Réquiem del 5-2 – La Tormenta del Norte


Qué día para regresar. He considerado encargar el artículo a Jacinto mientras me sumergía en mi cueva de la tristeza, pero no. Ahora que estoy de vuelta, asumo la responsabilidad de contarles lo que presencié ayer.

En efecto, ya he superado las dolencias que me llevaron a pasar por tres intervenciones con sedación este año, que me dejaron un pequeño susto, pero ya estoy bien, en forma y listo para servirles a ustedes. Antes, quiero agradecer a mi gran amigo por los artículos que ha escrito en este destacado medio de comunicación. Su ausencia ha sido compensada con más calidad que la mía, lo cual es muy apreciado. Jacinto Fernández, de quien pronto publicaré la historia de su triste vida amorosa en forma de novela, es un genio con la pluma, y estoy seguro de que ha encantado a todos ustedes. Muchas gracias, amigo mío, de corazón. Vamos al grano.

Hubo derbi y hubo entierro. No exagero: lo del Wanda no fue solo una derrota; fue una exposición pública del desastre, un compendio de humillaciones que, si uno es madridista, deja la impresión de que han entrado en su casa, han cambiado los muebles por chatarra y han dejado la factura en el sofá. 5-2. Punto, duro, desnudo, sin eufemismos.

Lo primero que debo decir, con la frialdad que requiere el diagnóstico, es que el Madrid jugó fatal. No “mal” como en un tropiezo deportivo: fatal. Lo que Xabi Alonso comenzó a insinuar (presión alta, movilidad constante, solidaridad en el trabajo defensivo y ofensivo) se desvaneció en los primeros cuarenta y cinco minutos como una promesa electoral. Saltamos al campo como si hubiéramos conocido la formación el día anterior: con buena letra, pero sin convicción. Mientras el entrenador llevaba en el bolsillo la partitura de un equipo moderno, los jugadores ofrecieron un concierto de churros: sin ritmo, sin mordiente, sin coordinación. Resultado lógico: nos barrieron.

Quiero detenerme en un aspecto. La jerarquía. En la década prodigiosa de las 6 Copas de Europa en 10 años, los madridistas nos hemos llenado la boca diciendo que “El Real Madrid no juega finales, las gana”. Pues bien, como azúcar en el café, como sal en el mar, como hielo en el agua caliente, la jerarquía del Real Madrid se ha disuelto en la mediocridad.

No se ganan partidos importantes y, lo que es más grave, no se mantienen ventajas en el marcador. Lo vimos el año pasado en el campo de ese equipo del que usted me habla y lo vimos ayer. Ventaja de 1-2 al limbo en pocos minutos y eso, amigos, no es solo cuestión de juego, de entrenador o de calidad. Es cuestión de alma, de la que tenían los jerarcas, los Cristiano, los Benzema, los Kroos, los Modric, alma que estos jóvenes no tienen.

Ahí es donde hay que trabajar y mucho. El Real Madrid no puede ser un pelele en manos de cualquier rival importante cuando se pone en ventaja. No hablo de autobuses, de juego duro ni de conservadurismo. Hablo, simplemente, de jerarquía, de ese aura de superioridad que hacía que cuando tomabas una ventaja el partido se decidiese a tu favor. Esto me preocupa y mucho.

El Atlético no realizó nada extraordinario; hizo lo suyo: intensidad, centros y castigo aéreo. No necesita ser genial para golpear si tú te presentas abiertamente en coma: te cuelga centros, coloca a sus torres en el área, remata y convierte. Sorloth se movió como un poste de demolición y nuestros jugadores, inexplicablemente, defendieron las acciones de balón cruzado con la elegancia de quien está de vacaciones. Cada saque de esquina, cada lateral al área, era una sentencia a trámite. Y cuando tu rival tiene fe y tú no, la suma es demoledora.

