«Cancelé mi acuerdo con el Real Madrid justo antes de la presentación»
Tras más de dos décadas en la élite del baloncesto, Carlos Delfino (Santa Fe, 1982) se encuentra sin equipo. Hace semanas terminó su contrato con el modesto Benedetto Cento (Serie A2 italiana). Este alero-escolta argentino no solo conquistó Europa (en España, con el Baskonia), sino que también dejó su marca en la NBA. Su medalla de oro, ganada en los Juegos de Atenas 2004, todavía brilla en su cuello. Es el último genio de aquella mágica generación albiceleste (Ginobili, Oberto, Scola, Nocioni, Sconochini…) en permanecer en la cancha. Con 43 años ya no compite, pero no ha comunicado oficialmente su retirada del baloncesto.
¿Ha dejado el baloncesto o no?
Dije que este año probablemente no jugaría, pero me cuesta mucho la palabra retirada. No me gusta, es definitiva. Siempre comenté que, cuando eso ocurriera, no lo anunciaría. Estoy en forma, y es cierto que no he comenzado a competir este año. No sé si eso ocurrirá pronto, aunque reconozco que me divierto. Hago otras cosas… Tengo mucho tiempo para mí. No echo de menos el entrenamiento diario, pero sí jugar, eso lo extraño mucho. Competir. Trato de llenar ese vacío con otras actividades, como comentarista de la NBA para TNT Sports en toda Latinoamérica. Dedico tiempo a ser padre, disfruto de mi familia, pero pronunciar esa palabra me cuesta, sí.
¿Cuándo fue exactamente tu último partido?
Han pasado varios meses. Fue en la segunda italiana, con el Benedetto Cento. Es la ciudad donde vivo, en la provincia de Ferrara, cerca de Bolonia. Estuve dos años con ellos. Fue entretenido, porque físicamente me sentía bien, estaba en casa, pero mi carácter, mi edad y situaciones del equipo me desbordaron… No lo pasé bien, pero no por lesiones. Me costaba ir a entrenar, y no era solo un problema físico. Eso coincidió con mi viaje a Argentina para celebrar los veinte años del oro olímpico. Me reuní con la generación dorada, disfruté con ellos. Luego regresé a Italia y sentí un conflicto interno, porque entendí que mi enfoque estaba anticuado. No se alineaba con la realidad que vivía a nivel deportivo. Yo siempre veo el deporte desde un lugar de respeto. Ver a mis compañeros en mi país me impactó, y luego comencé a sufrir porque ya no me veía en el lugar donde estaba jugando. Ya no disfrutaba. Lo dejé porque necesitaba tiempo.
¿Qué valores se perdieron por el camino? ¿A qué tuviste que renunciar y te negaste?
Es sencillo. Para mí, hay cosas básicas que son primordiales. Saber qué le ocurre al compañero a tu lado, por qué se hacen ciertas acciones, y el porqué de las discusiones. Hablar, sí, hablar para mejorar las dinámicas del equipo. Hay muchas historias y argumentos. Valorar cuando un compañero juega lesionado y está haciendo un esfuerzo… Todo eso. Son mis valores, y no quise renunciar.
«Mis valores eran diferentes a lo que veía alrededor, y eso me desgastó; lo peor es que mis propios compañeros no entendieron que les estaba defendiendo»
Si esto lo aplicamos a tu historia, ¿qué sucedió realmente?
Fui a Argentina con el permiso del club, que estaba jugando esos días. Tenía claro que no quería perderme el evento con mis compatriotas. Era la primera vez que coincidíamos todos desde el oro. Al volver, me sentía agotado. No me dejaron jugar porque decían que era muy mayor… Lo hacían para cuidarme. El Cento disputaba un partido (una derrota) que la RAI televisó para toda Italia. Los aficionados comenzaron a insultar a todos. Salí yo, el más veterano, el capitán… Más que nada para defender a mis compañeros. Les reprobé, les dije que eso no era concebible en el deporte. Tuve problemas con muchas personas. Se malinterpretó mi gesto, como si fuera en contra de los aficionados. Totalmente lo contrario. Me dolió mucho. Mis valores eran diferentes a lo que veía y eso me desgastó. Lo peor es que mis compañeros no entendieron que intentaba defenderles… Ellos, estupefactos, me preguntaban por qué me había enfrentado a los hinchas. El mundo al revés. La impotencia fue grande. Sí, el baloncesto me divierte, pero creo que pertenezco a otra época y que estoy en una dimensión diferente a la actual. Hoy en día siguen sin saber que estaba protegiéndoles de las críticas. Los valores actuales parecen invertidos. Decidí dar un paso al lado… por eso y otros motivos.
Háblame de la efeméride argentina.
