No puedo darme el lujo de crear únicamente álbumes y cómics extensos.


Víctor Coyote arribó a Madrid a finales de los setenta con el propósito de estudiar Bellas Artes, y se transformó en una de las personalidades más distintivas del panorama cultural de la ciudad. Músico, ilustrador, diseñador gráfico, creador de cómics, y director de cortos y documentales, Coyote ha forjado una obra amplia donde no existen jerarquías, navegando con una naturalidad asombrosa entre distintas disciplinas y géneros, siempre desde una posición lateral, que no es del todo cómoda ni completamente marginal.

Fue un pionero del punkabilly con Los Coyotes, introdujo ritmos latinoamericanos cuando aún eran considerados exóticos en el pop español, y al mismo tiempo, desarrolló una carrera gráfica fascinante asociada a revistas, editoriales y museos. Su conexión con Madrid —ciudad adoptiva, “nunca completamente propia”, como le gusta destacar— permea una gran parte de su obra.

Recientemente, dos publicaciones han vuelto a colocarlo en el centro de una conversación siempre estimulante: la reedición de un libro de relatos que se centra en figuras de la Movida, Cruce de perras, que fue publicado originalmente en 2006, y el recopilatorio musical El Propio, donde se entrelazan sus gustos e intereses. La literatura y la música dialogan aquí como dos maneras distintas de interpretar una misma experiencia. El transcurrir del tiempo, la ciudad y los bares como espacios autónomos dan forma a la entrevista.

‘Cruce de perras’, un regreso a lo habitual.

“No tenía la intención de revisarlo”, comenta acerca de una publicación que incluye personajes como Alaska, Julián Hernández de Siniestro Total y él mismo. “Son relatos, aunque se basan en situaciones más o menos reales, algunas más precisas que otras. A partir de ahí, desarrollo historias que ilustran momentos y situaciones específicas”.


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La reedición, promovida por su actual relación con Autsaider Cómics tras la publicación de Entresijos, incorpora un solo añadido: un epílogo nuevo, escrito casi veinte años después. Se trata de una reflexión ensayística sobre el destino de aquella generación que vivió la música, la noche y la cultura urbana de los ochenta y principios de los noventa.

Al leer el libro nuevamente, reconoce cierta aspereza en el estilo: “Hay muchos tacos, mucho lenguaje coloquial, un estilo brusco de escritura. Hoy en día eso llama la atención. No es que no se pueda decir. Eso de que hoy en día no se pueden expresar ciertas cosas es un mito. La gente dice burradas inimaginables”.

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El libro no elude temas incómodos. Hay violencia, machismo, miseria moral y crueldad cotidiana. “Hay personas que son unos hijos de puta. El padre del rocker, por ejemplo. Y hay relatos, como el de la despedida de soltero con una prostituta, que hoy resultarían impensables. Pero están ahí porque definen una época. Igual que en Mad Men se fumaba, porque era común hacerlo”, enfatiza.

‘Poch’, el punto de no retorno

El relato que inicia el libro, centrado en Poch, fue el más difícil de escribir. “Decidí que debía contar una historia sobre Poch. Me pareció complicado, porque hablar sobre una enfermedad implica que, además de la enfermedad, sea literatura. Eso no le quita ni prestigio ni se lo otorga. Tenía que funcionar como relato”, señala sobre un capítulo especialmente bello, repleto de esa parte surrealista del icónico músico de Derribos Arias.

Hay mucha fragilidad, ciertas dosis de desconcierto y comentarios perspicaces, como cuando se refiere a la formación de Poch y la escena de aquellos años: “Había grupos más oscuros, más ruidosos, más mediocres, más hábiles con sus instrumentos. Pero ninguno tan arty como Derribos Arias. Y los grupos arty o son muy buenos o son un camelo. Y si son un camelo, son aún mejores. Derribos Arias estaba entre los mejores”.

Víctor Coyote.

La estructura del libro sigue una lógica musical. “No había una cronología definida. Era como insertar canciones en un LP. Por lo tanto, Poch está al principio”, aclara. Otros relatos abordan la tragedia desde perspectivas más inusuales. Un ejemplo es la muerte de Eduardo Benavente, narrada por los vecinos de un bar.

