«Este es un vecindario, aunque al visitante le parezca extraño»
Si, tal como decía Rafael Alberti, «Madrid es el corazón de España», entonces la Puerta del Sol representa el corazón de Madrid. Esta plaza es un símbolo para los madrileños, incluso si muchos ya no la visitan, y un atractivo para los turistas que, cautivados por el vibrante espíritu de … una ciudad festiva, se han apropiado de su esencia. Aún pervive en la plaza algunos comercios tradicionales, pero son numerosos los que han cerrado, reemplazados por tiendas de souvenirs y cadenas de comida rápida, que poco tienen de buena. Al igual que los negocios icónicos, también se han marchado muchos vecinos de los edificios que custodian al oso y su madroño. Sin embargo, en algunos aún se conserva un retazo de lo que fue el barrio, ya que hay quienes luchan por quedarse.
Eduardo Calvo nació en el mismo edificio en el que todavía reside. Su madre dio a luz en una habitación que ahora está repleta de fotos de un pasado en blanco y negro. Ya han transcurrido 71 años desde aquel día. En ese entonces, ya había vecinos, aunque pocos. En la vida de Eduardo, la protagonista indiscutible es ella, la Puerta del Sol.
Soldados republicanos montados a caballo y coches antiguos estacionados en plena plaza. Vive rodeado de las imágenes de su musa a lo largo de la historia, doscientos archivos que empezó a recopilar durante su etapa universitaria. Está convencido, aunque no se atreve a apostar, de que es el único español que ha nacido y permanece viviendo en la Puerta del Sol, «de todos los millones de españoles». Tras años detrás de su constante transformación, reconoce que tiene demasiada actividad, que se ha llenado de turistas y que las tiendas ya no son las que él conocía. De hecho, no consume en los nuevos comercios.
«Es un barrio, aunque suene extraño a quien llega de fuera», comparte, mencionando las comidas semanales con su amigo el notario, el farmacéutico y los comerciantes de locales adyacentes. Redes que ha tejido a lo largo de su vida en el mismo lugar. «A veces hay manifestaciones que nos vuelven un poco locos», dice, pero abre y cierra la ventana para mostrar lo mucho que aísla su pared. «Somos unos privilegiados, porque puedo ir a cualquier sitio pero luego subo y estoy descansando en zapatillas», agradece.
Roco Leandri también se sintió cautivado por el centro, pero los inconvenientes que Eduardo ve como ligeras molestias se han transformado en una verdadera carga para él. Vive a pocos metros de la Puerta del Sol, en Espoz y Mina, pero no le gusta el bullicio de una plaza donde parece que nunca se sabe hacia dónde mirar, donde los ciudadanos se entremezclan en una multitud y todos, en su propia agitación, parecen querer ser parte del jaleo. Con los años, Roco y su hija han desarrollado una nueva manera de cruzarla para evitar chocar con la muchedumbre. El secreto, dice, es caminar en curvas, como en un eslalon.
Cuando sale a su terraza en verano, desde donde puede ver algunos edificios de Sol, utiliza auriculares para aislarse del constante jaleo. Ha contado hasta 75 mesas en las terrazas de los bares cuando, sostiene, la normativa permite muchas menos: «Es Zona de Protección Acústica, pero resulta divertido, porque si abres la ventana no puedes dormir», sentencia.
Eduardo Calvo junto a su archivo, en la habitación donde nació, y Roco Leandri en su terraza de Espoz y Mina..
(TANIA SIEIRA)
«Es una vida de paso, todo está diseñado para un turismo imaginario», afirma Leandri, que vive en la misma casa desde 1982 junto a su esposa. Odiaría perderla. Ni siquiera se plantea venderla, a pesar de haber recibido ofertas. «Uno es del lugar donde está», pero considera que Sol ha perdido su carácter. «Me gusta el centro, disfruto un poco del bullicio, pero otra cosa es el abuso», sentencia.
Exceptuando a él, todo el edificio alberga pisos turísticos que cree que son ilegales debido a la falta de transparencia de las empresas que en él operan. En Madrid, hay 16.100 pisos turísticos, de los cuales solo 1.200 son legales, según datos del ayuntamiento actualizados en octubre pasado. «Es habitual que toquen mi timbre porque no llega quien debe dejar la llave, así que me convierto en el portero», señala.
Una plaza para extranjeros
Si el edificio de Roco está entregado al turismo, el de Eduardo se destina a estudiantes extranjeros y oficinas, entre ellas la suya. Jóvenes entran y salen constantemente, generalmente viviendo en él unos meses en el marco de programas de intercambio. En el bloque ya no hay encuentros en las escaleras entre vecinos que se cruzan para un saludo cordial, sino entre extranjeros o visitantes que vienen a las oficinas y consultas que allí operan.
Mario es el único residente en el mismo portal que él desde hace 40 años, no por preferencia ni reivindicación, sino porque el edificio también es su lugar de trabajo. Suma nueve años como portero, un oficio heredado de su padre. Para él, el tiempo transcurre entre páginas de libros. «La convivencia vecinal ya no existe», sostiene. Muchos entran sin saludar, otros lo hacen con un acento que revela una pronta partida.
Álex Rodríguez es uno de esos jóvenes. Originario de Florida, las promesas del sueño europeo lo han traído a Madrid. «Me gusta mucho Sol, tiene buenos lugares para comer y bares alrededor», cuenta. Le asignaron esta zona de la capital por pura casualidad, la misma que llevó a varios de sus amigos a la Gran Vía. «Tuve mucha suerte», sentencia, pues su vida nocturna se desarrolla casi en su totalidad en esta área, en locales de ocio que no están a más de quince minutos caminando de su casa.
Mario, portero de uno de los edificios de Sol, vive en la plaza desde hace 40 años.
(TANIA SIEIRA)
Años antes de que el floridano y sus amigos se instalasen temporalmente en este edificio, en él residían madrileños. «Algunos se marcharon porque no soportaban las noches con los estudiantes, aunque ahora está más tranquilo», comenta el portero, que estima que deben haber alrededor de setenta. La habitación cuesta unos 700 euros por persona. «Ha mejorado, porque ya quitaron los pisos turísticos de este edificio», menciona. Pero cada noche, cuando sale a fumar, se siente un extraño en su propia casa: «Te hablan todos en inglés».
Para Roco, este no es un barrio usual. «La gente que viene lo hace porque disfruta del centro, le gusta esa sociabilidad, pero no son habitantes tradicionales del barrio», afirma sobre los pocos vecinos que quedan en la zona, a los que calcula en unos quince. Eduardo, en cambio, tiene una opinión diferente y, con cierto orgullo, dice que Sol no solo es el corazón de Madrid, sino también de España. Asegura que nació aquí y que aquí es donde morirá. Es lo que desea que figure en su epitafio. Aunque espera que ese momento se demore, tiene claro que será aquí. «La defiendo a capa y espada, la Puerta del Sol es mi vida», concluye. Es un «para siempre».