Llenamos una cancha para jugar un partido. Los doce jugadores juntos por primera vez desde los Juegos Olímpicos. Increíble. La última vez que coincidimos fue en el podio de Atenas, lo digo literalmente. Una vez en Argentina, decidieron ir todos a Mendoza, la capital del vino, después del partido. Se organizó de manera improvisada. Los más grandes del grupo me dijeron: «Cabeza, Carlitos, no vas a ser el único que no estará con nosotros». Así que me fui con ellos, por supuesto. Hicimos rafting, cenamos, jugamos pádel, visitamos viñedos y bodegas, escalamos montañas, caminamos, hicimos asados… Me di cuenta de que me había quedado atrapado en ese sistema operativo. El tiempo no había pasado para nosotros. Fue mágico. La clave de esa selección ganadora estaba precisamente ahí, fuera de la pista. Un viaje en el tiempo. Fue la celebración de la medalla. La primera. El cierre de un círculo. Luego, llegó mi dificultad para adaptarme a la realidad deportiva, tan distinta a la que tenía en mi mente, siempre anclada en esa época… Y con la misma gente.
Esa mezcla de recuerdos y nostalgia supuso un impacto emocional, algo de tristeza. ¿De ahí tu crisis de identidad?
Sí, esa nostalgia me jugó una mala pasada. En mis últimos años, jugaba más por amor a este deporte que por dinero. Lo podrás imaginar. Era más emocional. Cuando me di cuenta que el impulso que movía todo no era el mismo… No sé. Verás, yo en el partido-efeméride, con esa gente, entrenándome bien, podría haber jugado hasta los cincuenta años. Como si todo fuera una obra de teatro: entreno en Italia, viajo a Argentina para jugar, luego regreso… Podría haber estado diez años más así. Con esa atmósfera, esos compañeros, esas reglas internas como grupo, esas voces que todas contaban por igual… Ya sabes. Son valores que ya no veo. Eso coincidió con lo que pasó en Cento, donde mi entrenador era más joven que yo. Fue un gran impacto, pero no me arrepiento. Nadie es culpable. Cuando lo pienso, me digo constantemente que ese choque en Argentina debería haber sido mi último partido, pero no fue así. Lo que tengo claro es que nunca habrá una despedida. Esa idea no me atrae. No planeo hacer nada especial, ni conceder entrevistas ni anunciarlo. Nada de celebraciones.
¿Es posible que tu último partido esté aún por jugar?
Sí. De hecho, me lo han ofrecido. Me han visto bien físicamente. Hay clubes interesados, pero tendría que irme de casa… No estoy seguro. Por ahora, estoy bien así. Mi nueva faceta como comentarista de la NBA es divertida. También tengo el diploma de entrenador. Quiero seguir formándome, aprendiendo. No sé… Tal vez alguien venga, me motive y me anime a ponerme los pantalones cortos. Te digo esto porque esta mañana entrené durante dos horas y media. Fui al gimnasio, jugué en la cancha de baloncesto de mi casa… Lo hago a menudo con mis hijos. Ahora pasamos mucho tiempo juntos, especialmente los fines de semana. Me encanta. Esto también favorece mi decisión. No olvidemos que tengo 43 años… Sí, me dicen que aparento menos. El tiempo es tiempo, y eso hay que respetarlo. Otra cosa importante es que no tomo ninguna pastilla. En los últimos tiempos, solo para jugar debía tomar antiinflamatorios para disimular molestias en la espalda, algún golpe… Mi recuperación era más lenta. Hoy mi cuerpo es el mayor beneficiado. No tomo ni siquiera una aspirina. Esas pequeñas cosas me hacen sentir bien y cómodo.
«Me han ofrecido jugar. Me han visto bien físicamente. Hay clubes interesados, pero tendría que irme de casa… No sé. Por ahora estoy bien así»
Algo que pocos saben es su frustrado fichaje por el Madrid en la primera etapa de Sergio Scariolo.
Era muy joven. Me fichó Sergio, pero hubo problemas entre bastidores. Firmé e iba a ser presentado una mañana, justo el día en que Scariolo tenía una reunión con algunos directivos del Madrid. Creo que el inconveniente era en torno a la persona que debía salir del plantel por mí.
Era Alberto Herreros.
No puedo confirmarlo. Sé que Sergio quería rejuvenecer el equipo, pero jamás se me mencionó algún nombre de un jugador.
Tranquilo. Lo hice yo.
Vamos a ver. Juego baloncesto. Sé quiénes estaban en ese Madrid, en qué posiciones. Lo único seguro es que el técnico dejó de serlo esa misma mañana (año 2002). Me llamaron a las once de ese día. Quedaba una hora para mi presentación. Estábamos en una mesa todos reunidos… Valdano, Butragueño, el abogado del club… Les dije que, si Scariolo no estaba, rompería el contrato. Así fue. Scariolo era el motor principal para que yo hubiera aceptado la oferta blanca. Quería estar con él, que me formara. Estoy contento de que ahora esté allí otra vez. Conozco su manera de trabajar, siempre tan meticuloso… Es uno de los mejores de todos los tiempos.
