Un dron en el hogar de los Wesolowski | Internacional
La guerra siempre ha estado presente en esta aldea situada entre lagos, bosques y campos, en los límites de Polonia.
Estas son las “tierras de sangre”, término acuñado por el historiador Timothy Snyder, el rincón de Europa donde Hitler y Stalin asesinaron a millones de personas entre inicios de los años treinta y el ocaso de la II Guerra Mundial. No es necesario retroceder tanto en el tiempo, en realidad. La aldea de Wyryki se encuentra a pocos kilómetros de la frontera con Bielorrusia y Ucrania también está cerca. En esta región, en la vanguardia de la OTAN y de la UE que sienten el aliento de Rusia, el ruido de los cazas polacos y aliados en el cielo se ha transformado en un paisaje cotidiano desde que, en febrero de 2022, Vladímir Putin ordenó la invasión de Ucrania por tierra, mar y aire.
Sin embargo, este miércoles, las “garras” del oso ruso, como citó el primer ministro polaco, Donald Tusk, se sintieron con una intensidad que no se había registrado en décadas en Polonia, un país que ha sufrido tanto por el coloso del este. Alicja y Tomasz Wesolowski, jubilados de Wyryki, se encuentran aquí por pura suerte. Estaban acostumbrados al sonido de los aviones, pero el que ese día, en la madrugada, pasó sobre su casa de tres pisos junto a la carretera que atraviesa el pueblo, se sintió alarmantemente cerca. El estruendo era más penetrante de lo habitual. Eran las 6:30 y se habían despertado poco antes, dejando su dormitorio en la buhardilla. Tomasz vio en la televisión que las fuerzas aéreas polacas habían interceptado varios drones rusos esa noche. Alicja, que necesitaba controlarse la presión, también descendió al piso inferior.
A lo largo del día, con las fuerzas del orden ya bloqueando la carretera y la imagen de su hogar con el techo destrozado viralizándose, ambos repetían a los periodistas lo que había sucedido. “Este avión hace mucho ruido”, le comentó ella a él. El estruendo se intensificó. Luego escucharon una explosión. No sabían qué había pasado. El esposo, según relataría ella más tarde, observó cómo partes del tejado volaban por los aires. Alicja salió al jardín y miró al cielo: vio un avión dando tres vueltas sobre la casa antes de alejarse.
Comprendieron lo sucedido más tarde, y ocurrió de manera similar en otros lugares del cielo polaco. Las fuerzas aéreas de Polonia y de la OTAN detectaron, a partir de las 23:00 horas del día anterior, una serie de incursiones de drones provenientes de Bielorrusia, país aliado con Rusia. Se habían registrado episodios similares anteriormente, como el misil que cayó en 2023, posiblemente por accidente, cerca de la frontera con Ucrania, más al sur. O casos de drones desorientados. En esta ocasión, las autoridades polacas sostienen que la incursión tiene intención, y en todo caso, la respuesta —Polonia y la OTAN derribando drones rusos en territorio polaco— es insólita. Las incursiones se extendieron por siete horas en total, provocando el cierre de varios cielos europeos y aumentando la tensión entre Rusia y sus socios occidentales.
Lo que ocurrió sobre la vivienda de los Wesolowski fue que los aviones aliados identificaron un dron ruso sobrevolando el área y lo derribaron, pero, desafortunadamente, cayó sobre ellos. Ambos resultaron ilesos, sin un solo rasguño. Tampoco hubo muertos ni heridos en los demás incidentes en el centro y el este del país, donde los drones fueron interceptados. Visiblemente, el dron que cayó aquí, tras ser derribado, no iba armado, y los daños que ocasionó fueron por el impacto. Al caer la tarde, en la oscuridad de este pueblo con escasa iluminación, la carretera continuaba cerrada; Alicja Wesolowska seguía narrando su historia a los periodistas y equipos de televisión, aún temblando de susto, mientras el alcalde daba la bienvenida a los reporteros extranjeros. Tusk había afirmado horas antes que, ante la “garra” rusa, Polonia —y Europa— debían responder como un puño.
En Wyryki, a esas horas no había pánico ni alarma; aquí la guerra ha sido, desde hace tiempo, una presencia constante.



