Es imposible residir en Madrid
Eugenia G. nació en Madrid y trabaja en Madrid, aunque reside en un pueblo cercano a Valladolid. Hace unos años, cuando logró su plaza como profesora de secundaria en un centro de Fuenlabrada, lo celebró en grande con sus amigos. «Los funcionarios tenemos mucha movilidad; hay historias terribles de compañeros que deben ir a lugares remotos… yo estaba increíblemente feliz por poder quedarme en mi ciudad, a pocos kilómetros de donde vivo», relata a este periódico.
La madrileña dejó su trabajo como comercial en una empresa farmacéutica, que le «pagaba muy bien», para optar a una plaza A1, el máximo rango para funcionarios. «Mi sorpresa llegó al ver mi primera nómina y descubrir que mi sueldo neto no alcanzaba los 2.000 euros. Pagaba 1.400 euros de alquiler, así que me quedaban alrededor de 500 euros para comida, transporte, facturas y para costear algunas necesidades de mi madre, que es enferma crónica».
«Me daba vergüenza incluso comentárselo a mis amigos, pero tuve que hacerlo porque no llegaba a fin de mes. Hace poco había celebrado con ellos mi nuevo puesto y ahora les estaba pidiendo dinero. Pasé un año agobiada, temiendo que cualquier imprevisto me obligara a pedir un crédito al banco, lo cual ocurrió dos veces», continúa la docente. «No logré encontrar un piso económico, porque lo poco que ahorraba se iba en la mudanza, la fianza y los depósitos del nuevo piso, así que tomé una decisión drástica: mudarme a un lugar donde pudiera vivir más barato y tuviera conexión con Madrid».
Ahora, Eugenia es vecina de Laguna de Duero, en Valladolid, donde paga 650 euros por una casa amplia. Vive sin ataduras económicas, pero a costa de levantarse a las 4:30 de la mañana. «Tardo alrededor de 20 minutos en llegar a la estación y aparcar el coche, luego tomo el AVE, que son 55 minutos hasta Atocha y después el Cercanías hasta Fuenlabrada, que es la parte que más tiempo me lleva», asevera. «En resumen: me levanto cuatro horas antes de comenzar mi jornada, pero al menos consigo ahorrar un poco».
Cada día menos rentable
Eugenia no es la única profesora de instituto que pasa más tiempo viajando que dando clase. A medida que los precios de la vivienda han aumentado en la capital, especialmente el alquiler, más funcionarios optan por residir fuera de la comunidad. Esta situación ha sido común en Baleares y empieza a extenderse por regiones como Madrid o Cataluña. En el caso de la capital, con 67.000 profesores y alrededor de 1.000 plazas docentes disponibles al año, hace años que hay más profesores con plaza que se marchan de Madrid que los que ingresan.
La problemática se intensifica para los interinos, aquellos que cubren sustituciones debido a que no obtuvieron una plaza fija. Hasta 2023, los que se presentaban a la oposición y no lograban esa plaza fija debían aceptar las interinidades que surgieran. Sin embargo, la norma cambió hace tres años, y la Comunidad de Madrid actualmente tiene cientos de plazas de interinos sin cubrir. «Nos encontramos con muchos casos en los que se pierde dinero simplemente por trabajar», dice Miguel Ángel González, presidente del CSIF Educación de Madrid. «Por ejemplo, cualquier funcionaria con hijos puede acogerse a una reducción de un tercio de jornada, pero claro, el otro tercio debe ser cubierto. Son cerca de 400 euros al mes. ¿Quién lo hace? O eres de Madrid y vives con tus padres, o pierdes dinero en el proceso», añade el sindicalista.
«Cobraba 560 euros y tuve que vivir con tres estudiantes universitarios»
Elena H., de Soria, estuvo a un paso de conseguir una plaza como profesora de Filosofía en Madrid hace dos años. Se quedó muy cerca y su plan era ser interina un tiempo para obtener puntos y aspirar a la plaza fija. La experiencia no fue como esperaba: «Estuve un tiempo en un instituto de Villaverde. Cobraba 560 euros y tuve que vivir con tres estudiantes universitarios que llevaban una vida que yo había dejado atrás», relata a este periódico. «Dormía muy mal, porque en mi casa siempre había fiestas, y necesitaba que mis padres me enviaran comida», lamenta.
Elena tuvo que regresar a Soria y consideró no volver a opositar, aunque finalmente lo hizo. «Se convocaron 1.000 plazas para 26.000 candidatos. Es muy desalentador. Me volvió a suceder lo mismo: quedé a las puertas de la plaza y tuve que hacer de interina otra vez», recuerda la numantina. «En esta ocasión fueron seis meses en un pequeño pueblo del norte de Madrid al que tardaba casi dos horas en llegar. Eran muy pocos alumnos y algunos de ellos eran problemáticos. Me veía bajando por la carretera hacia el tren, asustada por lo que había vivido, por 800 euros mensuales», dice. «Aunque trataba de ocultarlo, mis padres notaron que estaba muy agobiada y se presentaron en Madrid. En dos días dejé el colegio y regresé a Soria. Para mí, se acabó el sueño madrileño, y tengo varias compañeras en la misma situación».
En Telegram hay numerosos grupos donde los funcionarios se agrupan para compartir vivienda o buscan habitaciones por periodos limitados. «Si los alumnos supieran que muchos de sus profesores viven en condiciones más ruidosas, masificadas y precarias que las suyas…», comenta Elena. «Yo me quedaba corrigiendo exámenes en aulas vacías porque sabía que al llegar a casa no podría hacer nada. Es triste haber estudiado una carrera, realizado un máster y opositar para acabar así».
«Estamos en una situación muy desigual», prosigue González. «Porque, excepto en las Islas y el País Vasco, la mayoría de nosotros cobramos salarios similares. Y claro, con 1.800 euros puedes ser el rey de un pueblo en Extremadura, pero en Madrid es complicado llegar a fin de mes. Por eso hemos estado solicitando un complemento de capitalidad, como el que se ofrece en Roma o París, ya que los precios de la vivienda en estas ciudades son exorbitantes y no hay señales de que la situación vaya a mejorar. O hacemos algo al respecto, o pronto será muy difícil cubrir las plazas de profesor en Madrid».
Eugenia G. nació en Madrid y trabaja en Madrid, pero vive en un pueblo de las inmediaciones de Valladolid. Hace unos años, cuando consiguió su plaza de profesora de secundaria en un centro de Fuenlabrada, lo celebró con sus amigos por todo lo alto. «Los funcionarios tenemos mucha movilidad, hay historias terribles de compañeros que tienen que irse a lugares recónditos… yo estaba loca de contenta por poder quedarme en mi ciudad, a pocos kilómetros de donde vivía», explica a este periódico.