Pudieron coincidir más tarde, en el Chimki. Fue en 2008. Ya había jugado en la NBA: Detroit (elegido en 2003 en la primera ronda del draft) y los Raptors. Después, Bucks, Houston -con Harden- en 2012-13… Entonces vino la gravísima lesión, una acción fortuita con Kevin Durant.
Tenía un fuerte dolor en el pie. Para jugar los ‘playoffs’ decidí infiltrarme. Estaba en Houston, y la temporada fue magnífica. Mucho mejor de lo que esperaba. Enfrente, Oklahoma, uno de los principales candidatos. Al infiltrarme, no sentía nada. Ni el primer partido, ni el segundo… En el tercero, robo un balón, voy a machacar, y él me hace falta. Caigo de manera desafortunada. Enseguida sentí algo raro. Anoté el tiro libre y regresé a nuestro campo para defender. Me acerqué al técnico (Kevin McHale) para pedir un cambio. No lo entendía. Después robamos el balón de nuevo, me hice con la pelota y metí un triple. Luego me cambiaron. Eso fue lo último que tuve de vida productiva en la NBA. En el quinto partido fuimos a Oklahoma. Creo que estuve tres minutos en la cancha. No podía más. Sentí la fractura. No podía ni caminar bien. Dije basta. Basta de forzar. Nos dimos cuenta de que tenía el hueso escafoides fracturado. No era solo un dolor.
¿Por qué se complicó tanto? Tres años sin jugar.
Hay algo que me divierte. Cuando se dice que cualquier operación fue exitosa. Las mías -cinco- fueron exitosas, pero realmente ninguna resolvió nada. La primera la hice con un cirujano destacado de Nueva York, recomendado por los Rockets. Inicialmente fue bien… Piensa que poco después firmé un nuevo contrato con Milwaukee, donde pasé el reconocimiento médico. Al comenzar a entrenar, cuando apoyé el cuerpo en el hueso, este se rompió mucho más que la primera vez. Entonces, comienza una larga carrera médica para tratar de recomponer todos los fragmentos del hueso. Hubo un momento en que me di por vencido. Sí, dejé el baloncesto. Ese es uno de los motivos por los que hoy me resisto a pronunciar esa palabra. Yo ya estuve retirado, y no fue por elección.
El camino fue largo y duro.
Momentos oscuros. Sufrí mucho. Más lesiones. Mucho tiempo parado… Hasta que conocí en Bolonia a un genio. El profesor Giannini. Hizo lo contrario a lo que habían hecho hasta entonces conmigo. Siempre me sacaban un hueso de la cadera (cresta iliaca) para colocarlo en el pie. Giannini decidió que había que quitar de abajo y eliminar. Así fue cómo intervino. Pensaba que no se uniría nunca, porque había necrosis. A partir de ahí (año 2016) volví a caminar sin cojear, a poder correr… Sí, regresé para los Juegos de Río. Me entrené dos meses y fui convocado. Una locura. Jugamos cuadrangulares amistosos contra Francia, Serbia, Croacia, Australia… Cuando llegué a los Juegos, me di cuenta de que ya no tenía energía. Estuve parado tres años, y en esos torneos previos rendí a la perfección, pero me quedé sin pilas. Eran mis cuartos Juegos y no fueron buenos.
¿Después qué sucedió?
Regresé a Bolonia a visitar al profesor. Le mostré el pie y me volvió a operar. Fue la última vez. Desde entonces, estuve en lugares que me llenaban mucho, especialmente a nivel emocional.
El Baskonia, por ejemplo.
Lo de Vitoria fue más casualidad. Me entrenó Pablo Prigioni. Al principio me había invitado solo a entrenar. Luego, por una coincidencia de lesiones, terminé jugando. Para mí era importante poder ayudar.
«LeBron es para las nuevas generaciones el Jordan 2.0; único e inaudito, imborrable, lo mejor, la imagen moderna de la marca NBA»
Otro que no quiere retirarse es LeBron James. 23 temporadas ya.
Un fenómeno. Creo que, si quiere, le quedan dos años más al máximo nivel. Llevo esto a mi experiencia y digo que todo depende de la mente. Lo logrado hasta ahora es infinito. Todos decimos que Jordan fue el número uno. Sí, alguien que desarrolló este deporte, el gran espejo de todos, quien lo convirtió en algo diferente… LeBron es, tal vez, para las generaciones más jóvenes, el Jordan 2.0. Merece estar en su misma mesa. Con el tiempo se le valorará mucho más. Mira, hoy trabajo como analista de la NBA. Tengo que decir que los números están inflados… No me malinterpretes, pero hoy en día cualquiera puede anotar 25 puntos en esta liga. Y sí, es posible que con el tiempo alguien le supere en números o estadísticas, pero lo que él hizo, pocos lo replicarán. Es algo único e inaudito. Imborrable. Lo mejor. La imagen moderna de la marca NBA. Palabras mayores.


