‘Madrid, Ext.’: un recorrido por una ciudad construida por sus habitantes, no por su ‘éxito’ | Cine: novedades y reseñas


En Madrid hay un mono disecado en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Un hombre descansa contra un árbol. Una cabeza de cerdo en la carnicería del mercado. En Madrid hay jóvenes estudiando en bibliotecas. Personas disfrutando del sol en el parque de las Tetas. Un futbolín en una cafetería abandonada. En Madrid existe un túnel cubierto de grafitis. Una tienda rebosante de caramelos. Un plato combinado marchitándose al sol. Madrid es el Paraíso del Jamón.

En la película Madrid, Ext., el director Juan Cavestany presenta un Madrid tan cotidiano que resulta extraño, muy distante del tan promocionado “Madrid del éxito”, del placer y la injusticia que promueven los defensores del postureo urbano. Un Madrid aún costumbrista y humano, más de átomos que de bits, sin la sobreabundancia de cafés de especialidad, repleto de torreznos y salchichas, que resiste, para quienes sepan mirarlo, ante los procesos de homogeneización y destrucción que azotan a las grandes ciudades del mundo.

Madrid, Ext. es, sin duda, un paseo.

El paseo urbano, más allá de sus evidentes beneficios físicos y emocionales, se convierte en una experiencia trascendental, una forma de meditación en movimiento: el paseante persistente entra en un estado de ensueño en el que las fronteras entre el yo y la ciudad parecen desdibujarse y uno se fusiona con el entorno, con los bares, los alcorques, las floristerías. Una oda y un análisis del paseo se encuentra, por cierto, en el reciente libro Andar por andar (Debate), de Adriana Herreros. La película de Cavestany también sumerge al espectador en ese estado meditativo, gracias al ritmo adecuado de las tomas, a su diversidad, y sobre todo, por la música profunda e hipnótica de Guille Galván, músico, poeta y miembro de Vetusta Morla. El leitmotiv es, a veces, el chiflo de un afilador.

En ocasiones, la película evoca los documentales de John Wilson (How to with John Wilson, en HBO Max) que, cámara en mano, explora Nueva York para mostrarla como pocos se imaginan, contaminados como estamos en las provincias del imperio por la imagen más estilizada y glamourosa de la ciudad par excellence. Pero el Nueva York de Wilson es cotidiano, peatonal, un poco cutre, pero entrañable. Aunque ambos comparten un humor peculiar, Cavestany ha optado en su recorrido madrileño por una poética que combina el distanciamiento asombrado con la profunda empatía.

Desfila por la película la galaxia de maravillas cotidianas que atesora una ciudad, que es un lugar, pero que también son muchos lugares a la vez. Un sitio donde habita mucha gente que va y viene, que nunca te cruzarás (ni siquiera necesitas encontrarte con tu ex, como mencionó la presidenta Ayuso), en barrios que quizás nunca visites, como diferentes planetas orbitando sin colisionar alrededor de un mismo sol. Una ciudad es un vasto misterio circundante más allá de las cuatro calles del día a día: como acampar alrededor de una hoguera en medio de la jungla.

Cavestany transita desde los grasabares periféricos, impregnados de olor a churros y calamares, hasta los lujosos portales de los barrios acomodados, custodiados por porteros orgullosos que se han convertido en parte del paisaje. Del brutalismo al ladrillo expuesto. Observa a un vendedor de zapatillas de andar por casa, a un peluquero de barrio que rememora sus años de gloria, a un pescadero que se convierte en un jugador de bolos tardío, a saltadores de trampolín realizando acrobacias en el aire (qué insólita belleza), y a un vendedor de muelles que se encuentra cerca de Atocha.

O a los integrantes del colectivo Paco Graco, que se esfuerzan por rescatar todos esos rótulos urbanos (de mercerías, cafeterías, sex shops) tan encantadores en su anacronismo, que el ímpetu del progreso tiende a dejar de lado. El cierre del videoclub Star, en la calle Guadarrama, Puerta del Ángel, 35 años después, es un reflejo de los inexorables cambios urbanos. En Madrid, Ext. no hay nostalgia, pero sí amor por lo que persiste, un interés genuino por lo que queda en los márgenes.

Lo maravilloso de la película de Cavestany es la evidencia fílmica de que Madrid no es solo un gran lugar para invertir, ni una vibrante vida nocturna, ni el futuro escenario de la Fórmula 1, ni el mejor destino para el turismo de lujo. Sin necesidad de hacer pedagogía ni propaganda, simplemente paseando, Cavestany muestra que las ciudades son sus habitantes, que Madrid es su gente (Gente en sitios es el título de otra de sus películas) y que por esa gente vale la pena defenderla de quienes intentan vampirizarla con el entusiasta visto bueno de sus gobernantes. Como decían los heroicos movimientos vecinales, “la ciudad es nuestra”.

Start typing and press Enter to search