Al Teatro Real: de éxito en éxito
Existen noches en el Teatro Real donde el presente se entrelaza ineludiblemente con el recuerdo. Ayer fue una de esas noches. El regreso de Xabier Anduaga al coliseo madrileño, esta vez en forma de recital y acompañado del pianista polaco Maciej Pikulski, no fue solo una demostración de habilidades -que lo fue, y de qué manera-, sino una confirmación de que el tenor donostiarra ha accedido por derecho propio a esa estirpe de voces ibéricas que han marcado la lírica del último medio siglo.
Al escuchar a Anduaga este diciembre de 2025, la mente no puede evitar viajar al pasado, ya que en la voz de este joven hay una síntesis de virtudes que parecían perdidas. Su canto resuena con el eco inconfundible de Josep Carreras: esa efusividad latina, ese timbre que cautivaba desde la primera nota y una entrega que roza el peligro, dando todo sin reservas. Pero al cerrar los ojos en los momentos más líricos, en la parte central, se asoma la nobleza aterciopelada de Jaime Aragall, ese color viril y melancólico que convertía cada frase en un abrazo sonoro, aunque Anduaga, afortunadamente, posee unos nervios de acero que a veces faltaban en el tenor catalán. En otros instantes, el glorioso fantasma de Pedro Lavirgen se presenta. Anduaga comparte con el cordobés ese «squillo» metálico, penetrante y valiente, esa capacidad de proyectar la voz hasta el último rincón con una insolencia y generosidad que levantan al público de sus asientos. No es un tenor de laboratorio; es un tenor de raza, de los que muerden la nota.
El programa, exigente y variado, sirvió para poner a prueba estas cualidades, para satisfacer los gustos más diversos y para demostrar que Anduaga desea -y, probablemente, puede- dominar todos los terrenos. Comenzó con canciones de Bellini y Tosti, un territorio ideal para despertar al Carreras que lleva dentro en piezas como «L’ultima canzone». Cantó con el corazón, con esa generosidad exuberante y directa que busca la emoción. La voz fluyó libre, amplia, con un centro carnoso y unos agudos brillantes. El color de esos agudos recordaba que su voz comenzó siendo la de un tenor ligero, aunque ahora ya se ha ampliado y desarrollado. También es cierto que en algunos oídos aún resonó la voz iluminada de Pavarotti en el mismo escenario en 1990.
Sin embargo, un recital es una experiencia compartida, y ayer Maciej Pikulski se mostró, no solo como acompañante, sino como un concertista de alto nivel. Su intervención en solitario con la «Paráfrasis de concierto sobre Rigoletto» de Liszt fue admirable. Pikulski abordó la complicada escritura lisztiana con una limpieza técnica impecable y un sentido teatral apabullante que provocó aplausos propios de un solista. Fue excepcional que las piezas del acompañante estuviesen relacionadas con el canto, ya que luego surgirían ecos de Schubert.
La parte operística comenzó con el «Tombe degli avi miei» de Lucia di Lammermoor. Anduaga ofreció un recitativo dramático, pesando cada palabra, alejándose del mero tenor ligero y acercándose a un Edgardo más lírico. Pikulski supo proporcionar el soporte necesario para que el tenor pudiera aligerar sin perder el apoyo. El contraste llegó con Verdi y La donna è mobile. Mientras en Tosti buscamos el pathos de Carreras, aquí emergió la chulería vocal de Lavirgen, aunque el Si natural final -¿o fue un do?- casi le causó problemas al tenor.
El comienzo de la segunda parte, con los «Tre sonetti di Petrarca» de Liszt, fue una auténtica prueba musical. Son obras complejas, donde la voz debe navegar por tesituras difíciles y el piano presenta una escritura casi orquestal. Anduaga resolvió «Pace non trovo» con autoridad, reflejando el recogimiento íntimo que exigen algunos versos. Pikulski creó atmósferas densas y tormentosas, dialogando de tú a tú con el cantante. Otro acierto en la programación fue dejar respirar al tenor con la transcripción de Liszt del «Ständchen» de Schubert, donde Pikulski nos regaló un momento de lirismo puro, con un canto legato en la mano derecha que nada tuvo que envidiar a la voz humana.
La incursión francesa con Reynaldo Hahn planteaba una duda razonable, pero Anduaga la superó esforzándose en aligerar la emisión, buscando la media voz y el matiz. Hubo momentos de gran belleza, aunque se percibe que su naturaleza tiende a la expansión y «Si mes vers avaient des ailes» tuvo un vuelo poético que demostró que el cantante está madurando a pasos agigantados.
Pero seamos honesto: el teatro se vino abajo con la Zarzuela. Es en el repertorio español donde la síntesis de Carreras, Aragall y Lavirgen cobra todo su sentido en Anduaga. «La Flor» roja de Los Gavilanes fue interpretada con un casticismo y pasión desbordante. Y el final con «No puede ser» de La tabernera del puerto fue lo que todos esperaban. Ahí estaba todo: el dolor, la fuerza, el agudo penetrante y timbrado de Lavirgen y la entrega casi suicida de Carreras. El público, entregado desde el primer instante, estalló en una ovación que hizo temblar la lámpara del Real y, por una vez, hizo sonreír al cantante. Hubo propinas -«Adiós Granada, adiós» y «Júrame»- y podrían haber sido muchas más si el tenor hubiese podido soportar y si empleados del teatro no hubiesen invadido el escenario para retirar el piano y preparar la cena para muchos asistentes de pajarita que esta noche visitaron el Real. Se respiraba dinero, pero un deficiente programa de mano, incluso en la web, no fue aceptable.



