Una ciudad sin vitalidad no puede considerarse una ciudad.


He estado caminando por la ciudad en busca de una historia que compartir en este espacio. No tengo ganas de tratar temas sociales, me resulta pesado abordar lo político y me deprime hablar de lo económico. Busco algo diferente, sorprendente, e incluso literario. Sin embargo, siento que se vuelve cada vez más complicado. Madrid, al igual que muchas otras ciudades, se ha convertido en un lugar predecible y monótono, aburrido.

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    Atrapada por la ambición de convertirse en un producto, seguir una estrategia y establecer una marca, la ciudad se despuebla de historias y de vida. Muchos de nosotros sentimos desde hace tiempo que, aunque todo se mueve rápidamente, aquí no sucede nada significativo y lo poco que ocurre se repite de manera muy similar.
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    Atraer talento, turistas e inversiones. Abrir restaurantes de moda, organizar grandes eventos y lanzar campañas publicitarias. Convertir todo en un argumento comercial. Impulsar la segmentación y el individualismo. Así, lo que alguna vez fue —con sus múltiples defectos— una comunidad diversa, se transforma en un parque de entretenimiento para aquellos que puedan costear los exorbitantes precios de la diversión organizada.
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    La narrativa de la ciudad hoy es que no hay una narrativa. Es un imaginario fabricado —la maldita marca— que excluye a quienes hasta ahora éramos habitantes activos de la comunidad; y eso, después de haber vampirizado todo lo que hemos vivido, creado y emprendido en beneficio de unos pocos. Si queremos historias interesantes, tendremos que recurrir a los libros, pienso mientras paseo con mi perra por este decorado llamado todavía ciudad antes del amanecer. Pero, poco después, me doy cuenta de que incluso eso nos lo están robando.
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    Cierra la librería Tipos Infames, y la noticia no es solo que cierre, sino por qué. Después de quince años de fomentar cultura y comunidad, los propietarios son desplazados por “la gentrificación”, un inofensivo eufemismo para la codicia de un modelo económico impulsado insensatamente por —todas— las administraciones públicas. Quiero dedicar estas líneas para agradecer el esfuerzo a los tres hombres —y su equipo— que tuvieron el valor de ser infames. Gracias como lector, como escritor, y, sobre todo, como vecino que aún resiste por aquí —aunque parece que por poco tiempo—. Y también para manifestar mi desprecio hacia todas las personas y poderes que están contribuyendo al despojo de la ciudad.
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