La Aventura de la Fuente de la Reina que sació la sed en Madrid.
Los embalses de Madrid presentan un excelente nivel de reservas al inicio de septiembre. Sin embargo, esto no siempre fue así. Durante mucho tiempo, la población miraba al cielo esperando lluvias, sin muchas alternativas. Históricamente, Madrid fue sinónimo de riqueza hídrica, como lo atestigua su nombre de origen árabe: «Magerit», que significa fuentes de agua.
A medida que Madrid crecía y se desarrollaban nuevas poblaciones en su territorio, se hizo esencial no depender únicamente de las aguas subterráneas, por muy ricas que fueran. Así surge el tema que nos ocupa: los «viajes» de agua. Entre los más notables se encuentra el conocido como el «viaje» de la Fuente de la Reina, que partía de acuíferos de la cuenca del río Manzanares, en el tramo inferior del arroyo del Fresno, donde se unían fuentes de los arroyos de Peña Grande, Claudiata, Regilla y Beacos que alimentaban la primitiva Fuente de la Reina en El Pardo. Fue un momento decisivo para abastecer de agua a la Villa y Corte.
Esta obra de ingeniería hidráulica comenzaba cerca de la Puerta de Hierro, en el camino hacia El Pardo. Seguía este camino hasta La Moncloa, donde, en la zona conocida como Montaña del Príncipe Pío, se regulaba su caudal en una sala de máquinas. Allí, el agua se elevaba mediante una máquina de vapor y una tubería de hierro hasta la calle de Ferraz, desde donde se distribuía por toda la ciudad. Era un ingenio admirable para su época.
Regresando a la herencia árabe de «Magerit», el viaje de la Fuente de la Reina fue un «viaje» o «qanat» de Madrid, construido en 1855 y considerado el último del sistema primitivo de conducción de agua en la capital. Esta «infraestructura» sirvió de modelo e inspiración para otras. Diseñado y realizado por la Comisión de Obras de la Villa, era un viaje complementario al de la Fuente de la Salud, un lugar venerado por muchos madrileños que buscaban en sus caños la salud que daba nombre a la fuente, aunque no siempre con éxito. Tenía una longitud de 4.113 metros y proporcionaba 581.097 litros cada 24 horas, abasteciendo alrededor de 32 fuentes públicas.
Estos «viajes», como mencionamos, sirvieron de ejemplo para las obras que dieron origen al famoso Canal de Isabel II.
Esa obra fue inaugurada en 1855 por el alcalde Valentín Ferraz. Su caudal no solo abasteció a los vecinos, sino que también contribuyó al riego de los nuevos jardines de la plaza de Oriente y a las modernas fuentes de hierro fundido en las cercanas plazuelas de San Marcial (posteriormente plaza de España), las Capuchinas, Celenque, Consejos y plaza de la Encarnación, así como a las viejas fuentes de las plazas de Santa Cruz y de la Cebada, y a los caños y fuentes de la calle de Toledo y del cerrillo del Rastro. Sin embargo, estas obras fueron «opacadas» por otras, ya que apenas tres años después de su finalización, el 24 de junio de 1858, se inauguró el Canal de Isabel II.
Una infraestructura que proporcionaría agua a Madrid y permitiría un mayor control higiénico, crucial ante el riesgo de enfermedades derivadas de la falta de agua corriente o su contaminación. Se intentó remediar desde el principio con depuradoras en la calle Goya y en las plazas de Chamberí y Santa Bárbara.
Son historias lejanas, especialmente cuando hoy en día simplemente abrimos el grifo… y obtenemos agua.



