Últimas consideraciones sobre el Clásico.
La impresión final, una vez despejado el panorama de postales y ruido, es que el Barcelona es un equipo superior al Real Madrid. Así de claro. Reconozco que esta es una opinión subjetiva que puede ser debatida desde distintas perspectivas, y Carreras y Asencio estuvieron cerca de contradecirla con argumentos sólidos. Sin embargo, ni el empate ni una posible derrota hubieran cambiado el hecho de que el Real Madrid tuvo como prioridad táctica neutralizar al Barcelona, lo que equivale a admitir una inferioridad inicial que se relaciona más con el juego en equipo que con el talento individual. Además, se trata de una inferioridad aceptada, ya que la dirección técnica (entrenador y cuerpo técnico) no hizo nada por subsanar esta situación en verano, cuando aún era reciente lo sucedido en la final de Copa, lo cual, en esencia, no es muy distinto a lo que ocurrió en Arabia. En este momento, como en aquel entonces, existe el peligro de pensar que lo ajustado del resultado es un indicador de igualdad. Y eso no es cierto. Estos encuentros, en los que las excepciones son contadas, suelen nacer y morir reñidos, sin que haya una relación directa con los momentos de cada equipo, sean buenos o malos. Dicho de otra manera: el Madrid no está a un gol de distancia, sino algo más lejos. No podía ser de otra forma si consideramos la naturaleza y especificidad de los refuerzos (Huijsen, Carreras, Arnold, Mastantuono), ninguno de los cuales tiene la capacidad de elevar el nivel del mediocampo; ni siquiera de liderarlo. Y en esa línea es donde se forja la identidad de un equipo, repito. Permítanme recordar, por si hiciera falta, las sucesivas bajas de Kroos y Modric, dos de los mejores centrocampistas de la historia del club y aún sin reemplazo. Suponer que un Güler ligeramente más maduro y una versión mejorada de Tchouameni serían suficientes fue un ejercicio de optimismo desmedido, por no decir imprudente. Tanto como creer que Camavinga se acercaría, por fin, al jugador que hemos intentado imaginar desde hace cinco temporadas.
El Madrid solo tiene dos caminos para alcanzar lo extraordinario, algo que se demuestra casi en cada partido: Vinicius y Mbappé. Sobre la tercera vía, Bellingham, actualmente hay más dudas que certezas: después de alcanzar la excelencia en su primer año, ya no sabemos si lo de hoy es un espejismo o si lo de ayer fue falso. El problema es que al cerrarse las alternativas —ya sea por lesiones, confusión o mérito del rival— apenas queda un juego al que aferrarse (la cuarta alternativa) y entonces solo permanece la legendaria resistencia a la derrota, la que permite igualar dos ventajas del Barça y casi tres. Señalada la mala planificación, que el equipo carezca de buen fútbol es responsabilidad exclusiva del entrenador, del que solo queda la excusa del poco tiempo en el cargo. En cinco meses, y con soldados obedientes, se puede crear un equipo desde la nada, pero es mucho más complicado modificar las rutinas de una plantilla de estrellas. La impresión, y no es alentadora, es que Xabi, tras numerosas pruebas, no ha resuelto el enigma. Si juegan los mejores (Mbappé, Vinicius, Rodrygo, Bellingham), el equipo se desequilibra, y si no lo hacen, no se mantiene.
El hecho de que Vinicius haya sido la estrella del Madrid en la final nos enfrenta a una realidad que puede ser incómoda, dada la insistencia del entrenador, del club y de buena parte del madridismo en proclamar a Mbappé como el único solista, un movimiento que parece destinado a prepararnos para un Madrid sin Vinicius. No seré yo quien niegue que el brasileño es agotador y, en ocasiones, frustrante, incluso para sus compañeros. Sin embargo, es un jugador del que no se puede prescindir si el objetivo es ganar, ya que ofrece soluciones para lograrlo, como bien sabe Simeone. Tal como vimos en Arabia, sigue siendo inabordable en carrera, y esa habilidad ofrece un recurso táctico que, al trazar las hipotenusas correspondientes, se resume en balones a Vinicius: corre, Forrest, corre.
Después de tres finales consecutivas perdidas contra el Barcelona, el riesgo para el Madrid es acomodarse en el papel de villano. Así ocurrió en los tiempos de Mourinho, cuando se aceptó la inferioridad y se intentó combatirla desde el lado oscuro, permitiendo que Pepe fuera quien cortara el césped del estadio. Hubo quien se mostró satisfecho con eso, pero hay otra alternativa que aún existe: comprar lámparas y brillar más.



