Madrid: tiempo de siembra y tiempo de cosecha.


A excepción de algunos momentos que me harían rascarme la cabeza, puedo clasificar cada etapa histórica del Real Madrid en una de esas dos categorías. Dependiendo del contexto temporal, existe un Madrid de siembra o uno de cosecha. Lo que complica el análisis es que el Madrid tiene su propia dinámica; a veces cosecha mucho más rápido de lo que se anticipa, lo que causa confusión al investigador. Sin embargo, una cosecha rápida no invalida que estemos ante un Madrid en fase de siembra.

El primer Madrid de Capello es el ejemplo perfecto del Madrid de siembra. Por definición, y entendiendo que la cosecha es la Champions, no podía recoger frutos, ya que ni siquiera participaba en esa competición (hablamos de un Madrid que no logró clasificarse para ningún torneo europeo en la desastrosa temporada anterior).

Lorenzo Sanz le proporciona a Capello las mejores herramientas para cosechar rápidamente: Roberto Carlos, Seedorf, Mijatovic, Suker, Illgner… Sin embargo, Capello no puede cosechar al año siguiente, como le correspondería. Dimite por desacuerdos con Sanz, o porque desea regresar al Milan, dependiendo de a quién se le pregunte. Llega Heynckes, y lo que sucede después es el paradigma del cambio entre siembra y cosecha. Rara vez, quizás nunca, el entrenador que se dedica a una de las dos tareas se beneficia de la otra. Uno (apasionado, visceral, táctico) infla el globo, y es el siguiente (tranquilo, conciliador, gran exfutbolista) quien lo hace estallar con un alfiler.

Paresce que, con aquella generación de jugadores, y a pesar de que Heynckes es despedido por falta de autoridad, el club blanco cosechará durante mucho tiempo. Sin embargo, lo recogido llenó sus estómagos de tal manera (es la Séptima, 32 años después) que fue necesario reemplazarlos por una notable clase media (Salgado, Helguera, McManaman, Morientes) y ponerlos bajo las órdenes de Del Bosque.

El salmantino es casi una excepción a la regla, porque tiene la oportunidad de disfrutar del fruto de su propio trabajo. Siembra tan acertadamente (sí, los míticos tres centrales) que cosecha rápidamente. Es casi el único que cosecha lo que él mismo ha sembrado. (Reiteramos que, en este texto, de manera quizás excesivamente estricta, solo llamamos cosecha a la recolección de mieles europeas). Logra la Octava y luego, ya con Florentino y varios galácticos (Figo, Zidane), la Novena. El siguiente año de Del Bosque es un año de solo liga, ya que cae en semifinales de Champions ante la Juve. Solo en un club de la exigencia del Real Madrid se puede interpretar un año así como una señal de alarma respecto a la necesidad de comenzar a sembrar de nuevo. El técnico elegido para esta tarea es, sorprendentemente, el segundo en el United de Ferguson, que llevaba siglos sembrando y cosechando en Manchester con una discontinuidad impensable en Madrid, y disfrutando de un prestigio que, con esos resultados, sería inconcebible en la capital de España. Queiroz fracasa en su siembra, a pesar de contar con los mejores jornaleros del mundo, y el resto es (deprimente) historia del tardoflorentinismo de la primera etapa. El propio presidente, cansado de dar golpes en falso con la azada, y quizás también afectado por sus propios avatares vitales, lo despide.

Según en qué momento del tiempo caigas, hay un Madrid de siembra o un Madrid de cosecha. Lo único que dificulta el análisis es que el Madrid es muy suyo y de pronto cosecha mucho más rápido de lo esperado, produciendo confusión al estudioso. Pero una cosecha inusualmente rápida no invalida necesariamente el que nos encontremos ante un Madrid de siembra

Cuando llega al cargo, Ramón Calderón recurre a los servicios del sembrador por excelencia, aquel con el que comenzamos esta narrativa. Capello vuelve a ganar la liga (la del Clavo Ardiendo), pero es cesado cuando podría haber cosechado al año siguiente. Calderón le priva de ello porque el equipo no juega bonito, en un eco mendocista con Radomir y Beenhakker. La torpeza es antológica en todos los niveles, pero especialmente desde la perspectiva que nos ocupa: despide al mejor sembrador del mundo, que además ya había cosechado en el Milan, para reemplazarlo por alguien que carecía de experiencia en sembrar y cosechar. Schuster logra la liga, pero esta vez no era una liga de siembra. De hecho, es una liga de la que nadie se acuerda, pese a que sería la última en varios años.

