El regreso del “credere” es la clave para restaurar la Nación.
Durante la segunda mitad del siglo XIX, Argentina vivió un cambio crucial que la transformó de un estado de fragmentación, pobreza y barbarie a la modernidad en menos de 50 años. La victoria en Caseros en 1852 marcó el comienzo de una nueva estructura institucional y económica que, en poco tiempo, convirtió una región periférica en una de las economías más activas del planeta.
Hoy, Argentina se halla de nuevo ante un desafío histórico de magnitud similar: debe liberarse de un pasado que frena su desarrollo.
En el siglo XIX, el mundo atravesaba una transformación estructural sin precedentes. La instauración de la libra esterlina como moneda global, sumada a la eliminación de las Corn Laws que abrió el mercado británico a las materias primas, y el tratado Cobden-Chevalier, que generó un acuerdo de libre comercio inicial entre Francia y Gran Bretaña, fueron factores clave. Este fue el comienzo de una globalización extraordinaria, con la City de Londres emergiendo como el centro del capitalismo mundial.
En ese momento, el mundo no era gobernado por ejércitos, sino por contratos, crédito y confianza. Ese nuevo orden global era incontrolable y aquellos que se alineaban a él hallaban un camino directo hacia la prosperidad.
El nuevo orden global era incontrolable y aquellos que se alineaban a él encontraban un camino directo hacia la prosperidad.
Por entonces, Argentina era un país pobre, desorganizado y sin acceso a crédito, prácticamente olvidada por el resto del mundo. Además, desde 1824 sufría un default que la mantenía aislada. Sin embargo, Bartolomé Mitre comprendió un aspecto clave: sin “credere”, sin confianza, no era viable un proyecto de Nación. Por ello, en 1858, siendo aún gobernador, envió a Norberto de la Riestra a Londres con una tarea desafiante: recuperar la fe en el país.
A pesar de las adversidades, la renegociación de la deuda fue exitosa. Argentina volvió a ser vista como un país fiable por la City, lo que facilitó la llegada de inversiones, comercio e inmigración masiva, transformando al país en una tierra de oportunidades.
Este hito fundacional fue la base de lo que siguió. El firme respeto por la propiedad privada, la apertura al capital extranjero, el equilibrio fiscal y la disposición para honrar contratos, incluso en momentos difíciles, se convirtieron en principios fundamentales de la llamada Generación del 80.
Bajo el liderazgo de Nicolás Avellaneda y Julio Argentino Roca, Argentina se consolidó como un socio fiable para el capital británico, pero, sobre todo, como una nación que decidió dejar atrás la barbarie mediante instituciones creíbles. El resultado fue un proceso de crecimiento que convirtió a Buenos Aires en una de las grandes capitales del mundo.
Así como en 1858 fue crucial recuperar el crédito en Londres, ahora es esencial reconstruir la confianza en Wall Street y en los mercados globales.
Más de un siglo después, Argentina enfrenta su destino, no luchando contra un tirano, sino contra la erosión institucional, el default celebrado como un logro y la violación de contratos disfrazada bajo la retórica de la soberanía. Así como en 1858 fue crucial recuperar el crédito en Londres, hoy es fundamental restaurar la confianza en Wall Street y en los mercados globales.
El paralelismo entre el pasado y la actualidad es evidente. Antes, la Pax Británica y el patrón oro impulsaban la globalización comercial y la Segunda Revolución Industrial; hoy, la Pax Americana se asienta sobre un dólar que fluye en mercados financieros abiertos, una interdependencia productiva significativa y la Cuarta Revolución Industrial como motores de desarrollo.
El avance nacional en el siglo XIX demandó conectar el país mediante inversiones en ferrocarriles y frigoríficos que facilitaron la exportación de carne congelada a Europa; en el siglo XXI, el reto es atraer inversiones a Vaca Muerta para exportar energía, desarrollar el distrito Vicuña para la exportación de cobre, y establecer grandes granjas de centros de datos en la Patagonia, integrándose a la revolución de la inteligencia artificial. En ambas épocas, la condición fundamental se mantiene: el credere.
El verdadero legado de la Generación del 80 no fue solo la Constitución de Juan Bautista Alberdi, la expansión territorial con Roca, la inmigración masiva o la riqueza del modelo agroexportador. El gran legado fue entender que un país vale tanto como su palabra.
Cumplir con deudas y respetar contratos no fue una concesión a intereses externos, sino un acto de soberanía. La autonomía de una nación se basa en su credibilidad. Como escribió Carlos Pellegrini en plena crisis de 1890: “Los pueblos que olvidan que las deudas deben pagarse, por grandes que sean los sacrificios, se suicidan”.
El desafío que enfrenta el país consiste en recuperar la confianza, restablecer el crédito y volver a honrar los contratos.
El desafío actual del país es recuperar la confianza, restaurar el crédito y respetar los contratos.
Son pasos necesarios para dejar atrás décadas de decadencia y abrir el camino hacia la prosperidad. Así como hace 150 años en Caseros se derribó la tiranía y Mitre integró al país en el mundo victoriano, también corresponde a nuestra generación romper con el ciclo de defaults e ilusiones populistas para que Argentina recupere su credibilidad. Porque sin credere, no hay futuro. Sin credere no hay soberanía. Sin credere no hay Nación.
El autor es Director de Negocios Latam de Abeceb



