Una luz en la perspectiva de Javier Garcerá.
Un ‘koan’ es un enunciado enigmático y paradójico que los monjes budistas utilizan en la meditación, no para entenderlo a través de la razón, sino para experimentar una conexión profunda con él. La exposición de Javier Garcerá (Sagunto, 1967) en CentroCentro sigue una lógica similar: busca desmantelar las dualidades, … comenzando con la separación entre ver y no ver.
Cada obra funciona como un claro en el camino que invita a suspender la percepción automática y a sumergirse en la experiencia de detenerse y simplemente contemplar.
Por lo tanto, la tarea no exige esfuerzo, pero sí un compromiso por parte del espectador: prestar atención significa tomar conciencia, lo cual implica adoptar una sensorialidad tranquila pero alerta; cultivar una curiosidad que se mantenga en el asombro sin caer en una fascinación acrítica; y abandonar una mirada desalienada y digitalizada –esa que consume de forma voraz lo que se le presenta– para abrirse a una percepción que emana del sentido propio de la experiencia.
Más de un punto de vista
Las texturas y los reflejos de las telas, elementos clave en la obra de Garcerá, se integran con la solidez del monocromo –una paleta dominada por los tonos rojos–, formando superficies que requieren no solo un enfoque frontal, sino también una perspectiva oblicua o lateral. Es en esos momentos que emergen imágenes entrelazadas y fluidas, creadas con pinceladas que vibran sobre el tejido o a través de pequeñas erosiones que lo transforman. Las palabras y frases son también frecuentes, situadas siempre en el límite de la legibilidad, algunas veces aludiendo a la biblioteca personal del artista, y en otras, recogiendo fragmentos de una sabiduría antigua y sagrada.
La exposición de CentroCentro presenta obras que abarcan casi tres décadas, organizadas no de manera cronológica, sino a través de diálogos que relacionan distintos períodos de la trayectoria de Garcerá. Este enfoque se basa en una idea central de su trabajo: la convicción de que el ojo salvaje no existe y de que toda imagen se construye a partir de una memoria cultural.
En las imágenes, distintas obras de la muestra ‘El pico al aire’, de Javier Garcerá en CentroCentro
La exposición aborda esta condición mediada a través de referencias a obras de Fra Angelico, Velázquez o Manet, una tradición que se complementa con elementos formales y conceptuales de origen oriental, que no actúan como citas exóticas, sino como una valorización de una forma diferente de entender la experiencia estética, más próxima a la intuición sobre la impermanencia, entendida no solo como condición de la mirada, sino como la aceptación de que todo cambia, que todo está en proceso y que todo es transitorio.
El arte de Garcerá se presenta como un medio hacia la trascendencia, sin renunciar a una conciencia crítica del mundo. En el núcleo de la exposición, a mitad del recorrido, surge el motivo del cambio como auténtico trasfondo ético: un gran retablo de seda roja, las pinturas apiladas en el suelo y las iconografías de desplazamiento, abandono y ruina apuntan así al final de un ciclo.
Este cambio de morada resalta la necesidad de abandonar paradigmas agotados –políticos, económicos y sociales–, para explorar una sociedad futura que aspire a establecer otras formas de relacionarnos con nuestro entorno. Fundamentalmente, se busca una reconciliación entre lo humano y la Naturaleza, esa gran maestra de la contemplación que puede guiarnos hacia el disfrute de la plenitud del cotidiano, un concepto que Garcerá pone en diálogo con la visión goethiana de la Naturaleza como experiencia viva y con la profundidad mística de Novalis.
La exposición dedica un espacio especial al estudio del artista como un lugar de investigación, pero también de reclusión: un ámbito donde la soledad no es una carencia, sino una necesidad para la creación. El título de la muestra, ‘El pico al aire’, hace referencia al pájaro solitario descrito por San Juan de la Cruz, un símbolo que se considera excéntrico dentro del canon literario europeo y, según algunos estudios, estrechamente ligado a la tradición mística sufí, evocando un radical estado del alma que «no sufre compañía», lo cual permite el camino contemplativo.
Javier Garcerá: ‘El pico al aire’
Javier Garcerá. ‘El pico al aire’. CentroCentro. Madrid. Plaza de Cibeles, 1. Comisaria: Isabel Tejeda. Hasta el 3 de mayo. Cuatro estrellas.
Ese mismo clima de recogimiento se extiende en la cuidada escenografía de la exposición, que utiliza un gris oscuro en las paredes y un manejo preciso de la luz. En conclusión, estamos ante un recorrido memorable que ofrece una lectura especialmente aguda de la trayectoria de Garcerá y confirma la coherencia de una búsqueda sostenida a lo largo de décadas: devolver a la belleza una relevancia contemporánea, afirmar la realidad visible sin sacrificar su resonancia interna y, finalmente, restituir al silencio su función como un camino de regreso a casa.