Florentino regresa, y trae consigo un arsenal inigualable: Cristiano, Benzema, Xabi Alonso y otros elementos valiosos. Es el momento de sembrar. Pellegrini es otro que tampoco encaja en ninguno de los dos perfiles, y fracasa en ambas tareas agrícolas. Pero estaba en su camino y en el de la entidad que así fueran las cosas, porque sin su insuficiente papel no habríamos visto llegar al puesto, su figura desfilando pesadamente entre los cultivos como en una especie de western agropecuario, al cultivador más importante en la historia del Real Madrid.

La etapa de Mou, por supuesto, es la madre de todas las siembras. Gana una Copa que marca el primer punto de inflexión, se hace con la impresionante liga de los récords al año siguiente y, aunque llega a un tercer año de barbecho que lo desgasta, su figura ya ha sentado las bases de un futuro brillante.

El simple hecho de que, desde esta perspectiva histórica, a Ancelotti le corresponda el papel de cosechador deja claro que no uso el término con el menor matiz despectivo. Ser primordialmente un cosechador no te hace ajeno a méritos, y son muchos los que acumula el transalpino. No es imposible arruinar la herencia del sembrador que te ha precedido (que le pregunten a Schuster), y se necesita un arte especial para sublimarla y que tu aporte establezca una alquimia ganadora.

La etapa de Mourinho, por supuesto, es la madre de todas las siembras

Hay innumerables aciertos estrictamente carlettianos en la consecución de la Décima, pero el espíritu, la determinación y la exigencia que son consustanciales a la entidad, ya impregnaban las paredes de ese vestuario el día en que Carlo cruza por primera vez su umbral, al igual que Heynckes, dieciséis años antes, disfrutaba desde el primer día de su ejercicio de un legado capellista tanto anímico como táctico que se revelará esencial en la consecución de la Séptima. Para ayudarle a cosechar sobre la base de lo plantado por José, se le otorga a Ancelotti un regalo cuya relevancia en esta historia merece ser abordada en otra ocasión: Gareth Bale. Sin esa pieza adicional, tal vez la herencia de Mou se habría revelado insuficiente. Pero esa es otra historia que nos desvía del tema.

Después del doblete de Copa y Champions de la 13/14, Ancelotti firma una temporada sin títulos relevantes, lo que lo deja al margen. Al parecer, ahora toca volver a sembrar. Florentino confía en Benítez, quien demuestra que es posible empeñarse en exceso en labrar o remover la tierra. No hacía falta tan insistente con sembrar, Rafa, ni tan profundo. Los surcos son demasiado hondos, y se interpretan como plagas de las plántulas bendiciones como la presencia de Modric.

En enero, llega Zidane, de quien cabría preguntarse de quién fue la siembra que va a cosechar. No parece ser de Benítez, desde luego. Respecto al éxito que logrará Zizou, solo caben dos hipótesis: la primera es que se trata de un sembrador-cosechador, al estilo del Bosque. La segunda es que capitaliza lo sembrado por Ancelotti, teoría que encajaría bien con su papel como segundo técnico de Carlo durante el año de la Décima. No perdamos de vista que aceptar esta última hipótesis nos obliga a cambiar radicalmente nuestra visión de la primera etapa del italiano: si Zizou cosechó a partir del trabajo de Carlo, será porque este último, además de cosechar a su vez lo que germinó en la era Mou, también sembró para el Divino Calvo. ¿Es posible que Carletto sea el único gran cosechador que también ha sembrado para el siguiente? Nos encontraríamos ante una dualidad no solo infrecuente en la historia blanca, sino directamente única.

A partir de ahí, Zizou se desentiende de sembrar y cosechar para sí mismo. Los más cínicos argumentarán que, con la inmensa calidad de las plantillas que le tocan, poca siembra se necesita, pero no es posible cosechar tan gloriosamente durante tanto tiempo sin una labor de siembra personal. Nadie vive tanto tiempo, ni de manera tan excelente, de las rentas de quien vino antes, ni hay legado del anterior cuyo efecto se extienda tanto en el tiempo. Lo que sucede es que Lopetegui no era el mejor cosechador de la obra de Zidane, o quizás solo el club desconfió de inmediato de lo que había fichado, contribuyendo a la profecía autocumplida del fracaso. La marcha de Cristiano, por supuesto, no ayuda. Cuando desaparecen el francés y el portugués, ya hay tres Copas de Europa más adornando la sala de trofeos.

