo interrogante: ¿cómo llegaron esos restos a ese lugar? En algunos casos, la arqueología ofrece respuestas; en otros, el paso del tiempo y la superstición mantienen intacto el misterio. En medio de esta oscuridad, la capital se presenta como un escenario donde lo macabro y lo cotidiano coexisten a pocos centímetros de distancia.

Con la llegada de Halloween y el Día de Todos los Santos, hemos recopilado siete descubrimientos insólitos y aterradores de Madrid que forman un retrato tan inquietante como fascinante de la ciudad y sus fantasmas. Desde la momia de la Complutense hasta la amante emparedada de la Casa de las Siete Chimeneas, incluyendo los restos de Tirso de Molina y los restos de Miguel de Cervantes:

Los fantasmas de la estación de Tirso de Molina

Desenterrar en Madrid es como abrir una cápsula del tiempo. Sin embargo, a veces el contenido resulta más inquietante que fascinante. Así lo experimentarón los trabajadores que construían la estación de Tirso de Molina de la línea 1 del Metro, quienes encontraron los esqueletos de los frailes del Convento de la Merced, enterrados siglos atrás y olvidados abajo de la plaza.

La estación, inaugurada en 1921 como “Progreso”, se construyó sobre el terreno del antiguo convento, que fue abandonado y demolido tras la desamortización de Mendizábal. El pequeño cementerio de la comunidad mercedaria jamás fue trasladado, y así, bajo tierra, quedaron los restos de religiosos que vivieron y murieron en ese lugar durante siglos. Entre ellos, según la tradición, estaba fray Gabriel Téllez, más conocido como Tirso de Molina, cuya celda se encontraba en la esquina de las actuales calles del Conde de Romanones y el Burro.

El convento de la Merced, fundado en 1564, fue uno de los más significativos de Madrid: un complejo de tres plantas con claustros, capillas y obras de artistas de renombre como Vicente Carducho, Luca Giordano o Juan Antonio Frías y Escalante. Tras siglos de historia y saqueos, y con la llegada de la Desamortización, el convento fue demolido y en su lugar se construyó la plaza que hoy conocemos, dejando el cementerio intacto, casi olvidado, bajo la ciudad.


Vestíbulo actual de la estación de Tirso de Molina donde se encontraron los huesos

Cuando los obreros hallaron los restos durante la construcción del suburbano, la imaginación popular no tardó en dispararse. Comenzaron a circular relatos sobre fantasmas y lamentos que aún recorrían los andenes, y aunque las autoridades retiraron lo que pudieron de lápidas y restos visibles, la mayoría quedaron sepultados bajo los azulejos diseñados por Antonio Palacios, a pocos centímetros de los viajeros que diariamente utilizan el metro.

Y apareció Cervantes

Encontrar a Miguel de Cervantes en pleno siglo XXI puede parecer una utopía, y, sin embargo, los restos del autor más célebre de la literatura española habían estado ocultos durante siglos en el corazón de Madrid. En la iglesia de las Trinitarias, en el barrio de las Letras, arqueólogos e historiadores se embarcaron en la búsqueda de los huesos del genio de las letras, que habían sido enterrados allí tras su muerte en 1616.

La investigación no fue sencilla: la iglesia experimentó múltiples reformas, y los enterramientos originales se mezclarón con otros restos humanos, complicando la identificación precisa de los huesos de Cervantes. Sin embargo, en 2015 los científicos anunciaron haber localizado fragmentos óseos compatibles con su edad y sexo, junto a restos que pudieron pertenecer a su esposa, Catalina de Salazar. Los trabajos se iniciaron en abril de 2014, casi 400 años después de la muerte del autor de El Quijote, en la iglesia donde fue sepultado por su expreso deseo, ya que era un fervoroso devoto de la orden Trinitaria, que lo rescató de su cautiverio en Argel.


La cripta de las Trinitarias en la que se encontró a Cervantes

La iglesia de las Trinitarias, establecida en el siglo XVII, fue testigo de siglos de historia y, de hecho, escondía uno de los grandes secretos de la misma historia de España. Poco después del hallazgo, los restos del escritor fueron trasladados a la iglesia de San Ildefonso del convento de las Trinitarias, donde descansan ahora en un monumento que le conmemora junto a unos versos de Los trabajos de Persiles y Segismunda: “El tiempo es breve, las ansias crecen, las esperanzas menguan y, con todo esto, llevo la vida sobre el deseo que tengo de vivir”.

