Xabi Alonso consigue una prórroga en el Real Madrid, aunque el equipo continúa ausente.
El juego del Real Madrid continuamente brilla por su ausencia. No es una novedad. Lo sorprendente fue que el Bernabéu mostró una pequeña apertura en medio de la adversidad. Y tras esa apertura, vendrá el gusano. Y el gusano abrirá su boca y ahí, Florentino, deberás convertir el agua en vino o las cañas se transformarán en lanzas. El Sevilla es un equipo peculiar, a veces elegante y otras absurdo. Jugó en el Bernabéu al borde de la goleada y, sin embargo, tuvo la oportunidad de ganar. Es un equipo español, lo que implica que tiene carencias en los campos de batalla, pero logra hilar el balón con astucia y precisión por el ojo de una aguja: cuando el oponente pierde la compostura en el medio campo.
Contra ese equipo abierto y etéreo, los jugadores del Madrid tenían enormes oportunidades para correr y expresar su verdad al mundo. Pero no fue así. De ninguna manera. La salida del balón se parecía a la huida de un after a primera hora de la mañana. Sin simetría, sin ritmo, sin convicción. Cuerpos indecisos y espacios vacíos. El Madrid avanzaba con facilidad, pero eso no le servía de nada. Cada uno intentaba construir su jugada, atropellándose casi siempre en el momento crítico: al intentar dar continuidad al balón , en el desmarque, en el pase que debía preceder al desmarque, en el inexistente juego sin balón, en los disparos inocentes realizados casi por el qué dirán.
Xabi ha optado por los cuatro delanteros de Ancelotti. Es una forma de rendir homenaje a su maestro. Y para aumentar la frustración del espectador, posiciona a Arda como interior y le otorga el control del equipo. Una decisión loable que la fragilidad del turco deja en evidencia en cada jugada. Xabi busca un equipo que se mantenga partido y que encuentre su destino corriendo. Desea un equipo agónico con desenlaces de película de Hollywood y amplios espacios abiertos para que Mbappé, Rodrygo y Vinícius puedan deslizarse cuesta abajo por el tobogán, llegando a casa felices y despeinados. Ante la falta de táctica, Xabi ha decidido soltarlos para que ellos mismos encuentren su posición.
Cuando el Sevilla conseguía conectar dos pases, se posicionaba en la frontal del área con una sorprendente facilidad. ¿Sorprendente o desesperante? No es sencillo encontrar los adjetivos para describir a este Madrid. El Real es extraordinario, un enorme portaviones que cada lustro busca un iceberg para hundirse de manera operística. Los adjetivos deben capturar con palabras lo que resuena en la mente del aficionado. Este equipo cuenta con jugadores increíbles que juegan con una torpeza irritante. Así que uno puede contradecirse de un partido a otro o incluso en el mismo párrafo, porque Vinícius puede alcanzar la genialidad en un instante y luego dar un pase inusitado a un lugar donde no hay nadie.
Una y otra vez sus oportunidades fluctúan entre lo triunfal y lo trivial sin escalas hacia el sentido común. En realidad, la facilidad del Sevilla para penetrar el área del Madrid era frustrante. Con un interior -Güler- que además sigue compartiendo habitación con sus padres, y con dos centrales como Rüdiger y Huijsen, uno fuera de forma y el otro distraído, resultaba muy sencillo para los jugadores andaluces quedarse a las puertas del gol.
Los centrales, en serios apuros
Pero Courtois ya estaba prevenido. Que a Huijsen le asignen el cuidado de un jardín con flores: petunias, amapolas y rosas sin espinas, para no lastimarse. Colóquese en una esquina del campo, donde el césped luzca reluciente y así todos nos quedemos tranquilos y él sería más feliz, porque no nació para la contención, para el riguroso destino de un central. Él pertenece al mundo para llevar el balón con la cabeza erguida y la mirada de un prócer. Eso es lo que le gusta. Es una estrella en gestación. Todavía no es futbolista, pero su mirada es la de una supermodelo.
Debería vivir una posguerra o tener de compañero de habitación a Fernando Hierro. De otro modo, se perderá. Estas pequeñas catástrofes del Madrid han generado un leve gesto de desaprobación en el Bernabéu. Hubo pitos tras cada oportunidad del Sevilla. Posteriormente, silencio, un ambiente helado, sin cielo ni infierno, pero sin paz; y al final, salió Vinícius y la afición le hizo saber que, si tiene otros intereses aparte del Madrid, como el arte contemporáneo o las figuritas de Lladró, quizás sea el momento de partir hacia otro universo más amable.
Hubo un gol del Madrid a balón parado y el comentarista Morientes enfatizó la importancia de la estrategia a balón parado cuando los partidos se complican. Tengan cuidado al leer este párrafo. Es un párrafo poco atractivo, mal redactado, con una repetición que convierte su lectura en un acto similar a beber gintonics en el desierto. La boca seca, la falta de creatividad, la repetición de lugares comunes que transforman el relato futbolístico en un paseo por un cementerio. Para eso se inventó a Jorge Valdano. Pero cuando no está el argentino, conviene bajar el volumen de la televisión y afrontar los partidos del Madrid sin dilaciones.
