Arquidiócesis de Madrid – Daniel Escobar Portillo, delegado episcopal de Liturgia, sobre la Solemnidad de la Natividad del Señor: «Y vivió entre nosotros»


Con frecuencia pensamos y comentamos sobre la Navidad como si se tratara exclusivamente de la celebración del nacimiento de Jesús. Así como invitamos a familiares y amigos a nuestra casa cuando cumplimos años, el Señor nos convoca ahora en su hogar para celebrar su nacimiento. Esta explicación es útil hasta que nos encontramos con un pasaje del Evangelio como el de la Misa del día de hoy.

Resulta curioso que, en este día, se diga poco o nada acerca del nacimiento de Jesús. Es cierto que las lecturas de la Misa de Medianoche o del Gallo y de la Misa de la Aurora, tomadas del evangelista Lucas, nos narran alguna información sobre las circunstancias alrededor del nacimiento del Salvador. En contraste, el prólogo del Evangelio según San Juan, que es el texto que tenemos ante nosotros, prefiere en lugar de describir los detalles del acontecimiento concreto, darnos a conocer la identidad del que nace, su origen, la manera en que se acerca a los hombres y, sobre todo, las implicaciones que esto tiene para nuestra salvación. El eje de estas líneas es que «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros».


«En él estaba la vida»

La Pascua y la Navidad son las dos festividades más significativas del año cristiano. No es casualidad que ambas solemnidades cuenten con un tiempo litúrgico destinado a profundizar en la comprensión del gran misterio que encierran. Un tema central en estas festividades, y por lo tanto, a lo largo del año, es Jesucristo como la verdadera vida de los hombres, como no podría ser de otra manera. Al referirse al Verbo, el Evangelio de hoy menciona que «en él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres».

El Verbo, la Palabra de Dios encarnada, se convierte en vida, gracia y verdad para toda persona, y «a cuantos lo recibieron les dio poder de ser hijos de Dios». Este versículo resuena con la petición que hacemos al inicio de la Misa: «compartir la vida divina de aquel que hoy se ha dignado compartir con el hombre la condición humana». Esto queda reflejado en la oración que se utiliza desde hace siglos en la celebración de la Misa de este día. Pocas fórmulas litúrgicas expresan de manera tan sencilla y profunda el admirable intercambio que ha tenido lugar y que constituye el trasfondo de la celebración de hoy.

«La vida era la luz de los hombres»

Sin embargo, no solo las oraciones de la misa tienen relación con el Evangelio de hoy. Uno de los elementos navideños que nos recuerda a Cristo como la verdadera vida es el árbol de Navidad. La Iglesia aconseja colocar este árbol en nuestros hogares, ya que representa a Cristo como el verdadero árbol de la vida, de hoja perenne, que no muere.

El árbol, adornado con luces, simboliza a Cristo, la luz del mundo, que con su nacimiento nos guía hacia Dios y nos anima a vivir a la luz de su vida. Así, se nos recuerda visualmente que «el Verbo era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». Nos encontramos ante la luz del mundo, que brilla en la oscuridad.

Sin duda, San Juan Evangelista busca mostrar, a través de este pasaje, que con el nacimiento del Señor ha comenzado la revelación definitiva de Dios. Se nos da a conocer la vida verdadera, se nos ofrece una nueva luz en medio de las tinieblas. En otras palabras, Dios, a quien nadie ha visto jamás, se nos ha revelado a través de su Hijo unigénito, hecho hombre, hecho pequeño. Por lo tanto, para poder contemplar la gloria de Dios que hoy se manifiesta, debemos mirar hacia ese niño y recibir la gracia y la verdad que nos trae.

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