Almeyda, Sevilla y una historia que se repite tres décadas más tarde.
Dirigentes del Real Madrid y del Sevilla se encontraban en diferentes salas de El Monumental en Buenos Aires. Optar entre ambos clubes puede parecer a priori una elección sencilla para la mayoría de la gente, pero no lo fue para Matías Almeyda. Hace tres décadas, el argentino se comprometió con los hispalenses y prefirió un club de provincias a la grandeza galáctica. Este decisión resultó ser un acierto histórico: un equipo se alzó como campeón y el otro descendió a Segunda. «Fui un visionario bárbaro», admitió con el tiempo.
Almeyda, el entrenador que ha recibido la sanción más dura desde que Simeone agredió al cuarto árbitro (siete partidos), llegó al final del verano de 1996 y ni siquiera terminó la temporada. El recuerdo de aquel descenso lo sigue acompañando desde su regreso, pero él lucha por mantener al club en Primera. Lo expresó sin adornos argentinos: «No vine de vacaciones a la Giralda, conozco todo esto hace 30 años».
Tanto el Sevilla como la ciudad han sufrido cambios significativos en estos últimos 30 años. Las vitrinas del Ramón Sánchez-Pizjuán, que antes estaban vacías, ahora están llenas de trofeos. Sin embargo, la situación económica, deportiva e institucional presenta numerosas similitudes, cuando la incertidumbre era el rasgo común en un equipo que sufrió dos descensos en cinco años.
Es importante poner todo en contexto. YouTube no era ni un proyecto cuando Almeyda se convirtió en el fichaje más caro en la historia del Sevilla (1.100 millones de pesetas, 6,6 millones de euros). El desconocimiento sobre el futbolista encendió la ilusión entre los aficionados, quienes confiaban en haber encontrado a su salvador. Él enfatizó su pragmatismo en su presentación: «No soy un crack, ni un patadura».
Una personalidad marcada
Fuentes consultadas por este medio aseguran que desde el principio se distanció de la imagen de estrella. Almeyda era un futbolista que mantenía bien su posición, un jugador físico, que no dudaba en meter la pierna y que raramente perdía balones. Aunque tuvo un gran protagonismo, su huella no fue excesivamente profunda.
«Llegó cuando ya habíamos completado la pretemporada. No lo conocía, pero era un futbolista del que hablaban maravillas. Ocupaba una posición similar a la mía y sus expectativas eran ofrecer un rendimiento sobresaliente. Desgraciadamente, la situación institucional guardaba paralelismos con la actual y él fue víctima, como todos, de esa circunstancia«, relata Marcos Martín de la Fuente, compañero de Almeyda en el Sevilla, en diálogo con El Confidencial.
La sinceridad, que ahora se manifiesta en las ruedas de prensa, ha sido una constante en el argentino desde que llegó a Sevilla. José Antonio Salguero, delegado del equipo en 1996, afirma: «Era un buen chico, con una personalidad muy fuerte y con el que el trabajo estaba asegurado. Almeyda no era de los que se quedaban en segundo plano; era un jugador respetado por la intensidad y sinceridad con que expresaba su posición».
Al cargo de los asados
El vestuario estaba consciente de tener a un compañero bastante completo y competitivo. En resumen, Almeyda era un gran recuperador y un futbolista pragmático que jugaba con criterio. Un jugador que estaba al tanto de sus capacidades y con una alta predisposición, un detalle digno de resaltar en un grupo.
Salguero comenta: «Era un tipo genial. Aunque teníamos distintas edades, convivir con él era una experiencia excepcional. En el vestuario, todos hablaban bien de Matías. Se integró rápidamente, porque los compañeros notaban su dedicación. Aquel año, además, organizábamos asados en la ciudad deportiva y él era uno de los encargados«.
Almeyda dejó el equipo tras el primer semestre de 1997 y se trasladó a la Lazio, que pagó ocho millones de dólares por su traspaso. En Italia, permaneció durante siete temporadas antes de regresar a Argentina y experimentar un retiro prematuro. A los 31 años, cansado del mundo del fútbol, decidió alejarse. No obstante, tuvo la oportunidad de volver a los 36 en River Plate y se convirtió en uno de los futbolistas más destacados del torneo, a pesar de su lustro de inactividad.
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Un inicio turbulento
Vivió el descenso de River en 2011 y asumió la responsabilidad que siempre ha manifestado a lo largo de su vida. Sin tiempo para una adecuada preparación, aceptó el desafío: se convirtió a los 37 años en el entrenador encargado de lograr el ascenso. Y lo logró, con esa melena distintiva y las lágrimas de felicidad que acompañan a un tipo sensible.
Ese fue el comienzo de una carrera como entrenador que ha pasado por Argentina, México y Grecia antes de llegar a España. A su regreso casi tres décadas después, uno de los periodistas que presenciaron su etapa como jugador, Juanma Ávila, le recordó aquella declaración y le pidió que se definiera como técnico. Sin embargo, esta vez prefirió no encasillarse.
Ávila habló con este periódico sobre el reencuentro. «Está en deuda con el Sevilla, como admitió en su presentación; su historia es una de superación personal. Recordaba a algunos periodistas, pero había pasado mucho tiempo. Él era muy joven aquel año y no estuvo mucho tiempo en el club».
Almeyda ha mostrado cercanía con la prensa. En los premios José Antonio Blázquez, reconocimientos anuales para periodistas, estableció un contacto directo con ellos. De hecho, días antes de la ceremonia, se celebró un partido entre el cuerpo técnico y los profesionales de los medios, que estuvo marcado por la cordialidad, las risas y la espontaneidad.
Ahora, alejado del banquillo en la mitad de los partidos que restan, se le presenta la tarea de cumplir su objetivo y mantener al Sevilla en Primera. Así opina Martín de la Fuente: «No me sorprendió la elección por él, aunque no estoy seguro de que fuera exactamente lo que buscaban. Lo que he visto me ha gustado y creo que está realizando un buen trabajo. El equipo está comprometido, pero le falta contundencia en ambas áreas. Me gusta Almeyda y le deseo mucha suerte«. El club lo necesita en este tramo final de la temporada.