El Sevilla se replegó y provocó un embotellamiento en los blancos. Un pase largo de los andaluces era suficiente para generar errores en la defensa madridista. Huijsen y Rüdiger retrocedían como personajes de un videojuego defectuoso. Son lentos, se giran mucho después de que el balón ya haya pasado, como si fueran los protagonistas de una mala pesadilla. Así que acompañan al delantero en su aventura solitaria hasta que Courtois se agranda y ahí se termina la historia.
Güler no es una brújula
En el centro del campo, Güler se vuelve insignificante. Ni siquiera es transparente. Es solo un punto de una sola dimensión que aparece en los lugares designados a la hora correcta. Pero no importa. Nadie presta atención a él, los rivales lo despojan sin notar su presencia y cuando el balón llega a él por azar, es incapaz de avanzar. No cuenta con la potencia ni la velocidad tras el regate. Le queda el pase y para que eso funcione, los delanteros deben desmarcarse. Pero nadie se desmarca. Permanecen atrapados en la cofradía del balón a pie. Masonería final de la estrellita madridista cuando ha decidido que el Madrid gire a su alrededor y no al revés, como sucede en los equipos ganadores.
Aun así, llegó el gol de los blancos. Fue un penalti muy evidente a Rodrygo. Zancadilla en el área. No hay dudas. Pero en los bares hubo un levantamiento. ¡Penalti a favor del Madrid! La gente se llevaba las manos a la cabeza. Los comentaristas expresaban sus dudas con semblante severo, como si hablaran de asuntos cruciales de la nación. Los atléticos sonreían y hacían la señal universal del dinero con la mano. En algún lugar del mundo, Saúl vuelve a ser feliz. Saúl es un chaval que solo anhela jugar al fútbol. Estuvo unos años en la cantera del Madrid y se marchó por motivos extradeportivos. Quién sabe lo que eso implica.
Se unió al Atlético y desde entonces el antimadridismo se ha convertido en una de sus pasiones. Saúl es ese tipo de jugador que mete golazos y no tiene un rol definido en el campo. Algo similar a Asensio, ese cisne de juego hermético y disparos sorprendentes. Esos jugadores sirven para la élite mientras se recuerda su rastro de goles de dibujos animados. Cuatro o cinco años, no más. Sin encaje y con aspiraciones de grandeza, suelen ir descendiendo escalones hasta acabar en la liga turca o en Sudamérica. Saúl está allí, en el Flamengo, y el otro día declaró que el equipo brasileño era mucho más que el Madrid, ya que el Madrid era un equipo sin afición.
El mayor peligro del Santiago Bernabéu
Es la negación del Real hasta sus últimas consecuencias. Para un atlético o para un antimadridista, siendo antimadridista todo aquel que no sea del Madrid, el equipo blanco ni siquiera es un club de fútbol. Llevan toda la vida enfrentándose al Madrid y son incapaces de entenderlo. Saúl llega al Bernabéu y no siente nada. Cree que el silencio es el de un cuarto vacío. No es así. Ese silencio es el de los grandes salones repletos de obras de arte de valor incalculable; es la reverencia y es el aficionado observando el desempeño de su equipo. Y de vez en cuando, el silencio se quiebra, como en la pitada a Vinícius, con el público expresándole a un jugador -el capitán- cuál es su destino si no se libera de ese manto de armiño que limita sus movimientos.
Hay un peligro y es el mismo que amenaza a la civilización occidental. No es la decadencia. La decadencia es una dimensión más de la realidad. Europa ha vivido con ella desde que Roma cambió su realismo crudo por el cristianismo. Ese peligro es el turismo . Los ojos del turista convierten cualquier experiencia en banal. Cada construcción en un decorado. Cualquier verdad en una representación. Y la mitad de los espectadores en el estadio del Madrid, del Barcelona y de casi todos los grandes equipos de Europa son turistas.
Personas que pagan y no sienten, que solo buscan la emoción del gran escenario y la fascinación por el ritual. Los galácticos se volvieron triviales cuando empezaron a jugar para ese público. Luego llegó Raúl y los ahuyentó a todos. Fue necesario. Ahora regresan a tomar el templo. Y así, la estrellita madridista transforma su fútbol en una simulación que puede ser subida a intervalos de treinta segundos en una plataforma. Lo hace para ellos. Para los turistas, para aquellos que no son aficionados, para los que no invierten su corazón en la trayectoria de su equipo. Ese es un peligro mayor que una mala temporada. Después de todo, esto despierta el interés del aficionado, lo reconcilia con la mediocridad de su vida. Es algo necesario, como las posguerras o las resacas. Como el mal trago que está experimentando Xabi. Un buen tipo en una película que no es la suya. Feliz Navidad.