Una momia en el tejado

Para quienes piensan que a la universidad solo se va a estudiar, esta historia certifica que no es así. En la Facultad de Medicina de la Complutense, el estudio convive con misterios escalofriantes. Allí, los cadáveres son parte del material docente. Nada fuera de lo común, hasta que en 2014 un grupo de trabajadores descubrió que ese material estaba amontonado en los sótanos del edificio. Centenares de cuerpos donados a la ciencia en un estado de abandono y descomposición alarmante.

Pero el verdadero impacto llegó desde lo alto. Desde el tejado de la facultad, concretamente. En la azotea del edificio, un hallazgo dejó a estudiantes y docentes atónitos: una momia y dos esqueletos. Las prácticas de anatomía, que deberían haber comenzado semanas antes, fueron suspendidas mientras se investigaba cómo esos restos habían terminado allí.

El Rectorado explicó que la azotea albergaba antiguas instalaciones para el secado de cuerpos con fines docentes, aunque no aclaró cómo ni cuándo esa momia llegó a estar allí. Además, un informe interno contradijo esta versión: en él, se describía la sala como una «sala de maceración», en estado de abandono, con restos humanos en descomposición, fetos, secciones anatómicas y hasta pequeños peces y crustáceos secos junto a utensilios de laboratorio y una bombona de butano.

En su momento, el hallazgo desató un debate sobre la gestión de los restos donados a la ciencia y la seguridad en la facultad, pero nunca se llegó a esclarecer cómo esa momia terminó en el tejado del edificio.

La fosa de Chamberí

Hay algunos hallazgos macabros muy recientes. A finales de agosto de este año, las obras de un futuro aparcamiento subterráneo en pleno corazón de Chamberí desenterraron algo inquietante: varios esqueletos completos yacían en lo que parece ser una fosa común del siglo XIX. A pocos metros de la glorieta de Quevedo y junto a un edificio de El Corte Inglés, los trabajadores se toparon con restos humanos que parecían haber estado dormidos bajo tierra por más de un siglo, ajenos al bullicio de la ciudad que creció sobre ellos.

El hallazgo se produjo en la calle Arapiles, un área ya conocida para arqueólogos y expertos en historia urbana, pues la zona formaba parte del antiguo Cementerio General del Norte, mandado construir por Carlos IV cuando Madrid era aún un arrabal. Diseñado por Juan de Villanueva, el cementerio funcionó como principal espacio de enterramiento hasta su desmantelamiento, con sucesivas ampliaciones, hasta que sus restos fueron trasladados principalmente al Cementerio de La Almudena en el siglo XX.


Esqueletos descubiertos en las obras del parking de la calle Arapiles

El único material asociado que se encontró fueron tres monedas unidas, cuyo análisis podría permitir identificar su procedencia y tal vez aportar pistas sobre la historia de quienes descansaban en la fosa. Los expertos señalaron en aquel momento que estas fosas comunes u osarios eran comunes en los cementerios del siglo XIX, utilizados para organizar y liberar espacio durante periodos de alta mortalidad, como epidemias o crisis sanitarias.

Los otros huesos de las obras de Metro

Tirso de Molina no es la única estación vinculada a un hallazgo macabro. Las obras para ampliar la línea 11 del Metro de Madrid sacaron a la luz secretos del pasado que pocos hubieran imaginado. En mayo de 2024, en el parque de Comillas, en Carabanchel Bajo, los operarios encontraron huesos humanos que pertenecían a uno o dos adultos y un niño, al retirar los escombros de los antiguos barracones construidos en la posguerra.

Los vecinos fueron los primeros en alertar sobre los restos, aunque la Comunidad de Madrid inicialmente menospreció sus testimonios, calificando los hallazgos como «solados de escaso valor patrimonial». Sin embargo, un informe arqueológico confirmó la presencia de los huesos, situando su origen en las tierras utilizadas para colmatar y nivelar la Plaza de Comillas, posiblemente relacionados con cementerios históricos de la zona como el Cementerio General del Sur o el de Puerta de Toledo.


