Fin de la pretemporada – La Galerna


Al llegar el final de febrero y con marzo asomando en el calendario, algo especial sucede en el universo del Real Madrid que no está especificado en ningún reglamento, pero que todos entienden. Ha terminado la pretemporada. No la oficial, que concluye en agosto tras giras por América, amistosos de verano y presentaciones de nuevos fichajes; esa es otra historia. La verdadera pretemporada, la que cuenta en Chamartín, es emocional, competitiva y casi cultural. Dura lo que el equipo necesita para reconocerse en el espejo y decidir si quiere mirarse con rigor o con indulgencia. Esa fase, sea para bien o para mal, finaliza cuando comienza el aroma a grandes eliminatorias y la llegada de la primavera europea.

Afirmar que la verdadera temporada comienza en marzo no es una frase facilona, sino una constatación histórica. Cuando los octavos de final de la UEFA Champions League se acercan y la liga entra en su fase decisiva, el ruido se convierte en juicio, y las sensaciones pasan de ser anécdotas a convertirse en sentencias. Para un club que mide el año en función de noches europeas y trofeos levantados en mayo, lo anterior ha sido solo un largo preámbulo, una fase de pruebas. Un laboratorio lleno de experimentos y escasas certezas.

durante demasiadas semanas la grada ha percibido una desconexión peligrosa entre la ambición que exige el escudo y la intensidad que ofrecía el césped. Por eso la frase “se acabó la pretemporada” funciona casi como una advertencia

Hasta el momento, las sensaciones no invitan precisamente a un optimismo desbordante. A excepción de algunas actuaciones destacadas —una visita solvente al Villarreal, una respuesta de carácter en Lisboa— el equipo ha navegado este curso con más dudas que certezas. Partidos densos, períodos de desconexión alarmante, una sensación de fragilidad que no concuerda con la narrativa épica que acompaña al escudo. En demasiadas ocasiones, el Madrid ha parecido un proyecto en constante construcción, como si cada partido fuera un ensayo general y nunca el estreno definitivo. Y, no obstante, aquí se presenta la paradoja que alimenta el discurso: a pesar de todo, y a pesar de ese 80% de encuentros que han dejado un regusto a frustración, el equipo llega a marzo con vida.

La racha de Arbeloa

A solo un punto del FC Barcelona en La Liga, es decir, dentro de la verdadera pelea por el campeonato nacional, y con el pasaporte asegurado para los octavos de la Champions. En términos puramente clasificatorios, el Madrid ha cumplido. En términos futbolísticos, ha quedado en deuda. Esa tensión entre lo que se siente y lo que se logra es el combustible perfecto para afirmar que la pretemporada ha terminado. Porque, si uno se basa exclusivamente en el fútbol mostrado hasta ahora, soñar con títulos suena a acto de fe. Hoy, la posibilidad de que el Madrid levante la Liga o la Champions podría estimarse en un 1% de probabilidades y un 99% de fe.

Sin embargo, ese 1% no es un número cualquiera cuando se habla de este club. Es un porcentaje que actúa como una carga para el adversario y como un salvavidas para el propio equipo. En otros contextos, un 1% puede ser una condena estadística. En el Madrid, es una rendija por la que se ha colado la historia en más de una ocasión.

Que el calendario ofrezca una segunda vida no exime a nadie de crítica. No es del todo aceptable que un equipo de esta magnitud haya gastado más de seis meses y dos entrenadores para enviar señales contradictorias. Los extraños experimentos de posiciones, jugadores fuera de lugar en nombre de un plan que no terminaba de materializarse, o esas alineaciones indescifrables más que como una declaración de intenciones. Las caras largas tras empates insípidos, las ruedas de prensa pensadas para no decir nada y decirlo todo, el relato recurrente de “hay que sacar lo positivo” incluso de derrotas que no admiten demasiada literatura.

En demasiadas tardes, el Madrid ha parecido un proyecto en construcción perpetua, como si cada jornada fuese un ensayo general y nunca el estreno definitivo. Y, sin embargo, el equipo llega a marzo vivo

Toda esta situación puede ser tolerada en agosto. Incluso en septiembre, pero no en febrero. El aficionado del Santiago Bernabéu —cada vez más exigente, cada vez menos paciente con el sopor— ha asistido a demasiadas noches de desesperanza. No se trata solo de resultados, sino de sensaciones. El Madrid puede perder, pero no puede aburrir. Puede caer con elegancia, pero no puede parecer indiferente. Y durante muchas semanas el público ha percibido una desconexión peligrosa entre la ambición que exige el escudo y la intensidad que se ha mostrado en el campo. Por ello, la frase “se acabó la pretemporada” funciona casi como una advertencia.

