Me levanté rápidamente de mi asiento y terminé chocando contra la ventana de la izquierda.


Esther Ibañez, golfista amateur de Marbella de 44 años, viajaba el pasado domingo desde Málaga hacia Madrid, en el vagón 7 del Iryo, el tren que colisionó con el Alvia Madrid-Huelva a la altura de Adamuz, en el trágico accidente que resultó en la muerte de 45 personas. «Iba a Madrid para realizar la formación del curso de técnico deportivo de la Federación Española de golf», comparte en una conversación telefónica. «Así que tomé el tren de las 6.40».

La andaluza, que ha decidido cambiar el rumbo de su vida dejando su trabajo en recursos humanos, además de su labor como psicóloga y psicóloga deportiva para dedicarse al golf, se encontraba en la segunda fila, mirando hacia la dirección de la marcha, en un asiento junto al pasillo, del lado derecho del coche. 

«La verdad es que el viaje transcurría con normalidad. Yo estaba leyendo, pero, de repente, sentí una gran vibración, como si una rueda se hubiera salido de su lugar. Algo similar a una turbulencia en un avión», explica. Entonces, de pronto, el tren volcó. Su vagón, el 7, no experimentó el mismo movimiento brusco del 8, pero quedó medio inclinado.

El vagón 8, el más afectado del tren que se dirigía de Málaga a Madrid

«Me vi impulsada desde mi asiento y terminé empotrada contra la ventana de la izquierda. Me encontré a los pies de una chica que estaba sentada allí y empezaron a caer las maletas. Tuve muchísima suerte porque algo, probablemente una maleta, se quedó sobre mi cabeza, y yo me cubrí con las manos, lo que actuó como un parapeto. Seguramente gracias a eso evité cortes, ya que volaron muchos fragmentos de microfibra y cristales. Cuando pude levantarme, tenía el cabello lleno de ellos».

Esther no puede recordar cuánto tiempo pasó tumbada en el vagón. «Diría que unos 15 minutos. De repente, comenzamos a preguntarnos unos a otros si estábamos bien y la gente empezó a reaccionar. Había una mujer embarazada, entre otros. Algunos comenzaron a decir que había que romper las ventanas, pero uno de los pasajeros que tomó la iniciativa propuso que antes de salir, chequearan la situación fuera por si había algún terraplén o algo similar. Rompimos las ventanas y empezamos a salir, mientras desde afuera ayudaban a quienes estaban atrapados, ofreciendo agua a quienes la tenían y demás»

Por suerte, a pesar del fuerte golpe, la golfista no soltó ni su móvil ni su bolso, lo que le permitió comunicarse rápidamente con su marido. «Lo primero que hice al salir fue llamarlo y decirle que habíamos tenido un accidente y que estaba bien. No había mucha cobertura, pero eso fue suficiente para tranquilizarlo a él y a mi familia. Aún no se tenía conocimiento del alcance de la tragedia. De hecho, al principio, él ofreció ir a buscarme y llevarme a Madrid».

Esther Ibáñez, la golfista que viajaba en el Iryo

Esther Ibáñez, la golfista que viajaba en el Iryo

Los servicios de emergencia llegaron rápidamente. «Diría que en menos de media hora aparecieron ambulancias, personal sanitario y la guardia civil, quienes nos atendieron antes de dirigirnos al vagón 8, el más afectado. Nos indicaron que nos moviéramos hacia la estación de Adamuz, que estaba a unos 100 metros. En ese momento, escuché por primera vez a un bombero gritar que todos los sanitarios se dirigieran a otro tren que estaba más atrás y que había sufrido daños mucho mayores. Por la luz de la estación, nuestro tren quizás se veía más, y tuve la impresión de que nadie se había percatado de que había otro tren adelante, por la forma en que se pedía ayuda. De hecho, un hombre del vagón 6 me comentó que habíamos chocado contra un muro y no que habíamos descarrilado».

Ibáñez caminó hacia la estación, donde el pueblo de Adamuz se volcó en la atención a los pasajeros. «De inmediato, un chico del pueblo nos llevó a la caseta municipal, donde nos refugiamos. No era plenamente consciente de la tragedia que había ocurrido. Me fui enterando de las muertes a través de las noticias». Las secuelas físicas para la golfista fueron «un dolor cervical al día siguiente y un golpe en la rodilla, nada comparado con lo que pudo haberme sucedido», confiesa consternada.

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