Ayuso controla la crisis, Almeida refuerza la Policía, Vox explota y la izquierda se desmorona.


Renuncias, ceses en masa, destituciones, expulsiones, implosiones… Madrid ha experimentado esta semana un sismo político sin igual en la legislatura. El movimiento sísmico comenzó en Sol con el despido del consejero de Educación, Emilio Viciana, y prosiguió en la Asamblea con las renuncias inesperadas de tres diputados del PP que apoyaban al ex consejero, además de la del director del Ballet Español de Madrid, Antonio Castillo Algarra. El deslizamiento se trasladó a Cibeles con la destitución del director de la Policía Municipal, mientras que en Vox se fulminaba a su portavoz municipal, Javier Ortega Smith.

Isabel Díaz Ayuso intentó controlar la crisis para negociar la estancada Ley de Universidades, a la vez que José Luis Martínez-Almeida reforzaba el mando policial en medio de una tormenta nacional por el caso del ex director adjunto operativo (DAO) de la Policía Nacional, quien estaba siendo investigado tras la denuncia de una subordinada por un delito sexual. La reacción inmediata de ministros y del propio presidente Pedro Sánchez contra la dirigente popular no logró eclipsar las acusaciones dirigidas al ministro del Interior.

La comparación deliberada entre Grande-Marlaska y la presidenta de la Comunidad debido al caso del alcalde de Móstoles apenas tuvo atención en la conversación pública, que se centró en el desgaste del Gobierno por la sucesión de escándalos. Esta semana, el del DAO volvió a poner en entredicho la gestión de los casos de agresión sexual en el entorno del PSOE. La acumulación de escándalos sepultó el caso de Salazar, pero no solo este. La avalancha de casos abrumaba a Moncloa y Ferraz, y esta semana el caso del DAO dejó en «visto» otros como las revelaciones de los WhatsApp de Koldo y las derivadas en República Dominicana, el accidente de Adamuz, la manifestación de los médicos contra Mónica García, las fracturas en la izquierda de la izquierda o el «caso Cabezón», el adjunto a la secretaría de Organización de Ferraz que supuestamente utilizó una estructura societaria para evadir impuestos.

Díaz Ayuso fue clara. «Les debería dar vergüenza», expresó cuando la izquierda intentó revivir la denuncia contra el regidor mostoleño. «No fue acoso sexual», concluyó. La presidenta denunció que el PSOE busca «dar lecciones» mientras surgen casos en el «entorno del ministro» del Interior y recordó el «caso de Tito Berni», las saunas, las amigas de Ábalos y el del ex asesor de Pedro Sánchez, Paco Salazar, del que comentó que iba «bragueta arriba, bragueta abajo».

La jefa del Ejecutivo madrileño esperó su intervención en el pleno de la Asamblea para ajustar cuentas con la izquierda después de que desde Moncloa clamaran contra ella. Pedro Sánchez llegó a pedir al presidente del PP, Alberto Núñez Feijoo, y a la mandataria regional que no encubrieran al alcalde de Móstoles, mientras el DAO mantenía su coche oficial y escolta, tras semanas sin actuar contra Salazar. Ayuso reprochó a la portavoz socialista, Mar Espinar, que su formación intentara dar lecciones siguiendo el guion de Moncloa y las directrices de su jefe, el ministro Óscar López, quien días antes había culpado al fallecido Javier Lambán por el desastre electoral en Aragón.

En medio de la tormenta por el impacto de la denuncia contra el DAO, el alcalde de Madrid destituía al director de la Policía Municipal, encapsulando así un posible daño en la recta final de la legislatura. La decisión fue presentada como operativa, aunque el contexto generó análisis políticos al respecto. La vicealcaldesa, Inma Sanz, defendió el cambio como respuesta a la necesidad de «mejorar la organización interna y reforzar la estructura de mando», pero las polémicas en torno al jefe de la Policía madrileña obligaron a una operación de urgencia.

Aparte de su imputación por la Audiencia Provincial por posible amaño en las oposiciones a comisario, el responsable de la Policía Municipal madrileña atropelló a una menor durante el apagón, un evento del que no informó al consistorio y por el cual en Cibeles le tenían en «barbecho».

El movimiento municipal se produjo en un momento en que las grietas se iban cerrando en Sol y en el grupo popular de la Asamblea. El deslizamiento de tierras comenzó a principios de semana. El despido del consejero de Educación activó el terremoto y Ayuso instaló el modo «contención exprés». Destitución fulminante, relevo inmediato y mensaje interno de cierre de filas para evitar que la crisis se convirtiera en fractura estructural.

La salida no llegó sola. La dimisión de tres diputados de la comisión de Educación, conocidos en la Cámara de Vallecas como «Los Pocholos», convirtió la crisis sectorial en política. Aunque desde Sol se comunicó que la decisión de cesar a Viciana buscaba «reforzar el funcionamiento de la consejería en un momento clave de la legislatura», la versión interna indica un enquistamiento de la Ley de Universidades y un clima de tensión institucional con los Centros Superiores.

El consejero de Presidencia, Miguel Ángel García, fue el encargado de establecer la posición del Ejecutivo y enfriar la situación. Resaltó que la norma seguiría adelante «desde el diálogo permanente con los rectores y la comunidad universitaria».

El mensaje buscaba calmar los ánimos mientras se reconfiguraba el frente parlamentario tras las renuncias. La estrategia consistió en no sobrerreaccionar: nada de escaladas verbales y contención mientras el foco se desviaba hacia los escándalos en el Gobierno y los problemas internos en la oposición.

La ministra de Sanidad, Mónica García, intentó, una vez más, colocar a Ayuso en el centro del debate sobre los presuntos casos de acoso sexual, pero la escalada de protestas de los médicos contra su gestión no logró sus objetivos. La también líder de Más Madrid ya siente el desgaste de su «guerra» contra los facultativos, que ha dejado en Madrid 80.000 pacientes sin atención. Mientras su partido busca formas de reconfigurarse, la ministra considera la posibilidad de regresar a la política madrileña con Emilio Delgado como figura emergente en sus filas.

El diputado madrileño ha ganado protagonismo en el contexto nacional. Esta semana, además, ha avanzado en su proyección al mover fichas en el espacio político a la izquierda del PSOE. Delgado ha defendido junto a Gabriel Rufián la necesidad de «construir una alternativa amplia que supere las siglas».

El movimiento coincidió con la implosión en el otro extremo del tablero político, la destitución de Javier Ortega Smith como portavoz en el Ayuntamiento. La dirección de Vox activó de inmediato el cierre de filas y hasta la portavoz en la Asamblea, Isabel Pérez Moñino, guardó silencio sobre los acontecimientos. Se remitió a la versión oficial, evidenciando la disciplina interna marcada desde la cúpula del partido. Ortega Smith, sin embargo, verbalizó su ruptura, denunciando una decisión «injusta» y cuestionando el procedimiento seguido. El ex secretario general del partido desafió a la dirección al negarse a ceder la portavocía del consistorio madrileño, y la reacción fue inmediata: expulsión. Su caída simboliza el distanciamiento con la dirección nacional y el desplazamiento del sector fundacional en la estructura madrileña, aunque Ortega Smith podría continuar en Cibeles y la división interna en el grupo municipal, también.

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