Extremadura también se pronuncia en Leganés.
Durante muchos años se ha comentado, entre bromas y seriedad, que Extremadura tenía tres provincias: Cáceres, Badajoz y Leganés. No era simplemente una exageración folclórica. Era una forma clara de describir una realidad social profunda: miles de extremeños encontraron en esta ciudad del sur de Madrid un lugar para trabajar, formar una familia y construir una vida mejor, siempre manteniendo un vínculo con su tierra.
En Leganés, esa huella es evidente. Se manifiesta en los apellidos, en las casas regionales, en las historias familiares y en una memoria colectiva que une origen y destino. Por ello, lo que sucede en Extremadura nunca nos resulta ajeno. Los resultados de las elecciones del 21 de diciembre no son solo una fotografía autonómica: también reflejan el momento político que atraviesa España y el desgaste evidente del proyecto actual bajo la dirección de Pedro Sánchez.
Extremadura se ha pronunciado. Y lo ha hecho con claridad. Ha votado por el cambio, la gestión y la estabilidad. Ha optado por cerrar una etapa prolongada, caracterizada por inercias políticas que ya no respondían a las necesidades de la gente. No fue un voto estridente ni una protesta airada. Fue un voto sereno, pero contundente. Un voto de cansancio. De esos que no hacen ruido, pero pesan mucho. Cuando el voto deja de ser ideológico y se convierte en vital, algo profundo cambia.
Ese cansancio no es exclusivo de Extremadura. También se siente en municipios como Leganés y en gran parte de la España urbana y trabajadora. Los vecinos quieren instituciones que funcionen, servicios públicos eficaces y oportunidades reales para sus hijos. No piden grandes relatos ideológicos ni épica artificial, sino soluciones concretas. Ciudadanos que no esperan milagros, pero sí rigor, seriedad y sentido común. España está cansada de que la política opere en una burbuja mientras la vida real oprime.
Durante décadas, muchos extremeños tuvieron que marchar porque su tierra no les ofrecía futuro. Hoy, la aspiración es diferente: que sus hijos no tengan que irse. Esa aspiración explica, en gran medida, el resultado electoral. Cuando una región se enfoca en atraer inversión, generar empleo y gestionar con responsabilidad, la sociedad responde. Cuando se elige la propaganda, la confrontación constante y la política de bloques, la respuesta también llega. El PSOE ha sufrido una debacle en un territorio que siempre le fue favorable. Y no será la última.
El sanchismo ha convertido el enfrentamiento en una forma de gobernar. La ocupación de las instituciones se ha vuelto una estrategia. La corrupción y el machismo lo erosionan. Y el corto plazo actúa como norma. Todo se convierte en relato. En ese contexto, no es sorprendente que cada vez más ciudadanos opten por proyectos políticos que hablen menos y gestionen más, que prometan menos y cumplan más. Gobernar no es solo sobrevivir en La Moncloa: es mejorar la vida de la gente. Todo lo demás es propaganda.
Extremadura ha dicho basta a un modo de gobernar más centrado en resistir en el poder que en transformar la realidad. Y este mensaje no es aislado. Es un síntoma que atraviesa el país. Muchos españoles sienten que sus problemas cotidianos quedan sepultados bajo el ruido, los pactos opacos y una agenda política cada vez más distante de la realidad.
En Leganés llevamos poco más de dos años intentando seguir un camino diferente. Apostando por la innovación, la industria, el empleo de calidad, la seguridad y una administración más ágil y eficaz. Sin grandes alardes. Sin propaganda excesiva. Con hechos. Y esa forma de gobernar también tiene repercusiones políticas, porque al final, la política se mide en confianza.
Las elecciones en Extremadura dejan una enseñanza que no debemos ignorar: cuando la política se desconecta de la realidad cotidiana y se sumerge en el tacticismo, la ciudadanía acaba buscando alternativas. Y cuando se presenta un proyecto serio, reconocible y centrado en mejorar la vida de las personas, la respuesta llega. Cuando una sociedad vota con serenidad, es esencial escucharla con humildad.
Leganés no es Extremadura. Pero comparte con ella una historia común, una parte importante de su identidad social y una aspiración compartida: progresar sin perder el alma. Que nadie tenga que marcharse por falta de oportunidades. Que el esfuerzo tenga su recompensa. Que las instituciones estén al servicio de la gente y no de un proyecto personal de poder.
Por eso, sí: lo que ocurrió en Extremadura también se escucha en Leganés. Y es importante atenderlo con atención. Porque no es un voto contra una tierra ni contra una ideología específica. Es un voto contra un estilo de gobernar agotado. Y a favor de una política útil, responsable y orientada al futuro. Justo la que muchos ciudadanos comienzan a exigir, cada vez con mayor claridad, en toda España. Porque cuando la política falla, la gente no grita: cambia.
* Miguel Ángel Recuenco es Alcalde de Leganés


