Bruselas se cansa de las amenazas de Trump y considera la posibilidad de una ruptura.
Europa respira aliviada esta semana, aunque nadie en Bruselas se atreve a predecir cuánto durará esto. La tensión con Estados Unidos ha entrado en una fase de tregua incierta tras los últimos movimientos de Donald Trump en el Foro de Davos, donde el magnate que actualmente ocupa la Casa Blanca moderó su discurso sobre Groenlandia y disminuyó un par de escalones en sus amenazas al Viejo Continente, abriendo una ventana de oportunidad para el entendimiento con Dinamarca. El problema es que la solución planteada por el norteamericano no genera una distensión total en las relaciones, ya que sugiere una mayor presencia militar estadounidense en un territorio danés – y por ende comunitario – a cambio de suavizar su retórica verbal y política.
Bruselas elige la prudencia. Su estrategia a corto plazo es mantener silencio y no responder de inmediato. No por convicción, sino por cálculo. En las instituciones comunitarias se reconoce que cualquier gesto puede ser interpretado por la Casa Blanca como una provocación. Sin embargo, la cautela no es sinónimo de confianza. Todo lo contrario. En las altas esferas comunitarias ya se considera que la relación transatlántica ha dejado de ser predecible y que el vínculo forjado tras la Segunda Guerra Mundial enfrenta la mayor crisis desde su creación.
La misma jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, admitía esta semana que la alianza con Washington “ha sufrido un golpe profundo”. Esto no responde a una interpretación improvisada de la estonia, sino que sintetiza una percepción compartida entre gobiernos, eurodiputados y altos funcionarios: Estados Unidos ya no es un socio fiable. La visión del que fue el principal aliado ha cambiado a la de una potencia que impone condiciones, amenaza y utiliza su peso económico y militar como herramienta de presión política.
El fin de un orden conocido
La noción de que el mundo ha cambiado de fase se ha consolidado en el discurso europeo. El marco liberal que rigió durante décadas, con normas, equilibrios y alianzas estables, está cediendo el paso a un panorama mucho más áspero. Emmanuel Macron lo describió sin rodeos como “un mundo sin ley,” caracterizado por la desobediencia del derecho internacional y el resurgimiento de ambiciones imperialistas que parecían olvidadas.
No cambian los actores en el tablero, pero sí las normas del juego. Estados Unidos ha dejado de ser percibido como un garante del sistema y se ha tornado, en palabras de varios líderes europeos, en un actor disruptivo. Friedrich Merz, canciller alemán, lo expresó de manera contundente a finales de 2025: la Pax Americana, tal como Europa la conocía, ha finalizado. Washington defiende sus intereses sin complejos y espera que el resto se adapte a ellos.
Este diagnóstico se reafirmó en la reunión extraordinaria de líderes europeos celebrada esta semana, convocada tras la amenaza de Trump de imponer nuevos aranceles si la UE continuaba oponiéndose a sus planes sobre Groenlandia. Aunque el republicano retiró el ultimátum unas horas antes del encuentro, el daño ya estaba hecho. Según fuentes diplomáticas citadas por medios europeos, el consenso fue claro: los códigos no escritos que han guiado la relación transatlántica desde 1945 ya no son efectivos.
Desgaste del apaciguamiento
Durante meses, la estrategia europea ha sido la contención. Halagos, gestos de buena voluntad y concesiones económicas han marcado la respuesta de Bruselas desde el regreso de Trump a la Casa Blanca. La UE ha aceptado aranceles, ha aumentado las compras de energía y material militar estadounidense y ha evitado choques directos incluso cuando Washington ha coqueteado con posiciones afines a las de Vladímir Putin en el conflicto de Ucrania.
No obstante, esa política empieza a mostrar signos evidentes de agotamiento. El acuerdo promovido por el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, para disminuir la tensión por Groenlandia ha suscitado más dudas que alivio. En círculos diplomáticos se reconoce que el apaciguamiento no ha frenado la dinámica de intimidación, y podría incluso haberla reforzado.
El primer ministro belga, Bart de Wever, lo expresó con una franqueza inusual en Davos: Europa ha optado por la indulgencia porque depende de Estados Unidos, pero hay límites que no se pueden seguir cruzando. La distinción entre aceptar una relación desigual y asumir una subordinación total está empezando a ser central en el debate europeo.
Una UE que corta el cordón umbilical
La confianza en el paraguas estadounidense se ha erosionado hasta niveles mínimos. En Bruselas se cuestiona abiertamente si Washington cumpliría sus compromisos de defensa en caso de una crisis grave. Además, hay sospechas sobre una estrategia deliberada de injerencia en los sistemas políticos europeos, utilizando fuerzas de extrema derecha alineadas con el trumpismo. Esta preocupación no es retórica: aparece de forma explícita en documentos estratégicos recientes de la Casa Blanca.
La respuesta europea empieza a tomar forma. Desde planes para fortalecer la disuasión militar hasta mecanismos de defensa comercial como el denominado “bazuca” comunitario. La diversificación de alianzas, ejemplificada en el acuerdo con Mercosur, y el impulso para crear una industria militar propia son parte de este replanteamiento.
Ursula von der Leyen lo resumió esta semana con un lema que gana fuerza en Bruselas: construir una Europa más autónoma. No como un gesto simbólico, sino como una necesidad estratégica en un contexto en el que, como advirtió el primer ministro canadiense Mark Carney, el nuevo orden global obliga a elegir entre sentarse a la mesa o aceptar ser parte del menú.



