Finalista en el VI Concurso de Cuentos Madridistas Navideños


El penúltimo invierno de la carpeta azul

Al acercarse a los cuarenta, uno empieza a descubrir ciertas verdades. Por ejemplo, que una resaca perdura más que algunas relaciones. O que el tiempo avanza como Mbappé en un contraataque: sin preguntar, sin esperar y sin mirar atrás. A mí, la realidad de este segundo cliché se me reveló un diciembre, cuando Madrid empieza a despedir aromas de castañas, trayendo alegría a los provincianos que la visitamos en estas entrañables fechas. Días en los que la gente busca excusas para posponer hasta el año nuevo las promesas que dejaron sin cumplir al inicio del curso escolar.

Como muchos, yo tenía una carpeta azul en la que guardaba esas promesas incumplidas. Su color se había deslucido un poco, deslizándose entre un azul pálido y un morado; me gustaba pensar que eso era un homenaje accidental a los diversos tonos del escudo del Real Madrid. La compré a principios de los 2000, en una papelería que ya no existe, en una ciudad en la que ya no resido, convencido de que me ayudaría a organizar mi vida como quien organiza una defensa: colocando cada cosa en su lugar, cerrando espacios, haciendo basculaciones. La realidad fue que se convirtió en un archivo de recuerdos caóticos: fotos de viajes mal encuadradas, entradas de partidos, cartas que nunca envié, poemas que jamás deberían ver la luz y el borrador de una novela que, para ser justos, solo podía considerarse como tal por tener más de cien páginas. Y, por supuesto, también guardaba una postal de Eva.

Eva era la chica con la que salía a mis veinte años, época de muchas certezas. Tenía la sonrisa de alguien que ha leído mucho y discutido poco, y una forma de mirar que parecía haber llegado antes a las conclusiones, haciendo innecesarias las réplicas. Era madridista, pero de esa minoría que ve el fútbol como un ritual personal: el partido, el sofá, un chocolate caliente y ese silencio casi religioso mientras esperaba las jugadas importantes. «El Madrid me gusta así —me decía—, primero en calma, después en tormenta».

Nos dejamos ir el uno al otro, que a menudo es la manera elegante de decir que fuimos jóvenes, torpes y un poco cobardes. Sin embargo, nunca le guardé rencor. Al contrario, cada diciembre la recordaba con la nostalgia justa, como un gol mal anulado o un abrazo que se quedó a medio camino. Hasta que este diciembre, el del frío anticipado, el del peligroso acercamiento a la crisis de los cuarenta, el de la carpeta azul a punto de desbordarse, Eva volvió a aparecer.

Coincidimos en un mercado navideño de la Plaza Mayor, mientras intentaba comprar turrón sin que el vendedor la convenciera de llevarse todas las existencias. Yo estaba detrás, esperando mi turno para comprar unos adornos que no necesitaba y que seguramente acabarían en la mencionada carpeta. Cuando se giró, me reconoció al instante.

—Hola —dijo, con una voz que sonaba diferente.

—Hola —respondí, intentando aparentar una seguridad poco creíble.

Hubo un breve silencio, exactamente del tamaño de un recuerdo y medio.

—Te ves igual —dijo ella, mintiendo.

—Tú también —respondí yo, igualmente mintiendo.

De inmediato, soltamos una carcajada espontánea, disipando cualquier dramatismo, y caminamos un rato por el mercado. Hablamos de nuestras vidas, de amigos en común, de trabajos, de fracasos asumidos y de algunas nuevas manías. Ella seguía siendo del Madrid, aunque la conversación adoptó derroteros menos festivos. Me confesó que hacía años intentaba recuperar la ilusión por la Navidad, pero cada vez le resultaba más difícil. Le comenté que me sucedía lo mismo, subrayando que diciembre a menudo parecía calzarse unas botas de plomo. En ese momento, añadió:

—Quizá es porque ya no esperamos sorpresas. A los veinte, todo sorprende. A los cuarenta, casi nada.

Un poco abrumado por la repentina intensidad de la conversación, intenté cambiar de tono.

—El Madrid aún lo consigue —respondí.

Eva guardó silencio y me obsequió una de sus sonrisas fabulosas. Antes de despedirnos, me preguntó si iría al partido del 23 de diciembre. Le confesé que hacía algunos años había establecido esa tradición sagrada, cuadrando cada invierno mis vacaciones laborales para poder asistir a la jornada previa a la Navidad. Me dijo que, casualmente, también planeaba ir, ya que su hermano, que llegaba tarde a almorzar, tenía un abono que no usaba cuando hacía frío. Rompimos el siguiente silencio con un abrazo que duró un poco más de lo recomendado, mientras nos deseábamos felices fiestas. La observé alejarse calle abajo antes de que una boca de metro la tragara.

La tarde del encuentro, el Bernabéu brillaba como en un sueño infantil. Entré con mi carpeta azul como un talismán, esa vez guardada en una mochila para fingir que era un intelectual y no un archivador nómada de nostalgias. Solo, pues mi acompañante me había dejado plantado, lo que me irritaba sobremanera. Sin embargo, la vida, cuando decide parecerse al Madrid, lo hace a conciencia: inesperada, incómoda y, a su manera, gloriosa.

Eva estaba sentada tres asientos a mi izquierda.

Nos saludamos con una mezcla de sorpresa y humor. Comentó que aquella semana parecía un guion, y yo coincidí, aunque uno escrito con prisas, de esos que confían más en el azar que en la coherencia. Añadí que el guionista, si es que lo había, debía ser torpe pero bienintencionado. Ella evitó calificar mi pedantería y dirigió sus ojos al césped, ahogando la conversación en el himno atronador. Aquella fecha tenía todo lo necesario para disfrutar de una experiencia en el estadio: rival detestable, polémica en contra, nervios y un Madrid que remonta en el último suspiro para justificar nuestro sufrimiento.

En el minuto 90 llegó el gol de la victoria. El estadio rugió, el madridismo rugió, Madrid rugió, y Eva me agarró del brazo de repente, como si no lo hubiera pensado. Yo tampoco lo reflexioné; simplemente dejé que sucediera. El gol, la euforia compartida, la sensación jubilosa de que el tiempo, en ocasiones, se toma un descanso de sí mismo. Al salir del estadio, caminamos juntos por la Castellana.

—¿Sabes? Me alegra haberte encontrado. A los cuarenta no pasa tanto.

—A los cuarenta, nada pasa solo —logré balbucear.

La miré fijamente y ella me devolvió otra de sus sonrisas. No era una historia nueva, aunque tampoco la misma. Pensé que quizás ahí reside la magia: en que el tiempo, con toda su prisa, en ocasiones deja una pequeña ventana para las segundas oportunidades. Las cuales, sin duda, no son como las primeras… A menudo son mejores, porque saben que el reloj avanza.

Nos despedimos con un gesto sencillo. Sin beso ni fuegos artificiales, pero con una vibración compartida. Prometió que me llamaría después de las fiestas.

Cuando llegué a casa, abrí la carpeta azul. Por primera vez en veinte años, saqué cosas, tiré otras, hice espacio. Debo confesar que no sé exactamente para qué. O quizás sí. Para lo que venga.

Imágenes Gemini

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