«Perdidos en la traducción»: un diálogo sobre Madrid.
Recordé el título de la famosa película de Sofía Coppola, Lost in translation, durante el debate sobre el estado de la región que tuvo lugar la semana pasada en la Asamblea de Madrid. Y no porque tengamos que recurrir a pinganillos para entendernos, como los ultranacionalistas impusieron en el Congreso al intrépido gobierno de Pedro Sánchez.
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, ha asistido puntualmente a esta cita anual de rendición de cuentas y propuestas de acción política, económica, social y cultural desde que asumió su cargo, tal como indica el reglamento de la Cámara autonómica.
En cambio, Sánchez ha eludido el debate sobre el estado de la nación en sus siete años de gestión, salvo en 2022, lo que refleja sus conocidos tics totalitarios y su desprecio hacia el Parlamento.
Ayuso lo recordó para marcar sus discrepancias respecto a Sánchez, en cuanto al respeto a las instituciones, a la democracia representativa, al debate, a la estabilidad del gobierno, al rigor presupuestario frente al despilfarro y al cuidado de los servicios públicos.
Según el reglamento, la Asamblea al inicio del curso parlamentario debe llevar a cabo un «debate sobre la orientación política general del Consejo de Gobierno». Sin embargo, la oposición de extrema izquierda, incluído el partido socialista, intentó enfocar el debate en la vida privada de Ayuso. Ella misma apuntó que solo faltaba que la oposición le dijera que debía ser novia del hermano de Sánchez.
El recuerdo de Lost in translation me surgió al escuchar las intervenciones de las portavoces de Más Madrid y PSOE, evidenciando cómo la extrema izquierda pierde en Madrid al intentar traducir la vibrante realidad de la región a las mentiras apocalípticas que presentan en sus discursos.
Su relato alarmante sobre Madrid no ha cambiado desde la alarmante falsedad de Manuela Carmena de que había 25.000 niños desnutridos en las calles de la capital, hasta que su primera teniente de alcalde desmintió, como informaron los medios, que “no tenemos constancia de que haya ningún menor en riesgo de desnutrición”.
El debate en la Asamblea volvió a poner de manifiesto esta terquedad de la oposición al intentar transformar la realidad en sus propias mentiras. Los logros de la sanidad madrileña, los buenos resultados educativos, la alta valoración de la red de transportes y el abastecimiento de agua, así como el liderazgo en el empleo, la creación de empresas y la atracción de inversión extranjera, son solo algunas de las evidencias que la oposición se empeña en negar.
Esa falta de orientación y discernimiento llevó a la extrema izquierda a centrar el debate sobre la política autonómica en la guerra entre Hamas e Israel en Gaza, con su creciente balance de víctimas entre la población palestina, utilizada a menudo como escudos humanos por el grupo terrorista.
Es la misma extrema izquierda que se aferra a los testaferros de ETA, los mismos que anualmente celebran en el País Vasco cientos de homenajes a los asesinos, incluidos aquellos que han matado a mujeres y niños. La trayectoria de ETA deja un rastro de veintiún ataúdes blancos, como bien recordó el portavoz popular Carlos Díaz-Pache en el debate.
No menos evidente fue la intención de las portavoces de la extrema izquierda de disfrazar su cadena de insultos personales a Ayuso de discursos supuestamente políticos. Cada vez es más claro que la deshumanización del adversario, incluso entre dos mujeres contra una similar, se intensifica entre quienes no tienen una alternativa que ofrecer.
Esto es especialmente evidente cuando enfrente hay una figura política con un proyecto que responde claramente a determinados principios y valores inamovibles, que Ayuso desgranó: libertad, prosperidad, servicios públicos de la máxima calidad, respeto a la vida y la propiedad, al trabajo, y a la convivencia en pluralidad, además de estar a la altura de nuestro legado histórico y cultural.
Ayuso es consciente de que la actuación del Gobierno de la Comunidad de Madrid siempre puede mejorarse, lo que exige a sus consejeros un continuo esfuerzo de iniciativa e innovación. En el debate se vio reflejado el resultado de esta exigencia, que es la característica del liderazgo que se le reconoce a Ayuso: cincuenta nuevas medidas para mejorar la calidad de vida de los madrileños en todos los ámbitos.
Es imposible detallar en estas líneas toda la variedad de anuncios realizados por Ayuso, cuya premisa es no repetir políticas fallidas que apenas recibieron atención en las intervenciones de la oposición. Propuestas pensadas para todos los ciudadanos: nuevos programas de salud para mujeres y mayores, la reapertura de la línea 7B de Metro, cuidado de pacientes con ELA, presencia de cajeros automáticos en zonas rurales, prevención de incendios e innovación energética.
También anunció medidas que van desde nuevas rebajas de impuestos a la agilización de las valoraciones de discapacidad, un plan de choque de vivienda protegida, la ampliación de ayudas a la maternidad, y la creación de cuarenta residencias para mayores, además de la apertura del nuevo museo del Valle de los Neandertales.
Se ha señalado con razón que Ayuso presentó en el debate su gobierno como contrapunto al pesado y paralizado desgobierno de Pedro Sánchez. No hay comparación en cuanto a medidas innovadoras, eficiencia en el gasto, calidad de servicios públicos y atención a los problemas reales de la sociedad española.
Ayuso incluso fue más allá al destacar que el mayor desafío al que se enfrenta Madrid es la intención destructiva de Sánchez de convertir los fundamentos de libertad, concordia y prosperidad de la España constitucional en un montón de escombros para perpetuarse en el poder.
Lo evidenciamos este pasado fin de semana con la suspensión de la etapa final de la Vuelta Ciclista a España en la capital, a causa de la kale borroka alentada por Sánchez. Y esto es solo el comienzo.
Madrid se opondrá con todas sus fuerzas, utilizando todos los recursos legales, a esta demolición, aseguró Ayuso. Y no lo hizo solo por Madrid, sino para evitar que toda España caiga en el abismo que Sánchez está creando bajo sus pies. Porque se trata de Madrid, pero sobre todo, de España.



