Razones por las que Santiago Abascal genera inseguridad en Feijóo.


No se puede decir que fue un éxito de convocatoria la kermesse de la ultraderecha en Vistalegre. Los representantes de la internacional reaccionaria -Milei, Orban, Le Pen- aparecieron mediante un holograma. Y Giorgia Meloni sorprendió a la neocasta sionista exigiendo un estado… palestino, aunque el verdadero contrincante de Abascal no es Hamas, ni la izquierda, ni Sánchez, sino la «derecha cobarde» de Núñez Feijóo, cuya forma de reaccionar ante el desafío masculino suele estar marcada por la ambigüedad y la confusión.

El PP no ha aprendido a convivir con Vox en diez años. Como esos matrimonios que fingen dormir en camas separadas, pero no se atreven a firmar el divorcio. Ni siquiera a formalizar la convivencia. La derecha oficial se siente incómoda, prisionera de un vecino que le roba los titulares y dirige la agenda de manera contundente. Lo sucedido este fin de semana en Vistalegre es la enésima prueba: mientras Abascal llenaba el recinto con un repertorio limitado —banderas, enemigos, consignas—, Feijóo seguía cuestionándose si debía imitar la actuación o mantenerse alejado de ella. Y en esa indecisión, en esa inacción, reside el fracaso del PP.

La política ya no se debate en los plenos ni en los argumentarios. La política se grita en un mitin, se memeifica en un tuit, se reduce hasta el insulto. Vox lo comprende y lo aprovecha. El PP lo sabe, pero no lo acepta. Y aquí radica la diferencia: Abascal no se preocupa por parecer sofisticado; su pereza y su visión simplista son un método. Y su discurso emotivo despierta la hombría del varón inseguro y subraya la amenaza de los adversarios externos, comenzando con el absurdo de la guerra santa.

El error de Feijóo radica en pensar que aún se puede disputar ese terreno con argumentos, con matices, con un pie en la institucionalidad. El populismo no se enfrenta en los márgenes de un boletín oficial, sino en el teatro emocional de la política. Por eso Vox crece en las encuestas, por eso los jóvenes lo prefieren, por eso el PP ha quedado atrapado en un limbo donde ni imita ni confronta.


La paradoja es dura: Vox no presenta un proyecto de país, sino un relato de agravios. Y, sin embargo, resulta más atractivo que el conservadurismo reglado del PP. Abascal se permite incluso el lujo de practicar el liderazgo más rentable: el de la pereza. No analiza, no detalla, no disecciona. Se limita a señalar al inmigrante, al feminismo, al independentismo. Y convierte la política en un combate elemental. El PP responde con cifras, tecnicismos y discursos que duran más que la atención de un votante promedio.

La consecuencia es clara. En cada ciclo electoral, el PP se reduce y Vox se expande. Y lo logra porque Abascal ha comprendido que la política española se ha reducido a un pulso emocional. Ni Milei, derrotado en Argentina y ausente en Madrid, se atreve a seguir girando la manivela del populismo. Pero Abascal sí. Y el mitin de Vistalegre ha demostrado que la repetición es más eficaz que la innovación, que la simplificación supera a la complejidad, que la convicción fingida es más seductora que la duda razonada.

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El PP sigue considerándose la derecha responsable, la que gobierna, la que paga las facturas. Pero no se da cuenta de que los votantes jóvenes no buscan responsabilidad, sino épica. Prefieren la emoción patriota y la pulsera de la Reconquista a la incertidumbre tecnocrática. Se sienten más representados por un eslogan que por un programa. Y en esa lucha, el PP siempre llega tarde, siempre parece un torpe imitador del original.

La década perdida de los populares frente a Vox se explica por esa incapacidad de entender el sentido de los tiempos. No es que el PP carezca de ideas, es que le falta un relato. No es que le falten líderes, es que le sobran vacilaciones. Y mientras tanto, Vox se establece como una fuerza que no necesita sofisticación, que prospera precisamente porque su simplicidad desarma a otros y promete un modelo de sociedad reaccionario.

El PP, entre Ayuso y Moreno, podría haber optado por el camino de la iniciativa, de la construcción de un proyecto liberal y conservador al mismo tiempo, y de la pedagogía frente al atajo populista. En su lugar, ha preferido la ambigüedad, el cálculo a corto plazo, el reflejo condicionado de observar a Abascal desde el retrovisor. Como si su destino fuera replicar la agenda del vecino, jamás imponer la suya.

El resultado es que Vox ya no es una anomalía. Es la coartada perfecta que evidencia la impotencia del PP. Y cada mitin legionario de Abascal, como el de Vistalegre, no es solo un acto de propaganda, es un espejo. Un espejo en el que Feijóo se refleja con espanto, complejo de inferioridad y desconcierto.

No se puede decir que fue un éxito de convocatoria la kermesse de la ultraderecha en Vistalegre. Los apóstoles de la internacional reaccionaria -Milei, Orban, Le Pen- comparecieron a través de un holograma. Y Giorgia Meloni sorprendió a la neocasta sionista reclamando un estado… palestino, aunque el verdadero rival de Abascal no es Hamas, ni la izquierda, ni Sánchez, sino la «derecha cobarde» de Núñez Feijóo, cuya manera de reaccionar ante el duelo de machos suele estar resentida de ambigüedad y confusión.

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