diseñada como un escape para vacaciones


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Son pocos los madrileños que saben que, detrás de la animada plaza de toros de Las Ventas, se encuentra la colonia modernista de Madrid Moderno, un conjunto arquitectónico excepcional del que solo han perdurado unas pocas casas. Su apariencia sorprende entre edificios de viviendas convencionales, como si el tiempo hubiera dejado a la deriva un par de calles de otra ciudad. Un espacio que quiebra la uniformidad del barrio y transporta al visitante a un pasado casi olvidado de la capital, donde el legado del modernismo persiste a pesar del imparable avance del urbanismo contemporáneo.

Un proyecto concebido como refugio estival

La colonia Madrid Moderno fue ideada a finales del siglo XIX como un escondite de verano en la periferia de la ciudad. El empresario Mariano Santos Pinela y el arquitecto Julián Marín diseñaron un barrio diferente, con «pequeños hoteles» adosados de dos pisos, conectados incluso con el centro mediante una línea de tranvía que llegaba hasta Goya. La idea nacía del deseo de construir una pequeña ciudad-jardín donde la modernidad y el descanso coexistieran en las afueras de Madrid.


Actualmente, al pasear por la calle de Roma y sus alrededores en la Guindalera, aún se pueden reconocer algunos de esos chalés que rompieron esquemas en la ciudad. Una docena de viviendas resisten entre fachadas de ladrillo, ventanales de madera y torreones que recuerdan al estilo neomudéjar y modernista de finales del siglo. Cada una de ellas actúa como una cápsula del tiempo, permitiendo imaginar el esplendor original de la colonia.

Tres estilos en un único barrio

El diseño original de la colonia combinó diversos estilos arquitectónicos según las etapas de construcción. Primero se construyeron edificios de ladrillo en estilo neomudéjar; luego, casas con miradores que sobresalen sobre delicadas columnas de hierro; y, finalmente, chalés con chapiteles y techos inclinados que aportaron un aire más pintoresco al conjunto.


Esta mezcla no fue del agrado de todos los críticos de la época. Algunos autores, como Azorín, llegaron a catalogar estas viviendas como un conjunto llamativo y carente de elegancia. Sin embargo, la colonia fue considerada en su momento «el barrio más europeo de Madrid» por su diseño higiénico y el espacio que brindaba a sus habitantes.

Las consecuencias de la especulación inmobiliaria

El paso del tiempo fue implacable con Madrid Moderno. La expansión urbanística y la especulación inmobiliaria en las décadas de 1960 y 1970 destruyeron gran parte de sus edificaciones. Muchas casas fueron demolidas para dar paso a bloques de pisos, mientras que otras se transformaron hasta despojarse de su esencia original.


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A pesar de esto, algunos chalés lograron resistir, ya sea gracias a la determinación de sus propietarios o debido a reformas parciales que al menos preservaron la fachada. El resultado es un paisaje urbano caótico, donde coexisten vestigios de aquel proyecto utópico con el urbanismo funcional que caracteriza al Madrid contemporáneo. Una imagen que muestra cómo las huellas del siglo XIX aún logran existir, aunque de manera precaria, junto a la rápida modernización de la capital.

El último vestigio de un anhelo

En la actualidad, la colonia modernista de la Guindalera se ha reducido a apenas un par de calles, pero sigue siendo un lugar que sorprende a los visitantes observadores. Sus miradores acristalados, los mosaicos decorativos y los jardines frontales evocan una época en que la periferia de Madrid era un espacio de descanso y ocio. Aunque inicialmente se construyeron alrededor de un centenar de «hotelitos» (denominación de las viviendas unifamiliares de la colonia modernista), en la actualidad apenas sobreviven una docena de ellas.

Fachada de una de las viviendas conservadas en la colonia Madrid Moderno, en el barrio de la Guindalera. (Extraída de X)

A pesar de no contar con una protección patrimonial adecuada, estas casas mantienen viva la memoria de un proyecto que buscó integrar lo mejor del urbanismo europeo en la capital. Pasear por ellas es descubrir una porción olvidada de la historia madrileña, un fragmento que ha sobrevivido de la modernidad perdida.

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