Gonzalo, la enseñanza de Xabi Alonso y el vocabulario esencial para que un futbolista destaque.


Cuando todo lo que rodeaba al Real Madrid parecía una simulación, apareció, una vez más, un canterano. Marcó tres goles y los celebró con fervor, sin coreografías estudiadas en el espectáculo. La primera sutileza es la incomodidad ajena. Los que no comprenden son ajenos a eso.

La entrada de la clase media en el lugar de las estrellas del Madrid fue revitalizante. Y deja un vasto espacio para llenar las noches sin sueño del aficionado: ¿Cuál será el potencial del chico? ¿Es solo un comprometido o algo más? Parece que posee el metal corrosivo del canterano madrileño, que lleva en su ADN las torres de Florentino y el cielo prístino de la capital. Tendrá otros dos partidos para exhibir su flequillo inocente y su sabiduría de escuela clásica salmantina. Luego regresará el favorito del rey, y su nombre caerá en el olvido.

A los niños les atraen tres cosas: correr desbocados, pensar en lo oculto y arrasar ciudades. Cristiano encarnaba dos de esas tres cosas, mientras que la tercera se reencarnó en Benzema. Mbappé es la última y Vinicius a veces es la primera. Pero nadie sabe reflexionar en sitios donde faltan tiempo, espacio y oxígeno. De Modric, Kroos y Karim, hemos llegado a un niño de Pixar que nunca sale completamente de su envoltorio y, por eso, ha vuelto al banquillo. Y luego está Bellingham: traidor a su propósito, el del talento, que se pierde en los detalles y no posee visión de conjunto, pero sí la determinación necesaria para que se note su presencia en el campo, aunque su función no esté clara.

Todo era gélido a alrededor del equipo y Xabi, por una vez, capturó el momento. Planteó un partido serio, intenso, tedioso, con un equipo que se movía con la lógica más básica posible: en defensa un 442 para protegerse en conjunto y en ataque un 4231 donde Camavinga se descolgaba para barrer el centro como una Roomba: interponía la pierna con sutileza, se deslizaba entre los adversarios béticos y devolvía rápido como si no quisiera llamar la atención. Tchouaméni y Camavinga no son infranqueables, pero hacen que los rivales se metan en terrenos pantanosos de imposible salida. La verdad es que no piensan el partido ni asumen el control. Solo reaccionan a él. Así, el Madrid tiene seis jugadores defensivos y cuatro ofensivos. Son números mágicos, el seis y el cuatro, que contra rivales importantes no encajan fácilmente. Camavinga posee esa conducción eléctrica que puede cambiar el rumbo de los finales de partido, pero su juego es arrítmico y extraño. A veces parece rey y a veces esclavo. El juego del Madrid se volvía denso por momentos con el único punto de escape de Vinicius, pero había un orden interno, una lógica, casi un destino. En ningún momento el partido se sintió perdido. El gol y la victoria eran cuestión de tiempo. Un partido de esos que erosionan, que es mejor no revisar, pero que refuerzan la estructura y elevan a los jugadores.


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La razón de ese orden era Gonzalo, un delantero centro canterano que hace lo que Mbappé se niega a hacer por motivos inconfesables. Tras el partido, Gonzalo comentó: «Xabi me dice que mantenga ocupados a los centrales rivales para generar espacios para mis compañeros. Me dice que presione fuertemente y que intente robar cualquier pelota que pueda alcanzar y que simplemente sea un verdadero 9«. Son ese tipo de instrucciones que un soldado, un niño y un jugador de fútbol necesitan. Algo claro, sellado en un lenguaje sencillo. Gonzalo hizo exactamente lo que Xabi le indicó; no le resultó complicado, es lo que se dedican a hacer, jugar de delanteros. Cada uno de sus tres goles fue un poema en el estilo de los 90. Siempre apareció solo, porque su llegada al lugar donde le esperaba el balón, era precedida por pequeños desmarques.