Barracones construidos después de la Guerra Civil en el barrio de Comillas

El parque de Comillas se ubicaba en un terreno de alta densidad arqueológica que albergaba restos de asentamientos de diversas épocas. Durante la Guerra Civil, la zona fue escenario de enfrentamientos y, según algunos vecinos, se habían descubierto fosas comunes. Además, los hallazgos incluían vestigios de casas de 40 metros construidas en la posguerra para acoger a familias desplazadas, muchas de ellas víctimas de la represión, controladas inicialmente por la Falange.

90 cráneos en la calle Atocha

En 2017, los trabajadores que Excavaban para edificar un teatro en la calle Atocha encontraron 90 cráneos y varios huesos humanos, que podrían tener origen en el siglo XVII. El descubrimiento tuvo lugar en un patio del edificio situado en el número 87, un corral compartido por la antigua iglesia de los Desamparados y la sede de la Sociedad Cervantina, donde antes operaba la imprenta de Juan de la Cuesta, donde se imprimió el primer Quijote en 1605.

Durante las excavaciones, realizadas con permisos arqueológicos por tratarse de una zona de especial relevancia, los cráneos comenzaron a aparecer gradualmente, despertando la atención de arqueólogos y vecinos. El arqueólogo a cargo realizó un primer análisis, señalando que los restos datarían del Siglo de Oro y probablemente provenían de la iglesia cercana.

En aquella época, los entierros se llevaban a cabo directamente en los suelos de las iglesias. Cuando los espacios se llenaban, los cuerpos eran trasladados a osarios cercanos, por lo que los restos encontrados podrían ser parte de uno de ellos. La Comunidad de Madrid indicó que se realizaría un estudio antropológico para analizar la fisonomía y las posibles causas de muerte de los individuos hallados, antes de ser trasladados y conservados en el Museo Arqueológico Regional.

Además de los huesos, los operarios descubrieron en el solar una antigua tubería subterránea de abastecimiento de agua y, en la parte norte, un refugio de la Guerra Civil, protegido por la Ley de Patrimonio, que también recibió aseguramiento y conservación.

La amante emparedada

Cerramos este compendio con una última historia que tiene más de leyenda que de realidad, pero que ha sido parte del imaginario popular de la ciudad durante siglos. En el barrio de Chueca, en la Plaza del Rey, un edificio histórico ocultaba uno de los relatos más inquietantes de Madrid: la Casa de las Siete Chimeneas. Construido en el siglo XVI durante el reinado de Felipe II, este inmueble ha sido objeto de mitos, supersticiones y rumores durante siglos, pero uno de sus secretos más asombrosos salió a la luz durante una reforma en el siglo XIX.

Los trabajadores que realizaban las obras en el edificio descubrieron dos cadáveres emparedados en las paredes, un hallazgo que no solo reavivó las leyendas sobre fantasmas, sino que también alimentó una de las teorías más sombrías. Se sugería que los cuerpos pertenecían a Elena, una supuesta amante del rey Felipe II, y a su propio padre. Según el relato popular, Elena había mantenido un romance clandestino con el monarca antes de casarse con un militar, y tras la repentina muerte de su esposo, ella falleció en circunstancias sospechosas, describiéndose oficialmente como suicidio, aunque los rumores hablaban de homicidio.

Los esqueletos hallados parecían coincidir con la leyenda. Uno correspondía a una mujer joven y el otro a un hombre mayor, lo que reforzaba la teoría de que el padre había sido asesinado intentando vengar la muerte de su hija. Además, junto a los restos se encontraron monedas de oro de la época de Felipe II, que consolidaron la conexión con la realeza y la noción de un secreto cuidadosamente sellado en los muros de la casa.


Casa de las Siete Chimeneas

El hallazgo no solo otorgó un giro macabro a la historia del edificio, sino que consolidó su fama como un lugar maldito y cargado de oscuros secretos. Hasta la fecha, hay varios testigos que afirman haber visto el fantasma de una mujer vestida de blanco vagar entre las siete chimeneas del tejado. A su vez, algunos rumores sugieren que el Duque de Lerma, quien acumuló una gran fortuna en vida, habría escondido un valioso tesoro en la casa o sus alrededores. No hay más evidencia que las habladurías populares, pero en ocasiones son suficientes para prolongar durante siglos un relato que fascina y aterra a partes iguales.


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