El encuentro más frustrante del Real Madrid en esta temporada.
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Walt Disney, para que lo sepan, no está congelado como si fuera la cabeza de un rape. Esa era una leyenda urbana que todos creímos, al igual que la de que era español. Más o menos algo similar a lo que le ocurre al Santiago Bernabéu: en el coliseo blanco cada vez hay más turistas y menos aficionados, y esa pasión parece haberse quedado en la recepción del hotel: es un estadio helado a pesar de la sauna-cubierta retráctil. Frente al Girona, en lo que quizás fue el partido más desastrozo del Real Madrid esta temporada, el recinto de La Castellana selló su destino para siempre. Porque esto no tiene una solución inmediata.
Podemos debatir si lo de Mbappé con Vitor Reis fue o no penalti. Eso es lo de menos, y precisamente el Bernabéu muerto podrá usarlo como excusa. Yo, de momento, sigo vivo, así que para ellos que se aguanten. Los blancos ofrecieron un partido completamente irritante, uno de esos encuentros que te señalan (por si no hubieran existido suficientes señales antes) que este proyecto está en su última fase. El mejor ejemplo es Camavinga, incapaz de hacer algo bien. Antes era un centrocampista potente, comprometido y bien posicionado, y se le perdonaba su mal pie. Ahora, simplemente no hace nada, pero absolutamente nada, bien. Y carece de pies: incluso decir que tiene muñones sería un cumplido.
Si solo fuera Camavinga, bueno. Pero no es así. A Mbappé, Vinicius y Bellingham habría que pedirles que en cada partido al menos uno, solo uno, esté atento y no somnoliento. Una plantilla con menos energía (perdón, Valverde y Militao) que una caja de tornillos. Y, por supuesto, es momento de hablar de la gestión desde el banquillo. El día de Arbeloa ante el Girona fue un desastre. Primero por la alineación, segundo por los cambios inexplicables y tercero por su incapacidad para, desde el iPad, intentar girar el partido hacia un rumbo más favorable. Ni siquiera tomó una decisión valiente cuando LaLiga, si no estaba perdida ya, se estaba desvaneciendo cuando quedaban diez minutos. Un central de nueve, como ocurrencia muy loca, por si pescaba alguna, es algo que debe señalarse en su debe en letras mayúsculas.
Pero lo peor es lo del estadio. Un Santiago Bernabéu igualmente muerto que la plantilla del equipo. Es desalentador observar cómo los VIP saltan como locos a sus ‘estaciones de sushi’ cinco minutos antes del descanso y se pierden un cuarto de hora del segundo tiempo, todo para darse un festín (y la bebelona, por supuesto). Provoca vergüenza ajena ver a turistas que se marchan al minuto diez del partido porque ya han visto todo y, como no entienden nada y ya han publicado su reel en redes sociales, se van en busca de cosas más divertidas. Y a un madridista clásico le revuelven las tripas al ver a el aficionado ocasional cantando «corrupción en la federación», incapaz de animar a su equipo en el momento crítico y sin dar un severo toque de atención a la panda de vagos que saltó al campo y decidió dimitir de LaLiga.
Quizás me estoy volviendo viejo. De hecho, lo soy. Pero, como Walt Disney, no estoy congelado. Y por eso, todavía hay algo brillando por ahí dentro, como dos peces de hielo en un whisky de malta. Y el sonido dice que la campanada en Múnich es posible. Claro, que lo escribo y no me lo creo. Pero suena bonito. Necesito más whisky.