El Real Madrid no puede ser un pelele en manos de cualquier rival de enjundia cuando se adelanta en el marcador. No hablo de autobuses, de juego duro ni de conservadurismo. Hablo, simplemente, de jerarquía

Pero el drama no se limita al planteamiento blanco: hay manos ajenas que escribieron parte de la tragedia. Y aquí es donde el relato se ensucia. El arbitraje de Alberola Rojas tuvo esa delicadeza venenosa que hemos aprendido a reconocer: no fue un atraco a gritos, no hubo un penalti evidente en la primera repetición; fue, en cambio, una acumulación de decisiones pequeñas, casi todas favorecedoras de los locales, que terminaron por inclinar la balanza. El llamado “negreirismo fino”: ni estruendo ni justificaciones burdas, sino una serie de microgestos que, al sumarse, pintan el cuadro. El resultado: un Madrid desangrado por goteo.

Alberola Rojas en el Leganés-Real Madrid

Pasemos a los hechos concretos que USTED, que yo y que todos recordaremos con rabia: la entrada de Nico González, el niño sucio y marrullero de aquel mago del balón y líder del Superdepor campeón, Fran González, sobre Dani Carvajal. No es una interpretación retorcida: fue una entrada a la altura del tobillo, con los tacos, que dejó a Carvajal tocado y con dos meses de baja. En Inglaterra, eso se llama expulsión directa y tres partidos; aquí fue amarilla y la ambulancia moral la pagamos nosotros. Carvajal lesionado y el delantero rival se queda suelto. La secuencia es tan grotesca que desarma cualquier relato de imparcialidad: te dejan jugar con la seguridad de que si te lesionan grave, el marcador seguirá su curso sin reparar cuentas.

Y atención: ese mismo Nico es quien, minutos después, provoca el penalti que cambia el partido. No me digan que no vieron lo mismo que todos: Arda Güler despeja con intención, el balón va lejos, Nico, que se encuentra a más de un metro de la jugada, se lanza en plancha como quien quiere aparentar contacto, con las malas artes del mejor equipo de Canillejas. Alberola no necesita pensarlo: a la carrera, silbato a la boca, penalti. Si no hubiera tenido silbato, lo hubiera pitado con las manos, con los ojos o con un tambor, deseando que estaba el chifletero cliente de Negreirita. Si el arbitraje tiene un gusto por la teatralidad, aquí compuso una escena de ópera bufa: el actor cae, el juez cae con él y el VAR se toma el descanso. ¿Revisión clara en el monitor? No la hubo en el sentido que pedimos los que buscamos justicia, no la que llega con guante blanco. La sensación es que en el mismo partido se exigen cosas distintas a cada uno.

Alberola Rojas en el Leganés, 0 - Real Madrid, 3

No menos sangrante fue la novela de Sorloth. El noruego, con amarilla en el bolsillo, marca el 2–2 y celebra con la grada como quien besa la medalla que le acaban de otorgar. Se abraza con medio Frente Atlético (menos mal que no se pinchó con nada de lo que por allí abunda), con el linier y con el acomodador del fondo. Reglamentariamente, esa celebración, cuando ya tienes una amonestación, es susceptible de una segunda tarjeta y, por tanto, expulsión. ¿Sucedió? No. Alberola miró para otro lado con la sonrisa de quien no quiere romper el hilo argumental del partido. Resultado: un rival en pie y sin sanción cuando nuestras quejas por algo similar raramente obtienen viento a favor. Es la doble vara que llevamos protestando desde la noche de los tiempos.

Pero aún hay más: la falta que desemboca en el 3-2 de Julián Álvarez. Muchas voces (y no precisamente de confesionales madridistas) han señalado que Le Normand estaba incrustado en la barrera, en una posición que debía invalidar el lanzamiento y forzar la repetición. La cuenta de X, Archivo VAR, que no es madridista precisamente, lo posteó con la rotundidad de quien ve la imagen y no quiere maquillarla: aquello no debía subir al marcador, pero subió. Y aquí no se trata de conspiraciones estúpidas, se trata de hechos: si la norma se aplica con rigor unas veces y con la complacencia de quien mira a otro lado otras, al final el campo deja de ser un terreno de juego y se convierte en un teatro donde actúan los mismos actores de siempre.

Mientras tanto, Simeone paseaba por la banda con esa desfachatez que ha convertido su figura en un hábito intocable: sale, entra, se traslada por la línea como quien camina por su portal, vocifera, actúa. Y nadie le corta el monólogo. Si nosotros hubiésemos tenido un entrenador que se permitiera la mitad de esa libertad, otro gallo cantaría en los debates. Pero la permisividad es un deporte que algunos practican y otros prohíben. Es una parte esencial del guion: hay acciones que se permiten y otras que se reprimen con dureza. Eso nos deja la sensación de que no todos los que pisan la línea reciben el mismo correctivo.

