2.000 madrileños se llevan los muebles del Reina Victoria.


Tres turistas francesas se asoman a los ventanales del hotel Reina Victoria, en la céntrica plaza de Santa Ana. «¡Ouuuuua!» exclama una de ellas, mientras las otras hacen gestos de incredulidad. Han visto una butaca tipo Barcelona sofá a la venta por 90 euros y no se lo pueden creer. «Esto en Francia vale 4.000 euros. Es que hasta nos compensa pagar un camión desde aquí hasta Lille», explican. ¡»Vamos a entrar!».

Spoiler: no van a entrar. Las francesas no han reparado en que están en mitad de una zona de guerra. A su izquierda, a cincuenta metros, hay una cola de cien personas esperando para entrar a la exposición; un poco más arriba, en la entrada del hotel, otra centena intenta colarse por la que hoy es la salida. «¡No se puede entrar sin ticket! ¡Había que comprar entradas y ya no queda ninguna! ¡Esta puerta es solo de salida!», grita una empleada de seguridad, que lleva todo el día desbordada.

La cola ocupaba toda la fachada del hotel. (EC)

Son las 7 de la tarde y hace calor en Madrid. Más en el Barrio de las Letras, embutido en callejuelas repletas de terrazas y turistas. El único espacio amplio es la plaza de Santa Ana, ahora cercada por una valla metálica de obra que solo deja hueco para los bares y los taxistas. Es una situación cómica: del hotel van saliendo ciudadanos con sillas, lámparas, espejos o vajilla, que tienen que atravesar la plaza hasta llegar a su transporte. Este tránsito genera una intensa curiosidad entre los turistas que los observan desde las terrazas: muchos se acercan al hotel. A su vez, la aglomeración de gente en la puerta ejerce como imán para otros turistas que pasan por allí y, sorpresa, también se suman al jaleo.

Para contenerlos a todos, dos empleadas de Liconsur Seguridad. Llevan desde el mediodía, cuando el sol pegaba de frente, custodiando una puerta por la que no para de salir gente con gangas. Tratar con grupos es siempre desesperante: las empleadas explican a voz en grito que no se puede entrar y hay personas que escuchan, acatan, esperan unos segundos… e intentan entrar. Perdemos los papeles por un buen mercadillo.

Dos guardas en apuros. (EC)

El responsable de todo esto es el hotel Reina Victoria, propiedad de un fondo soberano de Abu Dabi y operado por Meliá desde 2004. Los árabes han decidido cerrarlo para una reforma profunda y, cuando vuelva a abrir sus puertas, será un hotel de lujo operado por la francesa Accord a través de su marca The Hoxton. De modo que Meliá está liquidando todo su mobiliario, que consiste en más de 10.000 piezas de diseño, a precios de saldo.

Es habitual que se den este tipo de operaciones entre hoteles o anticuarios, nunca con ciudadanos. En esta ocasión se ha hecho, además, con la máxima publicidad: la empresa que lo gestiona, Eco One, ha conseguido salir en todos los medios de comunicación, hasta el punto de repartir entradas. Más de 2.000 han colocado en veinte minutos aunque, por los comentarios en las redes sociales, la gran mayoría parece haberse quedado fuera.

Varias personas miran la exposición del Reina Victoria. (EC)

Dentro, la sensación no dista mucho de la de un Ikea. Los compradores eligen sus muebles en una sala, apuntan la referencia y pagan en la contigua. Hay una regla inviolable: si no es una cama o un sofá, te lo llevas puesto. Hay camas queen size por 120 euros, lámparas Taraxacum por 40 o una chaise longe inspirada en Los Eames por 65. Son réplicas, por supuesto, y a algunas se les nota el trajín hotelero, pero poco hay que objetar a ese precio.

Al fondo de la sala de exhibición, una joven pareja de Chamberí revisa unas butacas ante la atenta mirada de los que hacen cola para entrar. Quieren llevarse tres y una mesita, la cuestión es cómo. Han llamado a un amigo que tiene una furgoneta, pero solo puede aparcar al otro lado de la plaza, de modo que el operativo queda así: el amigo trae a dos de sus hijos, cuya misión será sentarse en las butacas en mitad de la calle mientras la pareja lleva la mesa y la otra butaca hasta la furgoneta. Después, presumiblemente, volverán a por los críos.

Antes de comprar hay que fichar. (EC)

«La ubicación es la que es, nosotros no podemos hacer nada. Sabemos que no es una zona fácil para la logística, pero no podemos enviar miles de pedidos pequeños», dice Zdenka Lara, responsable de la empresa que organiza el mercadillo. «Hemos hecho esto otras veces, con otros hoteles, esta es la primera vez que hacemos B2C y la experiencia está yendo muy bien. Nuestro objetivo, como empresa, es que se tiren menos cosas a la basura«.

En la sala de pago la situación está más crispada. En torno a cuarenta personas hacen cola para la caja entre vajillas y dispensadores de gel de hotel. Solo tienen 45 minutos para elegir y pagar antes de que entre otra hornada de compradores, lo que fomenta la compra impulsiva. Es fácil encontrarse con escenas dantescas como gente intentando trasladar un espejo de dos metros de alto, parejas cargando con las copas suficientes para montar un bar o personas con televisiones enormes. «Esta me ha costado 70 euros. Me parece un buen precio, lo que pasa es que no me dan ninguna garantía. Si al llegar a casa la enciendo y está rota, me jodo», dice el hombre de la imagen inferior. «¿Que si está esto bien organizado? Para mí esto es una tomadura de pelo, no puede ser que nos tengan una hora haciendo cola para entrar a pegarnos por los muebles», lamenta.

Hombre posa orgulloso con su TV de 43 pulgadas. (EC)

Podría decirse que la primera jornada de esta pionera iniciativa ha salido bien. Ha habido, eso sí, momentos de tensión: a mediodía, justo antes de abrir las puertas, han llegado a acumularse 200 personas en la puerta, tantas que cortaban el paso de una zona especialmente transitada. Finalmente, la sangre no ha llegado al río y han conseguido vender una buena parte de la exposición en el primer día. Todavía quedan chollos como máquinas de café por 20 euros o mesas de cafetería a 30 para los 1.400 compradores que pasarán por el espacio hoy y mañana, cuando se cerrará este pionero mercadillo del Reina Victoria.

Tres turistas francesas se asoman a los ventanales del hotel Reina Victoria, en la céntrica plaza de Santa Ana. «¡Ouuuuua!» exclama una de ellas, mientras las otras hacen gestos de incredulidad. Han visto una butaca tipo Barcelona sofá a la venta por 90 euros y no se lo pueden creer. «Esto en Francia vale 4.000 euros. Es que hasta nos compensa pagar un camión desde aquí hasta Lille», explican. ¡»Vamos a entrar!».

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