Las confesiones de Pastora Soler sobre su antiguo representante en su biografía: “Me encontraba con sobrepeso y sentía celos de mi nariz, afirmaba que debía someterme a una cirugía” | Gente


“Frente al espejo, entre las lágrimas, solo podía ver mi rostro emborronado por dos profundos surcos oscuros. Las lágrimas no cesaban. Un intenso dolor oprimía mi pecho. Deseaba borrar a Pastora Soler de mi vida. Quería eliminar de un golpe a la artista que me había tomado 20 años construir. Anhelaba regresar a ser Pili Sánchez, la niña feliz que soñaba con ser cantante en su hogar”. Así inicia Cuando se apagan las luces, aparecen las estrellas (HarperCollins), la biografía de la artista que fue publicada el 5 de noviembre y que será presentada ante la prensa el 11, donde reflexiona sobre la autoexigencia, los temores y la necesidad de renacer.

Pastora Soler es mucho más que una cantante: cuando se apagan los focos, es simplemente Pili Sánchez (Coria del Río, 47 años), madre, esposa e hija. En su libro, ha querido dejar constancia de su historia, sus recuerdos, sus caídas y sus éxitos. Ninguna parte de su vida se puede comprender sin cada uno de los capítulos que ahora narra: desde su descubrimiento como artista hasta el miedo escénico que la obligó a hacer una pausa y alejarse de los escenarios en 2014, para regresar dos años después, pero a su propio ritmo.

“Este episodio supuso un hito en mi carrera, y no quiero que mis hijas, que todavía son muy pequeñas, lo presencien. Quiero ser yo quien les cuente, sinceramente, las dificultades que su madre ha atravesado, y compartir con ellas el proceso de aprendizaje que comenzó esa noche”, comenta sobre lo que sucedió el 8 de marzo de 2014 en Sevilla, cuando se desmayó en el escenario durante un concierto. Un evento que marcaría su trayectoria: los vídeos de ese instante inundaron las redes sociales y, tiempo después, comenzó a exigir en sus contratos que no se mostraran esas imágenes durante las entrevistas. A pesar de sus esfuerzos por regresar a la normalidad, no lo logró. Ocho meses después, en noviembre de ese mismo año, se quedó sin voz en un concierto en Málaga: “Me quedé muda, pero mi cabeza no dejaba de hablar, así que decidí abandonar el escenario”, relata en el libro. “Me escondí debajo de una pequeña mesa. Me enrollé y cerré los ojos. Si hubiese hallado un agujero más pequeño, allí me habría escondido. Lo único que quería era desaparecer. Me sentía tan mal que ya no tenía fuerzas ni para llorar”. Un día después, publicó en sus redes sociales un comunicado donde anunciaba su retirada de la música “hasta recuperar la confianza”.

Sin embargo, para entender este punto de su historia, es necesario retroceder casi cuatro décadas para descubrir sus inicios y cómo una joven Pili Sánchez se convirtió en Pastora Soler. En 1994, se presentó la oportunidad de su vida. Luis Sanz, reconocido por descubrir artistas como Rocío Dúrcal y representante de figuras como Lola Flores y Rocío Jurado, asistió a una de sus audiciones y se convirtió en su manager. El primer paso fue cambiar su nombre a uno más artístico. Así nació una nueva cantante.

Por primera vez, Pastora Soler narra algunos de los episodios que vivió con su representante, hasta ahora desconocidos: “Luis Sanz, que Dios lo tenga en su gloria, era una persona complicada. Por respeto y agradecimiento a todo lo que hizo por mí, seré comedida en lo que respecta a su influencia en mi vida (…) Su control, que abarcaba desde mi imagen hasta mis decisiones artísticas, impactó en mi familia”. Y continúa: “Él quería manejar cada aspecto de mi vida, y mis padres, con las mejores intenciones, le permitieron hacerlo. Sanz era capaz de llamar a mi casa a las tres de la madrugada con nuevas ideas”.

Su continuo control afectó también su vida personal: “No me ha permitido olvidar la inseguridad que su constante cuestionamiento generó en mí. Se espera que una persona que gestiona tu carrera te apoye y te ayude a crecer… Pero nada de eso. Siempre señalaba lo que había ido mal o lo que no había salido bien (…) Constantemente buscaba su aprobación, y asumí el alto grado de disciplina que me impuso, incluso cuando se pasaba de la raya”.

Ese control incluso llegó a afectar sus veranos: desde que cumplió 16 y durante tres años, tuvo que vivir en casa de su representante en Marbella. “Me sorprende lo que hizo conmigo. Nunca estaba satisfecho y se enfocaba en mi peso. Siempre decía que estaba gorda, me puso a dieta y comencé a cuidarme y hacer ejercicio. Quería convertirme en la muñequita que tenía en su mente. Afortunadamente, no desarrollé ningún trastorno alimenticio”, comenta en la biografía. Aunque su contrato con él finalizó cuando tenía 25, continuó estando presente: “Me llamaba para decirme: ‘Te vi en un programa y estás gordísima’. Sé que no soy una modelo, pero tampoco tengo tantos defectos como él me decía. Además del tema del peso, también se preocupó por mi nariz: ‘Es muy fea’. Insistía en que debía operarme. Me negué a someterme a una cirugía para corregirla”. También sugirió que se aumentara el busto, algo a lo que finalmente accedió: “Me sentía algo acomplejada por mi escaso tamaño”.

