Un extenso estudio revela que millones de personas consumen un medicamento para el infarto innecesariamente: “Vamos a reducir costos en millones de euros” | Ciencia
Rara vez un estudio científico logra impactar de manera positiva en la vida de tantas personas, afirman los cardiólogos Valentín Fuster y Borja Ibáñez. Hace un par de meses, su equipo reveló los resultados de un ensayo clínico con 8.500 participantes, que demostró que los betabloqueantes ―fármacos recetados de por vida tras un infarto desde hace décadas― “no proporcionan beneficio alguno” a la mayoría de estos pacientes, aquellos que mantienen su función cardíaca. “Estamos hablando de decenas o cientos de millones de personas en el mundo, es asombroso”, resume Ibáñez, en una sala del Centro Nacional de Investigaciones Cardiovasculares (CNIC) con vistas al norte de Madrid. No obstante, sus conclusiones encontraron cierto escepticismo. Javier Padilla, el número dos del Ministerio de Sanidad, llegó a declarar que existían “artículos contradictorios en este ámbito” e incluso criticó «los cantos de sirena de hallazgos que pueden ser muy llamativos».
La controversia afecta a millones de personas que diariamente consumen uno o dos de estos comprimidos. Los betabloqueantes pueden ser vitales para aquellos que padecen arritmias, insuficiencia cardíaca crónica o disfunción cardíaca. Estos fármacos dilatan los vasos sanguíneos, reduciendo así la presión arterial y la frecuencia cardíaca, aunque a menudo presentan efectos secundarios, como la fatiga constante y la disminución del deseo sexual. Solo deben tomarse si realmente hay una justificación médica. Este domingo, el equipo español presenta nuevos resultados, que son considerados “irrefutables”, según destaca Ibáñez, director científico del CNIC. Han analizado los datos de cinco ensayos clínicos en ocho países, con casi 18.000 participantes, confirmando su conclusión anterior: los omnipresentes betabloqueantes no son necesarios para los pacientes que, tras sobrevivir a un infarto, mantienen una correcta función contráctil del corazón.
Ibáñez calcula que, solo en España, puede haber 1,2 millones de personas que utilizan betabloqueantes sin necesidad, aunque aclara que otros 500.000 pacientes realmente los requieren. Nadie debería interrumpir su tratamiento sin consultar primero con su cardiólogo, advierten Ibáñez y Fuster. Sus resultados, presentados este domingo en Nueva Orleans (EE. UU.) en el Congreso de la Asociación Estadounidense del Corazón, se publican en la revista especializada The New England Journal of Medicine.
Valentín Fuster dirige el CNIC en Madrid y, al mismo tiempo, preside el Hospital Cardiaco Monte Sinaí Fuster de Nueva York, que desde hace dos años lleva su nombre. Este renombrado cardiólogo comenta que dejó de recetar betabloqueantes a sus pacientes con infarto no complicado hace una década. No fue una decisión sencilla, explica. Fuster fue discípulo de Desmond Julian, el médico británico que hace medio siglo promovió un ambicioso ensayo clínico que demostró los beneficios de los betabloqueantes tras un infarto. Sin embargo, la utilidad de estos fármacos ha disminuido desde 2005, cuando se empezó a utilizar de manera generalizada los stents coronarios, los dispositivos de malla de metal que evitan la obstrucción de las arterias después de un infarto.
“Trabajé junto a Desmond Julian, así que experimenté el desarrollo del concepto de los betabloqueantes de manera intensa. Durante un tiempo, era como una religión: debías administrar betabloqueantes tras un infarto, sin excepciones. Yo dejé de hacerlo hace diez años, pero enfrenté muchas críticas por ello”, recuerda Fuster, originario de Barcelona y con 82 años. Su equipo ahora trabaja en calcular el ahorro que esto generaría al sistema de salud pública. Los betabloqueantes son medicamentos de la década de 1970 que ya no tienen patente, como el bisoprolol, desarrollado por la farmacéutica Merck, y el metoprolol, asociado históricamente a AstraZeneca. Una caja de 40 comprimidos cuesta alrededor de cuatro euros. Son muy asequibles, pero, si un millón de pacientes deja de comprar su dosis diaria, el ahorro podría alcanzar los 35 millones de euros cada año, según una primera estimación de Ibáñez. “Vamos a ahorrar millones para la sanidad pública”, subraya.
El nuevo análisis involucra a casi 18.000 voluntarios, principalmente de España, Suecia, Noruega, Dinamarca, Italia y Japón. Todos habían padecido un infarto, pero sin perder la función de bombeo de su corazón. La mitad de los participantes recibió betabloqueantes y la otra mitad no. Después de casi cuatro años de seguimiento, los médicos notaron resultados similares en ambos grupos: aproximadamente el 8% de los participantes experimentó un evento cardiovascular serio, ya sea insuficiencia cardíaca, un nuevo infarto o incluso la muerte. Tomar betabloqueantes o no tomarles no marcó la diferencia. “Estos datos son definitivos”, sentencia Fuster.
Su estudio anterior, denominado REBOOT, realizado en alrededor de cien hospitales en España e Italia, mostró resultados alarmantes en mujeres. Por cada 100 pacientes tratadas con betabloqueantes, se registró un desenlace de muerte, reinfarto u hospitalización atribuible a los propios fármacos, explicaron los autores en su momento. La publicación de esta investigación hispanoitaliana coincidió con otro estudio similar, aunque más limitado, realizado en Dinamarca y Noruega. Los resultados parecían contradictorios; el estudio nórdico, que incluyó 5.600 voluntarios, sí había encontrado que los betabloqueantes reducían ligeramente el riesgo de muerte o eventos cardiovasculares graves. Sin embargo, al analizar todos los datos juntos, el supuesto efecto beneficioso se desvaneció, y el posible impacto nocivo en algunas mujeres ahora tampoco se considera estadísticamente significativo.
La Sociedad Europea de Cardiología encargó en 2014 a Borja Ibáñez que desarrollara su guía de tratamiento para el infarto de miocardio, un problema que anualmente afecta a dos millones de personas en Europa, 70.000 de ellas en España. El cardiólogo menciona que se encontró con una evidente carencia de evidencias sobre la eficacia actual de los betabloqueantes en infartos no complicados, a pesar de que millones de personas los consumían a diario. Así surgió la idea de someterlos a prueba. “El resultado es revolucionario”, enfatiza Ibáñez, quien comprende el escepticismo que surgió hace dos meses. “El ser humano, y la comunidad médica no es una excepción, teme al cambio, pero entre los expertos en infarto estos datos no suponen una sorpresa”, comenta.
Ambos cardiólogos prevén que las guías de tratamiento para el ataque al corazón cambiarán de manera inmediata a nivel mundial. Entre los autores principales del nuevo estudio se encuentran la cardióloga danesa Eva Prescott, la japonesa Neiko Ozasa y el español Xavier Rosselló. El presidente de la Sociedad Española de Cardiología, Ignacio Fernández Lozano, también sostiene que este análisis internacional “zanja” las incertidumbres. “Actualmente, el 70% de los pacientes se recupera sin muchas secuelas tras un infarto, manteniendo la función cardíaca, y no obtienen beneficios de los betabloqueantes, por lo que no es necesario administrarlos”, resume. Este cardiólogo del hospital público madrileño Puerta de Hierro Majadahonda hace hincapié en que nadie debe suspender su tratamiento sin consultar primero a su médico.


