Leo Román regresa a su escenario ideal.


En la carrera de un futbolista, hay un partido que marca un hito. Se queda grabado en su memoria, ya que significó el día de su consagración. Puede que pase más tiempo o menos, pero es raro que un futbolista talentoso, que alcanza la élite, no retenga en su mente un encuentro que cambió su trayectoria.

En el caso de Leo Roman, portero del Real Mallorca, hay dos partidos que destacan sobre los demás: el que disputó en Montjuïc contra el Barcelona y, principalmente, el que jugó el pasado año en la recta final de la temporada en el Santiago Bernabéu ante el Real Madrid.
Fue su partido. Fue el partido.

Se perdió por esa locura de Copete, que no pudo manejar una defensa de balón, y el Mallorca encajó el dos a uno en el descuento. Sin embargo, hasta ese momento, Leo vivió la gloria en cada minuto que pasaba. Detuvo y rechazó balones imposibles ante Endrick, Bellingham, Modric, Mbappé, Valverde, Guler… Fueron intervenciones que evitaron múltiples goles.

Sin él bajo los palos, no sería sorprendente que el marcador hubiese sido escandaloso, y el Mallorca podría haber perdido por cinco goles o más de diferencia. Pero en ese partido, la presencia de Leonardo Román Riquelme fue enorme, gigantesca e intimidante. Mostró no solo su talento bajo los palos, sino también la templanza necesaria para ser un portero de élite.

Siempre tranquilo, siempre atento, siempre en el ángulo adecuado para intervenir con la mano, el pie o incluso con el corazón si era necesario. El sábado regresa a un estadio que ya le conoce, a su mejor escenario. Leo vuelve al Bernabéu para convertirse nuevamente en un muro ante el asedio del equipo blanco.

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