Solari es el sembrador exprés. En el breve tiempo que tiene, se deshace de ciertos pesos pesados (nunca mejor dicho) de la plantilla, y cuando se niegan a acatar su orden, los despide. También permite a Vinícius el permiso para conquistar el mundo del que legendariamente habló Valdano: ¿hay mayor y más trascendente labranza que forjar tal huracán?

¿Es posible que Carletto sea el único gran cosechador que, además, haya sembrado para el siguiente?

Los malos resultados, concentrados en una semana de debacle, abortan lo que podría haber sido un período prolongado de siembra. Enseñanza: los períodos de siembra tranquila, en el Madrid, duran diez minutos y medio, y no se reconocen como tales si no traen al menos el alivio menor del título de liga. Vuelve Zidane, y resulta difícil encasillar esta segunda etapa en alguno de los dos epígrafes anteriores. Desde luego, no se recoge fruto alguno (insistimos: fruto europeo), aunque no se puede menospreciar lo positivo del logro de la “liga del COVID”, como la llamó Sergio Ramos.

Y de la segunda etapa de Zizou pasamos a la segunda de Carlo, tan exitosa que solo puede interpretarse como un período de cosecha, y cosecha inesperada incluso para las almas más optimistas. Advertimos al inicio que estas paradojas surgen en el Madrid: una época que estaba destinada a ser eminentemente de siembra de repente arroja la sorprendente bonanza de una abundante cosecha. Se gana la Catorce, la Champions de nuestras vidas, y dos años después la Quince, que es la Champions de nuestras vicevidas, una sucursal tardía con elementos comunes a la matriz. Con Ceferin al frente y los petroclubes a caballo, esas dos Champions, sencillamente, no tocaban. Son un maná milagroso que nos sobrevino mientras estábamos arando.

Héroes de la 15: Carlo Ancelotti

El lector que haya tenido la paciencia de seguirme hasta aquí ya lo habrá adivinado: históricamente hablando, a Xabi le corresponde un papel de siembra. Ahora viene el descubrimiento más propio de Pero Grullo de todo el artículo: lo que define si estás en periodo de siembra o, por el contrario, en periodo de cosecha, es la nómina de jugadores con los que cuentas. Se han despedido hace muy poco o relativamente poco Kroos, Modric, Cristiano, Benzema, Ramos, Marcelo, Bale, Casemiro, Varane, Pepe y otros jerarcas. Lo que venga después de eso tendrá que ser indudablemente una temporada de siembra, por buenos que sean los herederos de todos esos nombres, que lo son. Lo son, pero deben adquirir la magnitud de jerarcas, y para eso hay que sembrar.

Históricamente hablando, a Xabi le corresponde un papel de siembra

¿Cuánta torpeza y/o ruindad hay en exigir a un Madrid de siembra los resultados de un Madrid de cosecha? Respóndase el lector de manera autónoma. Otra cosa es que esta bendita locura que caracteriza al madridismo permite albergar la esperanza de un nuevo prodigio de Champions mientras estamos con la azada. Pero la esperanza no debe confundirse con la exigencia, y mucho menos con el histerismo.

Si uno examina la historia, que pretenciosamente hemos resumido aquí en pocos párrafos, lo que le toca a Xabi es hacer crecer al equipo, ganar una o dos ligas en el camino, llevar al equipo a semifinales de Champions varias veces y esperar a estar ya fuera para ver cómo llega otro, arrima el alfiler y hace estallar el globo que el tolosarra habrá inflado a pleno pulmón durante años. ¿Quién será el afortunado? Un Zidane cualquiera, quizás el mismo Zidane. Si esto del globo sucede con el amor, ¿cómo no va a ocurrir con la Champions?

Por supuesto, espero que la historia vuelva a tropezar con fortuna y que Xabi gane la Dieciséis en mayo de 2026. ¿Lo deseo? Claro. ¿Lo veo factible, a pesar de lo complejo? Sí. ¿Se lo exijo?

La respuesta a esa última pregunta se desprende con facilidad del resto del texto. Y ahora me despido, que, como a Xabi y a cualquier otro madridista de corazón, me espera el rastrillo.

Getty Images

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