En el primero, cabeceó un tiro libre lanzado por Rodrygo. Amagó hacia delante para luego tirarse hacia atrás y, con poco ángulo, lo desvió a la red con suavidad, como si su gol estuviese en el limbo de lo asombroso. Continuó con su juego limpio, de clara geometría, descargas y recuperaciones, hasta que recibió un balón en la frontal del área. Gonzalo estaba solo, siempre está solo, muy buena señal; hay delanteros que nunca experimentan eso en toda su carrera. El canterano recibió con el pecho orientando el balón con el control. Sin dejarlo caer, disparó cruzado, de volea, como sueñan los chavales, porque de esa forma el balón va tenso y bota justo antes del portero. Así lo imaginó uno y así le salió a Gonzalo, tan fácil que parece increíble que no ocurra más a menudo. Fue el gol que sueña un delantero. El que anotaba Van Nistelrooy los miércoles por la noche. La prueba de que en Gonzalo hay un jugador auténtico.

Foto: real-madrid-vinicius-junior-valencia-mbappe

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El tercer gol fue una obra colectiva. Ya había entrado Güler, que en el puesto de líder de la nave viste un atuendo enorme como una parodia, pero con el partido inclinado a su favor, jugando como un travieso, ilumina las jugadas casi sin querer. El turco se desmarcó hacia un costado mientras Gonzalo se introducía en el embrollo del área donde no había espacios ni razones. Miró hacia un lado y amagó hacia el otro, se detuvo, retrocedió, el defensor ya no lo siguió más y cuando Güler le pasó el balón, Gonzalo estaba solo y remató de espuela, algo mordida, porque el chico tiene el don del juego, pero sus pies no son los de un ángel, y fue gol. Un gol que anuncia algo más grande que una victoria contra el Betis.

El abrazo de Xabi y Gonzalo. (EFE/Kiko Huesca)

Aunque cinco goles son un montón, fueron explosiones de magma; no hubo un canto estelar al que exaltar con adjetivos. El público estaba tan contento como se puede estar en enero, en el Bernabéu, a las puertas de un año en el que por fin se desvelará la verdad sobre Europa. Vinicius carga con un melodrama desde que llegó de Brasil. Es como Hugo Sánchez o Cristiano, un jugador que no es del agrado general. A veces se le admira, pero no se le quiere. Jugó pegado a su banda, temiendo adentrarse hacia dentro, porque ahí lo estaba esperando el gol, y el gol lleva meses evadiéndolo. Pero salía, regresaba y convertía el frío glacial en una llamarada inconstante. Antes de la llegada de Gonzalo, Vinicius mantuvo la función. Y Gonzalo apareció de la mano de Rodrygo, quien sigilosamente se ha estructurado como un actor secundario con miedo de despertar a las bestias primitivas de su conciencia. Parece que ha dejado de interesarse por el gol. Él juega para todos y para sí mismo. Cuando lo sustituyeron, el público silbó, pero no a él, sino al cambio. Poco después, se marchó Vinicius. La afición expresó su descontento. Todos tomaron partido. Silbidos y aplausos. Vinicius mostró una expresión peculiar. Quizás de decepción. Se había esforzado, había luchado, aun así, el partido lo ganaron otros. No importó. Los silbidos permanecieron, como la banda sonora de un desastre anunciado.

¿Es posible que haya vida humana en este entorno inhóspito? No hay amor ni cánticos organizados. Un estadio que murmura, como una anciana rezando el rosario. Vini ha visto ser exaltado al enemigo y ha presenciado su propio desprecio, un príncipe que cruzó la desolación para alcanzar la victoria. Y poco después, ese mismo público, cantó a Gonzalo como si hubiera conquistado dos copas de Europa. Así que bajo esa piel grisácea, late el magma. No es exactamente vida, no es justicia. Es algo geológico, como los volcanes, el rencor o una aurora boreal.

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