La importancia global de la revuelta en Madrid | España
La manifestación en Madrid que llevó a la parálisis de la etapa final de la Vuelta de España fue un acto con tintes de rebelión camusiana frente a esta era de impunidad e indiferencia. Sería extremadamente ingenuo pensar que se puede alterar el rumbo de los acontecimientos globales, sin embargo, no se puede menospreciar su significado y su capacidad de inspirar una respuesta, algo que claramente inquieta al violento Gobierno de Netanyahu. Cabe recordar que el apartheid en Sudáfrica cayó en gran parte debido a un sostenido boicot internacional que hizo insostenible aquella injusticia.
Algunos defensores de la ortodoxia conservadora o liberal podrían intentar, de manera legítima, retener el pensamiento del gran filósofo francés, pero si se superan los instintos más bajos de querer dañar a un Gobierno adversario -sin duda criticable en varios aspectos, pero justo no en este contexto-, es posible imaginar que Camus habría visto en lo sucedido un eco de la rebelión contra el abuso que tanto defendía. Tal vez incluso Primo Levi, referente moral extraordinario que, como recordó recientemente Pankaj Mishra en el festival Hay de Querétaro, tuvo la grandeza intelectual de distanciarse de un sionismo abusivo, habría sentido en su interior la justificación de lo ocurrido. Él, símbolo literario mundial del holocausto, tuvo la valentía de advertir hace décadas sobre los problemas del sionismo. Por ello, pagó un alto precio.
La masacre de civiles en Gaza continúa sin detenerse, respaldada por la complicidad o la inacción culpable de muchos países occidentales. Ante esta realidad, la brújula moral exige que los individuos actúen y se movilicen, y con base en esa rebelión personal contra la impunidad y la injusticia, tejan redes de fuerza colectiva. En ningún caso, ni de ninguna manera, cabe la violencia o la incitación a la violencia, que merecen la más contundente condena allá donde ocurra, así como la repercusión judicial en caso de que se infrinja la ley. Entre los inaceptables extremos de la violencia y la indiferencia hay un espacio gris de acción en el que las interrupciones pueden ser objeto de debate. Se puede discutir hasta dónde llega el derecho a manifestarse, pero esto debería hacerse desde la defensa de los derechos humanos, dados los riesgos históricos de la situación, y no a través de cálculos partidistas.
Israel vulnera abiertamente el derecho internacional -denomínenlo como deseen al indescriptible sufrimiento humano infligido en Gaza- y si el Consejo de Seguridad de la ONU no actúa, y si no existe una presión diplomática digna de tal nombre, la sociedad civil puede y debe movilizarse. Lo que no está en debate es el hecho de que lo realizado hasta ahora ha sido completamente ineficaz.
La rebelión de Camus -y una parte esencial de las imágenes de Madrid, aquellas en las que mujeres mayores protestaban, que no deben ser eclipsadas por los incidentes puntuales que ocurrieron- simboliza la ruptura de la indiferencia, ese monstruo paralizante que Dante despreciaba tanto que lo consideró merecedor de un desprecio mayor que el que se reserva para aquellos culpables de pecados teóricamente más graves. Porque es la renuncia al libre albedrío, lo más valioso del alma humana.
La ruptura con la indiferencia -o la resignación- y la capacidad de movilizarse desde una adhesión emocional a ciertos valores son, sin duda, partes fundamentales del antídoto contra la acción de los depredadores de esta era, según el acertado concepto de Giuliano da Empoli. La oposición está muy movilizada, porque este es un tiempo en el que la reacción nacionalista e identitaria se enciende en el terreno árido y propicio de las redes sociales, esas cloacas en las que triunfa la estúpida dicotomía del ‘me gusta’ o ‘no me gusta’, donde proliferan las proclamas de la polarización emocional. La contraofensiva está muy activa, como se evidenció este fin de semana en el Reino Unido con una impresionante manifestación nacionalista.
La asimetría entre una respuesta racional, de argumentos lógicos y matizados, frente a la arremetida emocional identitaria es un problema serio, porque hace que la primera resulte ineficaz. Por supuesto, la respuesta no puede caer en la misma trampa. Sin embargo, parece necesario inyectar emoción en los argumentos racionales. Sentir la pasión por la defensa de la democracia y de los derechos humanos. Y parece necesario, como ayer recordó el historiador Steven Forti en un evento en Madrid, proyectar la resistencia en el espacio de la vida real, tangible y humana, fuera del cosmos digital. Esto es en gran medida lo que sucedió ayer. Cualquier acto de violencia debe ser condenado. Saltarse una valla y boicotear un evento pueden ser criticados y debatidos, pero no son intrínsecamente actos de violencia. Criticar esas acciones no equivale a justificar un genocidio. Más allá de opiniones y incidentes, la esencia de lo sucedido es la manifestación de una voluntad de rebelión contra un abuso que nadie se detiene a considerar.
Lo ocurrido puede generar un efecto cascada, incitar a otras protestas y movilizaciones. Hasta ahora, han predominado en EE. UU. y Europa políticas de represión ciega ante las protestas contra el Gobierno de Israel. Sin embargo, dejando a un lado a los EE. UU. de Trump, en Europa esa represión se vuelve cada vez más insostenible. Incluso los políticos más reacios comienzan a ajustar sus posturas ante la inviabilidad de su actitud anterior.
La movilización ciudadana y la acción callejera no garantizan de ninguna manera el éxito. Basta con observar lo que sucede en Georgia, donde un notable movimiento de protesta, prolongado y masivo, no ha logrado desestabilizar el régimen títere de Moscú. No obstante, aunque no es suficiente, es una condición necesaria.
La posibilidad de éxito frente al abuso de los depredadores del mundo existe si demócratas de todas las inclinaciones y defensores de derechos humanos son capaces de dejar de lado el miope instinto partidista que casi todo lo domina. La izquierda no es nada inmune a este vicio. En esta ocasión, son las personas de inclinaciones conservadoras y liberales las que deberían salir de una lógica partidista y unirse de manera más activa a una lucha con innegable base moral que debe fortalecerse en vista del trágico camino de los acontecimientos. Sin embargo, el sectarismo y el partidismo también contaminan el otro lado, no se puede ocultar. Desafortunadamente, como dice la bella cita de Camus subrayada por Jean Birnbaum en “El coraje del matiz”, “nos asfixiamos entre gente que cree tener absolutamente razón”. Es necesario rebelarse y despolarizarse en defensa de los derechos humanos y la democracia, como probablemente lo exigiría hoy el autor francés.