Que nadie me malinterprete: una buena parte de la derrota se debe a nosotros. A la nulidad en la protección de los laterales ante los centros, a la incapacidad de controlar el medio cuando era necesario, a la falta de jerarquía a la hora de mantener y aumentar una ventaja, a la resignación prematura y a la sensación colectiva de que, con todo en contra, mejor aguantar. El Real Madrid jugó sin alma, jugó sin las señas que Xabi empezaba a implantar. Y eso es grave, porque la crítica es el único camino para recomponer el traje roto. Xabi lo dijo en rueda de prensa: dolor, aprendizaje y necesidad de mejora. Pero cuidado: las humillaciones quedan; se quedan tatuadas y pesan en la balanza final de un técnico. Este 5-2 no es una anécdota. Es una muesca que, si no se corrige con títulos y con reacción, se convierte en expediente; si no, que se lo pregunten a Pellegrini en su viaje a Alcorcón.

Y ahora, la parte que más duele, la que nos obliga a expresar rabia en escritura: esto no es solo una afrenta deportiva; es la constatación de un patrón. Que si el VAR se mira con lupa cuando interesa, que si el árbitro corre a pitar donde conviene, que si las decisiones pequeñas suman hasta crear una catástrofe. Negreira y su sombra han enseñado al público que hay maneras sutiles de ejercer poder y favor. Lo que ocurrió en el Wanda huele, por momentos, a esa misma técnica: no es el golpe grande que todo el mundo recuerda, sino la acumulación de pellizcos que acaban desangrándote. No digo más de lo que hemos visto y leído: la suma de acciones arbitrales, la caída teatral del rival, la impunidad en celebraciones y la pasividad ante entradas duras construyen un relato que nos deja en paños menores.

El Real Madrid jugó sin alma, jugó sin las señas que Xabi empezaba a implantar. Y eso es grave, porque la crítica es el único camino para recomponer el traje roto. Xabi lo dijo en rueda de prensa: dolor, aprendizaje y necesidad de mejora

A la salida del estadio, con la garganta seca y la rabia recién cocida, uno puede consolarse con los parches del fin de semana: la victoria en baloncesto, la alegría europea en la Ryder. Pero son curitas. La llaga del derbi es de otro calibre. Lo de ayer no se olvida. Quien quiera minimizarlo, que lo haga, pero en la memoria de este club quedan tatuajes que no se borran con buenas palabras: el 4-0 del Alcorcón, la paliza del Barcelona, la derrota ante el PSG en el Mundial, ciertas goleadas dolorosas en Europa, y ahora este 5-2 que pesa como una losa.

Si Xabi Alonso quiere transformar esto en un pasaporte, tiene una tarea urgente: recuperar identidad, rearmar la defensa aérea, blindar los laterales y, por favor, enseñarle a sus jugadores que en el fútbol moderno no basta solo con talento. Hay que luchar por cada centro como si fuera la última inhalación de oxígeno del partido. Y, sobre todo, exigir que el árbitro no sea juez de las pequeñas corrupciones que, al final, deciden partidos. Queremos árbitros que no parezcan autores dramáticos: que piten según el reglamento y que no conviertan un derbi en una función con guion predecible.

Estas líneas van como réquiem y como aviso: el Wanda nos ha dado una bofetada de campeonato, hasta en el carné de identidad, y queda la obligación moral de responder con orgullo. Pero que quede claro: ayer nos barrieron futbolística y disciplinariamente, y en la amarga contabilidad de los madridistas, ese resultado resonará durante mucho tiempo. Que sirva de lección, porque si no aprendes de estas palizas, el destino te las repite con mejores argumentos y peor compañía. Eso sí, la afición del Atlético de Madrid ya tiene la temporada hecha y Simeone asegura sus garbanzos. Ahora habrá que soportarlos en la oficina, en la fábrica, en el bar y en los colegios, con lo pesaditos que son. Así es.

Me despido como siempre con un dolor inmenso, pero hoy más que nunca, ser del Real Madrid es lo mejor que una persona puede ser en esta vida. ¡Hala Madrid!

Getty Images

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