A por ellos: ‘El filósofo y el bombero’, por Mikel Recalde
Recuerdo que pasé una mañana infernal. La noche se había hecho extensa en Valencia y en las instalaciones de El Saler corrió como la pólvora que yo, que era con diferencia el más novato de los periodistas cubriendo la información de esa selección, tenía una entrevista con Luis Aragonés. Los más experimentados no tardaron en aprovechar la ocasión para iniciar un vacile que fue en aumento y duró hasta pocos minutos antes de entrar en la sala. Recuerdo a Pipi Estrada con cara de demonio insistiendo en que “uno no es periodista de verdad hasta que no entrevista a Luis Aragonés”. Parecía casi como la confirmación de una nueva etapa en Las Ventas. Al principio, me reía con el vacile, pero poco a poco fui sintiendo cómo la presión y el agobio aumentaban. Finalmente, comparecí ante el seleccionador y me temblaban hasta las uñas de los pies, pero no fue para tanto. De hecho, acabé disfrutando de una charla muy futbolera con un auténtico sabio, que aunque no era el alma de la fiesta, se mostró amable y respetuoso. Todavía guardo como un tesoro en mis redes sociales una fotografía de ese día; el tiempo la ha dotado de un mayor valor por todo lo que logró. Aunque antes había cosechado todo tipo de éxitos en sus anteriores equipos, sobre todo en su Atlético. Había algo que particularmente me encantaba del de Hortaleza: se encendía cuando escuchaba que a su equipo de toda la vida le llamaban el pupas. Y me parece lógico, ya que como jugador ganaba tanto o más que los otros dos gigantes. Lo mismo me pasa a mí cuando escucho lo de las realadas, un término que me indigna, porque para mí su verdadero significado debería ser cuando nuestros jugadores engrandecen la leyenda de David y vencen a los gigantes más temidos cuando nadie apostaba por ellos.
La Copa
Si un periodista deportivo no puede considerarse como tal hasta verse frente a frente con Luis, creo que a un entrenador de fútbol le debe pasar algo similar hasta que no sobrevive a un buen revolcón en la Copa. Es una pena, pero están destruyendo la competición otra vez. Hace unos años, los iluminados que dirigen la Federación, que dejan a las cabezas pensantes de la TIA y a su profesor Bacterio como verdaderos líderes de la CIA, se dieron cuenta de que con el viejo sistema del doble partido los gigantes no tomaban en serio el torneo porque les obligaba a jugar más encuentros, lo que saturaba sus calendarios. Muchos pensaron que la decisión de optar por partidos únicos era únicamente para aumentar la emoción en la Copa, pero lo que realmente pretendían era asegurar una final Barcelona-Real Madrid cada año. No se engañen; esa es la única prioridad de los fumapuros y bebebrandys de los despachos federativos y de la Liga. Algo se les muere en el alma y en la cartera cuando uno de los dos gigantes es eliminado. Por eso ahora tratan de facilitarles el camino de manera descarada al punto de que los cuatro clubes de la Supercopa comenzarán su participación en dieciseisavos, pero para el sorteo de esta ronda y para el de octavos se incluirán en un bombo propio y jugarán como visitantes en esas eliminatorias ante rivales de categorías menores. La burda excusa es que los modestos puedan ingresar más dinero, pero la realidad es que no tengan problemas para avanzar rondas y que, cuando tengan la final a tiro, se tomen el título en serio, ya que podría salvar una temporada. O al menos eso fue uno de los legados que dejó Mourinho, el máximo exponente de que el fin justifica los medios. Esto hace que no se pueda comparar el mérito de cualquier otro club participante si alcanza la gloria como la Real Sociedad en la temporada 2019-20, en la que ganó sus ocho partidos, incluyendo uno a partido único en el Santiago Bernabéu, y que incluso logró finalizar en puestos europeos en la Liga, que, como todos recordamos, acabó mucho antes porque se retrasó la final de la Copa para siempre con la intención de que asistieran las dos aficiones vascas. Aunque la Real estuviera clasificada para la Supercopa, no me parecería justo que tuvieran más privilegios que los equipos que compiten en competiciones europeas, que, de hecho, algunos disputan hasta más partidos que los gigantes sin contar con tantos recursos para reforzarse.
La Real
Centrémonos en la Real. Porque algo se muere en el alma de sus aficionados cuando son eliminados en la Copa. Sobre todo cuando no participan en competición europea, ya que se sienten huérfanos de emociones. “La Copa mola”, resonaba por megafonía en Córdoba en un estadio lleno y con un ambiente espectacular que hacía soñar incluso al más escéptico que cualquier cosa era posible, aunque su situación en la categoría de plata no era la mejor. Era el año 2012 y eso tiene un nombre: el influjo de la Copa.
Desgraciadamente, la Real nunca ha sido un equipo especialmente copero. El hecho de que nuestra generación de oro no lograra alcanzar ninguna final lo dice todo. Incluso en nuestro ocaso, tras disputar dos finales consecutivas, con un título, el de Zaragoza, y una participación sin copa, pero que nos dejó dos partidos para la eternidad: el remontar al Atlético de Menotti y el 0-4 de la vuelta de las semifinales (también lo arbitró Negreira), antes de las lágrimas en el Bernabéu por el único gol de Alexanco.
La generación perdida
A partir de ahí, una maldición nos trajo una generación perdida, cuyo desconocimiento era tan grande que no sabía lo que se perdía al no haber disfrutado de la magia de una noche de Copa. Jagoba Arrasate se lo tomó más en serio y llegó a encarar unas semifinales, aunque el problema fue que el empujón que recibieron los realistas por la eliminación en los cuartos de final en Santander, que se retiró sin jugar la vuelta para denunciar los impagos, acabó provocando que cayera en el abismo debido a un atraco arbitral incalificable y tan descarado en plena era Negreira. ¿Quién nos iba a decir que años después íbamos a visitar a un equipo que lleva el mismo nombre…?
Cuando creíamos que estábamos más o menos estables, sufrimos la peor recaída posible en la mayor humillación que jamás haya padecido este club con la remontada del Lleida en Anoeta, que pasó de perder 2-0 a clasificarse con un 2-3 vergonzoso.
En guardia
Si la selección buscaba un sabio que ordenara todo y encontrara una fórmula para superar la barrera de los cuartos, la Real necesitaba hallar un mesías que hiciera que el equipo rindiera con la misma solvencia en Liga que en Copa. Los primeros se encomendaron a Luis Aragonés y el club blanquiazul decidió darle una oportunidad a un interino que ya había extinguido dos incendios que no le correspondían. Ambos dieron en el clavo. Se puede discutir si la herencia de Imanol estaba contaminada o viciada, que puede que sí, dada la pasión de quienes le atacaron en sus horas bajas, pero lo que no se puede negar es que su legado en la Copa es casi inmaculado. Con dos semifinales consecutivas, una de ellas imposible de perder contra el Mallorca y la otra en la que casi logra la gesta de volver a conquistar el Bernabéu. No cabe duda de que en este torneo, Imanol le marcó el camino. Pero, cuidado, estemos siempre alertas, porque cuando las cosas no van bien en Liga es cuando piensas que la Copa sobra y te asomas de nuevo al precipicio. Y todos los entrenadores saben que tarde o temprano les espera un sopapo inesperado en la competición del KO. Sergio, no es el momento. Aún no estás a salvo y el sábado se presenta el eterno rival. Sin confianza ni clemencia. ¡A por ellos!