El representante falleció en 2012, pero Pastora Soler asegura que su influencia sigue presente: “Su obsesión, que hice mía, era que fuera perfecta. Todo esto afectó mi autoestima y me generó muchas inseguridades. Con el tiempo, lo he comprendido”. Recuerda que incluso perdió una canción que había sido compuesta por Alejandro Sanz debido a las decisiones que ella tomó y que él no aprobó: “Me insultó y gritó que le había traicionado, que era una miserable”. Un tiempo después, escuchó aquella canción en la radio, interpretada por otro artista cuyo nombre no revela. “Me cerraba más puertas de las que me abría. Había gente que me decía que hacer negocios con él era imposible”, relata.

Incluso se atrevió a decirle a quién debía elegir como novio: “Pensó que el más adecuado era Morante de la Puebla. Es amigo porque somos del mismo pueblo y tenemos la misma edad. Recuerdo que una noche de verano quedamos varios amigos y los amigos de Morante en la playa. A la mañana siguiente, se lo conté a Luis, porque tenía que informarle sobre mis actividades”. “Fue la excusa perfecta para que llamara a un par de amigos periodistas y diera la información. De aquella noche de risas nació el rumor que durante años me persiguió, como si nosotros hubiéramos tenido algo, lo cual nunca ocurrió”, aclara en su libro, tres décadas después. Un buen día recibió una llamada: dejaba de ser su representante porque se jubilaba. Sin embargo, ya había firmado quien sería su sucesor, sin permitir que la artista tuviera voz ni voto.

A principios de siglo, conocería a quien años más tarde se convertiría en su esposo y padre de sus dos hijas. Francis Viñolo, bailarín y coreógrafo de sus conciertos, empezó como amigo, pero pronto su relación se volvió más profunda. “Conocía cada uno de mis lados. Sabía quién era tanto Pili como Pastora Soler. Habíamos salido de fiesta y mantenido largas conversaciones telefónicas. Éramos amigos. Además de ser su confidente, era su consejero”, rememora en la biografía. Dejó a su novio y comenzó una relación con Francis, luego de que le pidiera la mano a su padre.

Pastora Soler asegura que su declive comenzó tras su participación en Eurovisión 2013, donde finalizó en décima posición. “La noche en que mi voz, mi cuerpo y mi alma me gritaron ‘hasta aquí hemos llegado’, si hubiera tenido algo a mano para hacerlo, me habría quitado la vida. Llevaba meses en sufrimiento y no podía más. Mi vida era un auténtico desastre”, relata en un capítulo titulado “Adiós a Pastora Soler”. “Regresé para reencontrar a Pili, la niña soñadora, y a Pilar, la mujer que quería retomar el control de su existencia y encontrar la felicidad”, asegura.

Semanas después de hacer pública su retirada en 2014, se enteró de que estaba esperando a su primera hija: “Fue mi salvación. Pastora Soler había muerto, y mi única prioridad ahora era cuidarme, sanar y prepararme para la maternidad”. Poco a poco, comenzó a comprender cuál era el verdadero problema y cómo abordarlo para seguir adelante: “En realidad, mi desafío no era profesional. La cuestión era mi vida personal. Había descuidado a Pili, a Pilar. Me había poco atendida porque, desde pequeña, otros habían asumido el control. Era hora de recuperar las riendas. Debía enfocarme en mí y ser la responsable de mis decisiones, y así lo estaba logrando”.

En 2016, notificó a su discográfica que estaba lista para regresar, pero que sería a su propio ritmo. “No reniego, ni lo haré, de las cicatrices que llevo en el alma. Solo aquellos que han luchado y sobrevivido tienen heridas, y las mías ya habían sanado. Ya había enfrentado la vida a la que solía someterme, la que tanto dolor me causaba”, señala. Volvió a los escenarios y a la vida pública de manera gradual, pero aún le aguardaba un último golpe. En agosto de 2020, tras dar la bienvenida a su segunda hija, su padre fallecía después de una larga enfermedad.

Después de tantos años de aprendizaje, la intérprete de La mala costumbre ha aprendido a establecer límites: “No estar fuera de casa más de una semana, no hacer más de dos conciertos seguidos, no comprometerme a eventos que sé que, a priori, me supondrán un gran esfuerzo y no disfrutaré”. A pesar de los problemas de salud mental que le han acompañado durante su carrera, finalmente logró manejar el último contratiempo que sufrió. El pasado marzo, un médico le diagnosticó un absceso periamigdalino [emulsión de material infectado alrededor de las amígdalas] y le advirtió que debía ser tratado con urgencia. La artista, con una agenda ya programada para los próximos días, quiso posponer la intervención. “Afortunadamente, tuve la lucidez suficiente para reconocer los fantasmas del pasado y enfrentarme a ellos. Mi cuerpo me estaba avisando, y parecía que no quería escucharlo”.

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