El Madrid de hace dos años. El Madrid y lo demás

Se ha agotado el margen para experimentar sin consecuencias. Se ha acabado el relato indulgente que transforma cada tropiezo en un aprendizaje eterno. Se ha terminado la pedagogía suave y la afirmación de que el equipo tiene margen para mejorar. Ahora empieza lo que realmente importa. Eliminatorias de vida o muerte y jornadas de Liga donde cada punto es crucial. Ahora llegan los partidos que ya no permiten esconderse tras el calendario. Marzo, en el Real Madrid, es un estado mental. Es el instante en que el equipo decide si desea ser aspirante o campeón. En el que los líderes dejan de señalar el camino con palabras y lo hacen a través de acciones. Es el momento en que la plantilla, tan cuestionada por diversos momentos, debe probar que las dudas eran solo ruido de fondo.

La historia reciente del club está repleta de primaveras inesperadas y resurrecciones cuando el discurso externo ya había dictado sentencia. Esa memoria colectiva juega a favor, pero también representa una carga, puesto que cada generación debe escribir su propia excepción. El desafío es claro: hay que competir mejor y recuperar la intensidad perdida. Simplificar lo que antes fue artificial. Eliminar los experimentos que no han dado resultado y apostar por certezas. La diferencia entre un equipo en prueba y un equipo campeón suele ser mínima en el marcador y abismal en la actitud. Estar a un punto del Barcelona tras un trayecto irregular es casi un regalo envenenado. Regalo, porque permite depender de uno mismo. Envenenado, porque obliga a mantener una regularidad que hasta ahora no se ha visto con claridad.

Se ha agotado el margen para experimentar sin consecuencias. Se ha terminado el relato indulgente que convierte cada tropiezo en aprendizaje eterno. Se ha concluido la pedagogía amable y se ha terminado de decir que el equipo tiene margen de mejora. Ahora empieza lo que realmente importa

La Champions, por su parte, no tiene lugar para medias tintas. Los octavos que sellamos ayer no comprenden procesos prolongados ni excusas estructurales. Entienden de detalles, concentración y mordiente. Quizá la clave resida en aceptar que el relato de la pretemporada eterna ha sido una excusa cómoda. Una forma de justificar lo inexplicable y de postergar el juicio final. Pero el fútbol de élite no espera. Y el Madrid no vive de promesas, sino de conquistas. Lo que distingue a este club es su capacidad para convertir la presión en energía. Para transformar el escepticismo en desafío.

El 1% frente al 99% puede verse como un acto temerario o como una oportunidad, todo depende del enfoque. Si el equipo continúa mostrando la versión plana y desconectada de gran parte del curso, la estadística predominara. Si, por el contrario, marzo activa el interruptor competitivo que tantas veces ha aparecido cuando el abismo se cernía, este 1% se multiplicará hasta convertirse en una amenaza real para cualquiera. Se ha acabado la pretemporada, han terminado las pruebas sin evaluación, y se han esfumado las explicaciones que ni convencen al propio que las pronuncia. Comienza el tiempo de los hechos. El periodo en el que cada pase cuenta, cada error se amplifica y cada acierto se recordará durante años.

El Madrid llega con dudas, sí. Con más fe que certidumbres, también. Pero llega vivo. Y mientras el Madrid se mantenga vivo en marzo, dependiendo de sí mismo en Liga y con un enfrentamiento europeo por delante, la historia no está escrita. Ahora empieza lo apasionante. O lo decisivo. Y en ese delicado equilibrio entre la crítica merecida y la fe inquebrantable, está en juego algo más que una temporada: la identidad competitiva de un club que no entiende de términos medios. La pretemporada ha finalizado, y con ella, las excusas se desvanecen para dar paso a los resultados. Solo un aficionado del Real Madrid podría creer en levantar un trofeo viendo el fútbol que su equipo ha mostrado hasta hoy. Pero como es precisamente del Real Madrid de quien hablamos, sabemos que una chispa puede ser más que suficiente para provocar un incendio. Ha llegado el momento de encenderla.

Getty Images

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