La trampa explosiva con Vinicius.



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Hace mil años que leí ‘El cine según Hitchcock’, una edición de bolsillo de Alianza en la que la portada en blanco y negro muestra al autor de ‘Vértigo’ con una expresión muy seria; aún debe estar guardada por ahí. En casi todas las listas de los directores más destacados de la historia del cine, aparecen tanto el entrevistado de ese libro como su entrevistador, François Truffaut, creador de ‘La noche americana’, así que es importante tenerlo en cuenta.

Me quedé con la enseñanza de la diferencia que para Hitchcock existía entre sorpresa y suspense, y su metáfora de la bomba: si estamos viendo una conversación tranquila entre dos personas y, de repente, ¡booom!, ocurre una explosión y todo vuela por los aires, nos sorprenderemos, pero la escena resultará insípida; si, en cambio, se informa al espectador de que, mientras se desarrolla esa charla trivial, hay una bomba oculta debajo de la mesa, el espectador sentirá una desesperada necesidad de gritar a los protagonistas para que se escapen. Sorpresa y suspense. Y angustia.

Me sucede algo similar con Vinicius; sé que hay una bomba escondida bajo la mesa, que la cuenta atrás ha comenzado y que el Titanic navega directo hacia el iceberg, mientras intento advertir al madridismo antes de que todo estalle en mil pedazos. Spectre ya lo intentó antes. Trató con Cristiano y Benzema, con Pepe y Bale, y tristemente tuvo éxito con Mourinho.

Ahora, visualizo al supervillano Blofeld acariciando a su gato, observando con satisfacción cómo el madridismo, que es bastante blando, se deja seducir por la mercancía caducada del ‘fair play’ y el carácter controvertido de un jugador insoportable, egocéntrico, caprichoso, pero singular e irrepetible. El Barça nunca ha tenido futbolistas así, ¿verdad Stoichkov? ¿verdad Suárez? ¿verdad Piqué? Pero los culés tienen una piel más resistente, es la dureza de quienes han estado observando al Real Madrid desde el Año de Nuestro Señor de 1902.

¡Salid corriendo de ahí porque hay una bomba debajo de la mesa! Conservo el comodín de Florentino, quien tiene las espaldas más anchas que las de Shaquille O’Neal y suele anticiparse a las jugadas del mal. ¿Pero no os dais cuenta de que quieren cambiarnos al Karpov de Tolosa por un futbolista más extraño que un perro verde, azul y amarillo? Sí, está bien, de acuerdo, pero que aparece una vez cada medio siglo. ¿Quién nos garantizará la decimosexta, Tchouaméni? Sería un auténtico desastre.

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