Árboles únicos de Madrid y sus ubicaciones


Se dice que el ahuehuete del Parterre de El Retiro salvó su vida gracias a la artillería. Durante la Guerra de la Independencia, los franceses colocaron una pieza bajo su copa, lo que lo protegió de la tala que devastó gran parte del arbolado del parque. También se cuenta en la leyenda, algo más difícil de creer, que este ejemplar desciende del árbol bajo el que Hernán Cortés lloró la «Noche Triste» de 1520, cuando los aztecas expulsaron a su ejército de Tenochtitlán. En México, lo llaman «árbol viejo de agua», y corresponde a la especie Taxodium mucronatum. Con aproximadamente 400 años de edad fue hasta 2023 el árbol más viejo del parque (hasta que se trasladó aquí un olivo de 627 años) y uno de los primeros plantados al inaugurarse el recinto.

Este icónico ahuehuete es parte del Catálogo de Árboles Singulares de la Comunidad de Madrid, un inventario que contabiliza 283 ejemplares repartidos en 43 municipios. Se estableció en 1992, tras la aprobación de la Ley para la Protección y Regulación de la Fauna y Flora Silvestres en la Comunidad de Madrid, y ha sido revisado, como en 2015, cuando se añadieron 69 ejemplares. Son monumentos naturales con características singulares, como el plátano de sombra(Platanus x hispanica) de Aranjuez, que con sus 48 metros es el más alto de la Comunidad. La secuoya (Sequoia sempervirens) de la Casita del Príncipe de El Escorial, con 10 metros de diámetro, ostenta el récord de ser la más gruesa.

Lo que las hace únicas es su porte, altura, diámetro o incluso su historia, como el pino de la Cadena (Pinus sylvestris) de Cercedilla, que en la base de su tronco lleva una cadena en homenaje al padre del director de El Sol. Hay alrededor de 90 especies diferentes: tejos, hayas, encinas y alcornoques, algunas autóctonas y muchas exóticas, concentradas sobre todo en Madrid, El Escorial y Aranjuez, muy ligados a los Reales Sitios. Francisco Molina, jefe de Área de Investigación Forestal del Instituto Madrileño de Investigación y Desarrollo Rural, Agrario y Alimentario (IMIDRA), explica que «la realeza construyó grandes palacios y jardines durante una época de creciente interés por la botánica».

Árboles notables de MadridMiguel RosellóLa Razón

El Retiro es un excelente lugar para descubrir algunos de ellos, como el pino carrasco (Pinus halepensis) de la Rosaleda, que sobrevivió a un ciclón en 1886, tiene 200 años y mide más de 20 metros, o el ciprés calvo (Taxodium distichum) que se encuentra en el estanque del Palacio de Cristal; una especie cuya implantación es limitada a zonas ajardinadas, traída a Europa por un naturalista inglés desde EE UU en el siglo XVII.

En cuanto a los «madrileños longevos», el primer lugar lo ocupa de lejos el tejo (Taxus baccata) del arroyo Barondillo en el Valle del río Lozoya. Con unos 1.500 años, no solo es el más viejo de la Comunidad, sino probablemente de toda la Península. Los tejos, además de ser longevos, han sido considerados sagrados por muchos pueblos. Son símbolo de vida por los años que poseen y, simultáneamente, de muerte, ya que en muchos lugares de España se plantaban junto a los cementerios, ya que algunas de sus partes son venenosas. En tiempos romanos, se impregnaban de veneno las flechas al tiempo que llegaban a la Península. Quizás alguno utilizó este árbol como carcasa para frotar sus armas. Sin embargo, para admirar estos árboles singulares no es necesario salir de la capital. Muchos son accesibles a pie, como los del Retiro, o el Jardín Botánico, o en metro hasta el Palacio de Vista Alegre en Carabanchel o casi en la entrada del aeropuerto de Barajas. Aunque esta selección es modesta en comparación a todo lo que se puede observar, reúne algunos de los tesoros ocultos en los parques de la ciudad y las sorpresas que ofrece la naturaleza incluso en las áreas más urbanizadas de Madrid. Algunos de ellos son emblemas, como el madroño del escudo (aunque algunos historiadores sugieren que no fue un madroño lo que se intentó representar) o los imperdibles plátanos de sombra.

También se encuentra Pantalones, un viejo olmo que tiene un aspecto similar a unos tejanos por la disposición de sus ramas, uno de los más queridos del Real Jardín Botánico, que, a pesar de estar muerto, recuerda la grave enfermedad que ha diezmado esta especie: la grafiosis.

Un bosque de clones

La conservación in situ de estos árboles es responsabilidad de la Dirección General de Biodiversidad, que elabora el catálogo y se ocupa de su cuidado. Entre las medidas implementadas, se procura mantenerlos a una distancia prudente de los visitantes, a quienes se agradece su presencia, pero no tanto el pisoteo, ya que la compactación del suelo por su afluencia puede reducir el oxígeno disponible para las raíces y perjudicar al árbol. Por esta razón, se establecen zonas de protección.

La conservación ex situ es parte del trabajo de Francisco Molina: «Estos ejemplares singulares son árboles viejos, y muchos eventualmente morirán, pero su longevidad y sus particularidades los convierten en objetos de gran interés desde la perspectiva de la conservación. Algunos pudieran tener genotipos que resisten plagas, enfermedades o el cambio climático». Gracias al IMIDRA, disfrutan de una segunda oportunidad. En IMIDRA cuentan con un banco de germoplasma y dos viveros o arboretos de clones en la Comunidad, donde, a partir de semillas o mediante esquejes, mantienen y multiplican estos ejemplares. Así logran perpetuar el patrimonio natural de la región. «Dispone de una línea de investigación forestal centrada en la conservación y recuperación de la biodiversidad. Recolectamos semillas y tejidos, los traemos a nuestras instalaciones, y, después de analizarlos, reproducimos los ejemplares utilizando estaquillas o esquejes, o mediante fecundación in vitro. Desde 2015 hemos asumido la responsabilidad de conservar los árboles singulares».

Hasta la fecha, han clonado 114 de los 283 ejemplares del catálogo, produciendo unas 150.000 plantas para reforestación. «Nos enfocamos en las especies que figuran en el catálogo regional y aquellas que están en peligro de extinción». Una de estas especies es el tejo, que enfrenta «serios riesgos de regresión», aunque aún conserva algunos ejemplares en áreas de alta montaña, a más de 1.600 metros, como Rascafría o Canencia. Algunos «clones» son destinados a espacios de educación ambiental, como en sus instalaciones en Pozuelo de Alarcón y en Arganda del Rey, donde también se encuentra el banco de semillas.

El 21 de marzo se celebra el Día Internacional de los Bosques. Un recordatorio de algo que a menudo se pasa por alto: los árboles no solo producen oxígeno. También purifican el aire, regulan la temperatura, proporcionan materias primas y mejoran la salud mental.

En ciudades como Madrid, además, cuentan historias. Algunas, como la del ahuehuete del Retiro, llevan siglos manteniéndose en pie.

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