Madrid más allá del turismo

A pesar de los personajes y las escenas, Cruce de perras no es un libro sobre la Movida madrileña. “No buscaba hacer un libro corporativo, exclusivo para músicos. Me interesaba toda la gente que vivía en torno a ello”, señala sobre relatos que también incluyen a rockeros, camareros, padres autoritarios, público hostil y barrios enteros que hoy han desaparecido del relato oficial.

El Madrid que retrata es el de Malasaña, sí, pero también el de Canillejas, Ciudad Lineal o el barrio del Pilar. El de los colegios mayores donde se tocaba antes de que existiera el término Movida. “Al principio, los conciertos eran en el San Juan Evangelista o en otros colegios mayores. Actuábamos con grupos de rock de la época. No había tanta diferencia”, recuerda.

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La ciudad se recorría a pie o en metro. “Yo residía en Canillejas y no había metro. Tenía que usar el autobús. Aun así, nos movíamos mucho”, relata, al tiempo que señala cómo los cines de barrio servían como puntos de encuentro o eventos culturales: Cinema España en Marqués de Vadillo, salas en Bravo Murillo, Pueblo Nuevo. “Si te perdías una película, la veías un año después en un cine de barrio y luego disfrutabas unas cervezas allí”.

Tribus, clases y mitificaciones

El autor muestra escepticismo hacia las narrativas simplistas, también sobre el actual revisionismo. “Todo fenómeno cultural se transforma en mito. Yo soy poco inclinado a mitificar. Se pasa de afirmar que una generación es increíble a declarar que son un desastre. Lo cierto es que no son ni una cosa ni la otra”, sostiene. La división entre tribus —rockers, punks, modernos, new romantics— tenía más matices de los que suelen recordarse, por ejemplo. “Los rockers eran gente de barrio, muy apegada a lo clásico. También había una fuerte presencia de la derecha. La gente del Sol era más de izquierda. Pero idealizar a unos u otros es ignorar los matices”, añade.

El epílogo trata estas contradicciones. “Hubo una revisión que afirmaba que todos eran pijos. Luego otra en la que quienes antes descalificaban a la Movida, ahora la defienden. Es una situación confusa. Que un artista exprese cosas sin lógica está bien. Que lo haga un político o un analista, es inaceptable”.

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Un balance musical propio

Asimismo, El Propio compila canciones clave de su carrera en solitario. No se han grabado nuevas versiones. “Las versiones originales son siempre las mejores. Son las auténticas”, comenta con cierta ironía. El álbum abarca el punkabilly, la cumbia, la salsa y el funk latino. Incluye, sin embargo, un tema inédito, Así me tratan ahora, una bachata que trata sobre el viaje inverso hacia el éxito. “No es el trayecto hacia la fama. Es el camino opuesto”.

Víctor Coyote no se presenta como un trabajador incansable, pero sí trabaja de manera constante. “No puedo permitirme hacer únicamente discos y cómics largos. Mis ingresos en la música son limitados”, admite. Madrid, a pesar de todo, sigue siendo un estímulo real. Por los bares y por la posibilidad de encontrar a otros. “Madrid es un tópico de ciudad acogedora. Aquí es más fácil hacer amigos que en Londres o Ámsterdam”, comenta. De origen gallego y con una mirada dual, Coyote disfruta de la ciudad en todos sus matices.

«Madrid es una ciudad acogedora. Es más fácil hacer amigos aquí que en Londres o Ámsterdam»

Dentro de su actividad constante se encuentra una de sus colaboraciones recientes. En la serie Poquita fe, el artista compone la música y diseña sus singulares cabeceras animadas. La propuesta llega directamente de sus creadores, Pepo Montero y Juan Maidagán, con una idea clara: “No querían caricaturas de los actores ni escenas literales de la serie, sino algo que captara su esencia”. El resultado es una cabecera en la que Coyote cuenta con un margen creativo poco habitual en la ficción televisiva española. “Es un trabajo maravilloso debido a la libertad que me han concedido”, explica.

Actualmente se siente más cómodo estilísticamente. “Ya tengo el bagaje necesario. Antes me costaba más forzar la mezcla. Ahora surge de manera natural”, detalla. Aun así, continúa explorando: ritmos flamencos, combinaciones de otros géneros, músicas menos conocidas.

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