Atravesemos el Umbral de la Primavera
Pocas cosas son tan grises como una ciudad sin esencia. Resulta sorprendente que ninguna administración local admita que su ciudad carece de espíritu. Ningún ciudadano, incluso el más crítico respecto a la gestión y características de su lugar de residencia, dará el paso de aceptar que vive en un espacio sin identidad. Existen quienes piensan que una ciudad repleta de turistas, con abundancia de bares y terrazas, y con una gran cantidad de franquicias, ya lo tiene todo solucionado. Ahí radica el error.
Porque las ciudades no se definen por el número de cajeros automáticos que posean ni por la arquitectura anodina del Zara más cercano. La identidad y el atractivo de esa ciudad residen en el acervo cultural que logre conservar. Y cuando menciono patrimonio cultural, no solo pienso en monumentos y lugares históricos. Me refiero a librerías, teatros, cines o museos. Eso que valoramos y admiramos cuando visitamos otras ciudades y capitales, pero que estamos viendo desaparecer de nuestro entorno urbano, como si no nos importara.
Desconozco cómo asimilar el cierre de El Umbral de Primavera, un ícono del off teatral en Madrid y un refugio para todos nosotros que, en algún momento, hemos sentido que esto no es para nosotros. Aquellos que hemos cruzado el umbral sabemos que ese lugar desafía la cultura, el arte, los nuevos talentos y las obras audaces. Isra y Viviana imaginaron y crearon un espacio que solo le faltaba un dormitorio para considerarse un hogar. Hasta tenían a su perra María Luisa, descansando en su colchoneta, recibiendo caricias de todos con una gracia y dignidad dignas de una estrella del escenario. Con ese ambigú que funcionaba como ágora multidisciplinar, donde tomar una cerveza, leer una novela, ver una exposición o esperar el sonido de la campanilla que indicaba el momento de entrar en la sala para disfrutar de la función. Pues en esta ciudad, regida por quienes solo priorizan el capital, El Umbral de Primavera apuesta por el capital humano. Aquél que verdaderamente merece ser valorado.
El Umbral de Primavera se constituye como uno de esos espacios que dan alma a una ciudad. Para mí es un lugar especial porque allí he presenciado dramaturgias renovadoras, interpretaciones reivindicativas y he reído hasta las lágrimas, emocionada hasta el corazón. He hallado contenidos para mi programa en RNE, Wisteria Lane, he presentado libros de poesía y, si me permiten confesar, allí conocí al amor que hoy comparte su vida conmigo. Un flechazo en el teatro. Si otro me lo contara, sentiría hasta envidia. Pero así aconteció. Honramos esa primavera donde florecen las ilusiones y los proyectos. Y él y yo sentimos que algo se quiebra cuando el escenario de aquella primera mirada se oscurece.
Pero no tengo intenciones de redactar esta columna con la pluma caída, con la que se escriben los obituarios. Ni muerta. Primero porque ni Viviana ni Isra me lo permitirían. Y segundo, porque El Umbral de Primavera cerrará en 2027. Es decir, sigue vivo y abierto de par en par. Y mientras que la tristeza es sedativa, la rabia hace que el asfalto de las calles se quiebre.
Madrid, la ciudad que nos están despojando a plena vista, la ciudad que ha vendido su alma al diablo, parece carecer de razones para sentirse orgullosa. El Umbral de Primavera se unirá a la desaparición de la librería Tipos Infames, que a su vez se incorporó al listado que ya contenía a El Canto de la Cabra, Fuentetaja, la Kubik, el Sol de York… Madrid, una ciudad que se permite poseer un gran teatro en plena Gran Vía, cerrado desde hace casi veinte años. Detalles que solo nos hacen más pobres y más tristes. Porque sin espacios culturales los ciudadanos acabarán siendo una especie de Soto Ivars y ¿quién desea un mundo de Soto Ivares si no eres Stephen King y estás ocupándote de escribir tu próximo best seller de terror?
La mayoría de los espacios culturales que cierran lo hacen porque no logran equilibrar sus cuentas, como anunciaron desde El Umbral. «Somos de letras», bromearon. Las ciudades modernas, nidos de ultraliberalismo, no están diseñadas para quienes vivimos de las letras. Actualmente, las ciudades se reducen a cifras, logaritmos hostiles que solo se interesan por la letra si puede ser derivada. Se regocijan cuando el tejido cultural acepta su precariedad, porque eso valida su postura. ¿Quién desea abrir una librería o una sala de teatro, cuando puede optar por abrir una franquicia de ropa o de fast food, que garantiza más beneficios? Y en vez de resignarnos, deberíamos alzarnos.
No soy de quienes consideran que las administraciones públicas deben cargar con todo el peso del tejido cultural de un país, aunque algo de responsabilidad tienen. No obstante, creo que tienen la obligación de crear un modelo social que permita vivir y disfrutar plenamente. Que una persona se sienta orgullosa de tener un local alquilado en el centro de Madrid para una sala de teatro, como si fuera una resistencia numantina, en vez de ceder ante los fondos de inversión. Aunque no obtenga las ganancias que un liberal, con avaricia, le diría que puede generar con ese espacio. Crear comunidad es precisamente eso. Gente que se apoya mutuamente y que mantiene colectivamente el ambiente habitable.
Por ello, mientras esperemos la revolución, asistamos al teatro, al cine, a las librerías, a las salas de exposiciones, a las bibliotecas, a los museos y a los centros culturales. E incorporamos a las calles y plazas todo el saber y los valores que allí se preservan. Crucemos El Umbral de Primavera y veámonos dentro para que se note fuera. No hay astenia primaveral que pueda con los que amamos las letras.



