El Atlético dice adiós a LaLiga: una temporada desperdiciada desde enero.


El Atlético de Madrid ha prácticamente cerrado su capítulo en La Liga antes de que termine enero. El empate ante la Real Sociedad no solo supuso otro tropiezo para los rojiblancos, sino que reforzó una incómoda y difícil de discutir realidad: el equipo de Diego Simeone se encuentra a 11 puntos del líder, una distancia que, de acuerdo con las estadísticas históricas del torneo, nadie ha podido recuperar en este momento de la temporada. No se trata de pesimismo, sino de una clara evidencia competitiva.

Más allá del resultado en sí, lo que realmente preocupa al Atlético es la sensación de resignación que se trasluce en la competición nacional. Esto no es solo un mal día ni un accidente aislado, sino una dinámica sostenida. Encuentro tras encuentro, el equipo ha cedido terreno ante rivales directos, así como contra equipos de la mitad y baja tabla, sin demostrar la fiabilidad, el instinto ni la ambición que se espera de un aspirante al título. El margen de error se consumió demasiado pronto y el propio Atlético se encargó de desbaratar sus posibilidades con una irregularidad alarmantemente constante.

Los números son contundentes: ningún equipo en la historia de La Liga ha logrado conquistar el campeonato tras haber estado 11 puntos detrás del líder en enero. No es una cuestión de fe, de heroicidad o de discursos motivacionales. Es cuestión de cifras. Y esas cifras condenan a un Atlético que, una vez más, parece haber renunciado a la regularidad imprescindible para competir a lo largo de 38 jornadas. La distancia no solo representa puntos perdidos, sino una clara inferioridad frente a sus competidores por el título.

A estas alturas, la crítica no puede excusarse en la mala suerte, decisiones arbitrales o lesiones aisladas. El Atlético ha dejado escapar puntos frente a rivales manejables, ha exhibido debilidades defensivas propias de un “cholismo” en crisis, y ha fracasado en mantener un nivel competitivo aceptable lejos del Metropolitano. Un conjunto que se cimentó durante años en la solidez, el esfuerzo y la fiabilidad atrás, hoy irradia fragilidad, dudas y una alarmante falta de decisión en momentos críticos.

El principal foco de responsabilidad se dirige, inevitablemente, hacia Diego Simeone. El técnico argentino, símbolo y arquitecto de la era más próspera del club, parece haber perdido parte de su capacidad para reinventar a su equipo en La Liga. Su discurso, efectivo durante más de diez años, comienza a sonar monótono mientras el rendimiento sobre el campo no acompaña. Las decisiones tácticas conservadoras, los cambios tardíos y una gestión de la plantilla que no siempre ha impulsado el talento disponible han pesado seriamente en una temporada que se ha ido torciendo sin una respuesta clara desde el banquillo.

Veteranos como Griezmann no están liderando al equipo en estos momentos difíciles de la temporada.

Sin embargo, la culpa no puede recaer únicamente en el entrenador. La planificación deportiva también está bajo la lupa. El Atlético cuenta con una de las plantillas más caras de su historia, pero esa inversión no se ha traducido en regularidad ni en jerarquía colectiva. Algunos fichajes no han estado a la altura deseada, mientras que veteranos que se suponía que sostenían al equipo han mostrado un evidente desgaste. La percepción es que el Atlético ha formado un grupo competitivo para noches europeas, pero insuficiente para la exigencia semanal que plantea La Liga.

Los futbolistas también están en la mira de la crítica. En demasiados partidos, el equipo ha carecido de intensidad, liderazgo y personalidad. Ha faltado un compromiso defensivo colectivo, claridad en ataque y, sobre todo, esa mentalidad competitiva que durante años fue la seña de identidad del Atlético. Perder puntos de manera reiterada ante rivales de menor calibre no es simplemente mala suerte: es falta de concentración y ambición.

Para un club que aspira a estar de manera permanente en la mesa de los grandes, despedirse del título en enero es un fracaso difícil de justificar. Más aún cuando ni siquiera se ha obligado al líder a mirar por el retrovisor. Con media temporada aún por delante, el discurso oficial apelará al “partido a partido”, a la lucha y a la esperanza matemática. Pero la realidad es mucho más dura: La Liga ya no es un objetivo realista para el Atlético de Madrid.

La afición siempre fiel al equipo, pero… ¿cuándo comenzarán los silbidos?

El desafío ahora será evitar que esta desconexión en la liga derive en un final de temporada decepcionante. Asegurar la clasificación para la Champions League y competir con dignidad en el resto de torneos se convierten en obligaciones mínimas. Pero la cuestión de fondo permanece: ¿hasta cuándo puede el Atlético permitirse temporadas ligueras que se desvanecen antes de febrero sin que nadie asuma responsabilidades reales?

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