La felicidad desde la perspectiva del Real Madrid.


Hay partidos que no solo se ganan, sino que se celebran; que no se juegan, sino que se interpretan; y que no se cuentan, sino que se reviven. El Real Madrid 4-0 Valencia de ayer pertenece a esa extraña categoría de encuentros donde todo fluye sin fricción, como si la pelota y los jugadores compartieran un mismo pensamiento. Fue un partido en el que el equipo de Xabi Alonso mostró la soltura de quienes dominan los pasos, sin dejar de lado el esfuerzo. Este es el 300º encuentro en el que el Real Madrid marca 4 goles en un partido oficial en casa.

Este Madrid, conviene recalcar, ha superado la ansiedad. Ya no persigue el marcador ni el mito: busca el disfrute. Y cuando el Madrid se divierte, los demás sufren. El Bernabéu, que en tiempos recientes había vivido en medio del murmullo, vivió ayer una liturgia de alegría. No hubo nervios, ni prisas, ni heroísmos de última hora. Hubo fútbol alegre, de ese que combina soltura con felicidad.

Kylian Mbappé ha captado el lenguaje del Madrid más rápido que muchos nativos. Dos goles —uno de penalti y otro de killer puro— le fueron suficientes para dirigir la orquesta. Ya no necesita mostrar su velocidad: ahora administra el tiempo, dosifica y elige el instante preciso para marcar. Su sonrisa tras el segundo tanto reflejaba a alguien que entiende que está donde debía estar desde el inicio. No fue una celebración, sino un gesto de pertenencia.

Alrededor de él, el ecosistema blanco marcha como un reloj. Güler gestiona el espacio con un descaro reminiscente a Özil en sus días dorados, pero con una precisión quirúrgica. Tchouaméni dirige el medio campo como un comandante prusiano: sin aspavientos, pero con autoridad; Camavinga, quien solo necesitó la segunda mitad para ofrecer otro clinic de calidad y alcanzar su victoria número 100 en competición española con la camiseta blanca, y Bellingham, ese prodigio que equilibra juventud y seriedad, marcó el tercero justo antes del descanso con la frialdad de quien lleva años en esto. Su gol fue una síntesis de su carácter: sobrio, limpio, impecable.

El Bernabéu, que en tiempos recientes había vivido entre el murmullo y el runrún, asistió ayer a una liturgia de gozo. No hubo nervios, ni prisas, ni heroísmos de última hora. Hubo fútbol alegre, de ese que combina la solvencia con la sonrisa.

Lo más impresionante de este Madrid no es su efectividad, sino su calma. El 3-0 al descanso no produjo ni una sombra de relajación. Los jugadores continuaron tocando, combinando, avanzando, como si el marcador no fuera relevante. El cuarto gol, obra del canterano Álvaro Carreras, fue una metáfora brillante: la cantera también sonríe cuando el entorno respira alegría. Su disparo desde la izquierda al minuto 82 fue recibido con un cálido aplauso, un símbolo de gratitud colectiva. Álvaro se convirtió en el jugador número 456 en marcar en un partido oficial con la camiseta del Real Madrid y en el 342 que lo hace en liga.

El Bernabéu disfrutó. No simplemente “aguantó” ni “esperó el pitido final”. Disfrutó. Y eso, en un estadio acostumbrado a la exigencia casi militar, es una revolución emocional. Este Madrid irradia bienestar. Cada control tiene sentido, cada pase tiene intención. Ya no hay gestos nerviosos, ni miradas de reproche, ni urgencias autoimpuestas. Es un equipo reconciliado consigo mismo.

A Xabi Alonso se le nota la influencia de los viejos maestros —Ancelotti, Zidane—, pero con un toque personal: la serenidad táctica del que fue mediocentro. Su Madrid no busca la espectacularidad por decreto, sino la claridad. Y, cuando la claridad se mezcla con el talento, se produce algo que roza la belleza.

El fútbol de Xabi no grita, convence. No impone, seduce. La presión alta tiene ritmo, pero no precipitación; la salida de balón parece un ejercicio de paciencia oriental. Es un Madrid maduro, equilibrado, consciente de que su mejor versión no requiere milagros. Por eso enamora: porque no busca nada más que jugar bien.

El Real Madrid 4-0 Valencia de ayer pertenece a esa rara categoría de encuentros donde todo fluye sin fricción, como si la pelota y los jugadores compartieran un mismo pensamiento. Un partido en el que el equipo de Xabi Alonso se movió con la soltura de quienes dominan los pasos.

Lo que más me impresionó fue la expresión colectiva del equipo. Esa sensación de alegría compartida, de disfrute coral. Se notaba en la complicidad entre Vinicius y Mbappé, en las sonrisas de los suplentes y en la calma con que Courtois organizaba la defensa. Hasta el público —ese juez tan exigente— se permitió aplaudir sin la urgencia del “hala, más”.

Esa alegría, tan inusual en un club que normalmente mide su felicidad en Copas de Europa, es el mejor signo de salud. El Madrid está descubriendo algo más allá del resultado: la naturalidad del dominio. Su autoridad emana del control, de la estética y del convencimiento.

¿Hubiese pitado Busquets si el partido hubiera ido en serio?

Nadie habló del árbitro. Y eso es noticia. Bueno, Busquets Ferrer tuvo dudas en el primer penalti a favor del Real Madrid. En una jugada en la que se señalaron tres penas máximas a la vez, el árbitro balear optó por la menos clara. A veces parece que lo hacen a propósito para generar polémica, la verdad. Pero también es cierto que, cuando el Real Madrid juega así, el pito no molesta, porque no hay margen para cuestionar el partido. Esa es la mayor humillación posible para el gremio arbitral: la irrelevancia. No porque dejen de pitar en contra —eso no cambiará mientras no haya una reforma radical—, sino porque su mala voluntad no afecta un partido en el que el Madrid está por encima del error humano.

El resultado se registrará en las estadísticas, pero el mensaje es otro: el Real Madrid está feliz. Y eso, en un club que ha hecho de la épica su lengua, suena casi subversivo. Gana sin drama, domina sin soberbia, juega sin miedo. Es un Real Madrid que sonríe, y eso —parafraseando a Borges— es un instante de paraíso que no debe olvidarse.

Porque vendrán partidos complicados, campos hostiles, árbitros con silbatos envenenados y rivales feroces. Pero mientras dure este estado de gracia, mientras el equipo se sienta alegre, el Madrid no compite: se divierte ganando. Y ahí, en esa sutil y gloriosa diferencia, radica toda la distinción entre ser un buen equipo y ser el Real Madrid.

Me despido como siempre, amigos. Ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida… ¡Hala Madrid!

 

Getty Images

 

 

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