Cierra sus puertas después de más de un siglo de alegrar la Plaza Mayor de Madrid.
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«Liquidación por cierre de tienda». Un letrero amarillo con letras en negro y rojo anuncia el cierre definitivo: la emblemática juguetería Bazar Arribas cierra sus puertas tras 117 años de ofrecer sueños y magia en Madrid. Hoy, al caer la noche, Conchita Rollán y Miguel Mauduit, madre … e hijo, que representan la tercera y cuarta generación al frente del negocio familiar, cerrarán de manera definitiva la persiana de la tienda ubicada en el número 16 de la Plaza Mayor. Esta decisión llega tras el fallecimiento en febrero de Concepción Arribas, la última encargada del comercio, a los 95 años. Con este gesto, se pone fin a una era. «Cambio de etapa. Las cosas comienzan y finalizan, y lo importante es empezarlas bien y terminarlas aún mejor», sonríe Conchita tras el mostrador de madera.
La historia de Bazar Arribas comienza en 1919. Un buen día de ese año, Juan Arribas Aguado, abuelo de Conchita y bisabuelo de Miguel, inauguró su primera tienda en Madrid. Al entrar al establecimiento, a mano derecha, un reloj antiguo colgado en la pared marca las cinco y pocos minutos. No es solo un adorno: es un símbolo de lo que fue el negocio en sus primeros años: una «relojería de moda». «Aunque principalmente eso era lo que se vendía, también había algunos juguetes», explica la nieta de Arribas, quien afirma que él era «un apasionado» de su oficio.
El primer local, ya cerrado, se encontraba en el número 19 de la popular plaza madrileña. Quince años después, Juan abrió una segunda tienda, a solo tres establecimientos de distancia de la primera. Ambas coexistieron durante años y en ellas se vendía prácticamente lo mismo. La del 16 sería la que, tras el fallecimiento del empresario, quedaría en manos de su hija Concepción. Este gesto, poco común en su época, ha sido una de las características entrañables del negocio. «Decidir hacerse responsable y asumir el mando no era igual que ahora. Afortunadamente, mi abuelo siempre la apoyó», cuenta Miguel. «Mi padre fue el apoyo detrás de la gran mujer que era mi madre», añade Conchita.
«Esto es una juguetería. Tiene más de cien años, pero cierra a final de este mes»: un grupo de jubiladas aprender sobre Madrid en un paseo guiado. La que habla es la guía que les explica la ciudad. «Qué pena», comentan entre ellas.
Semanas de despedidas y reminiscencias
Es una agradable tarde de marzo en la capital y la afluencia de personas que entran y salen de la tienda es constante y abultada. A medida que llegan las visitas, decenas de muñecos de cuerda, aviones, coches de juguete, juegos de mesa o bebés siguen esperando en las vitrinas y estantes, cada vez más vacíos, a que alguien se los lleve a sus hogares. «Está viniendo mucha gente», explica emocionada Conchita. Aunque en los últimos 12 años se dedicó completamente al negocio, a lo largo de su trayectoria laboral ha pasado con frecuencia por allí. Por eso conoce a los clientes habituales, algunos de los cuales empezaron yendo de niños a la tienda y ahora vienen acompañados de sus hijos y nietos.
«Hay clientes que han viajado desde Mallorca para despedirse y comprar los últimos recuerdos. Hay vínculos ya humanos»
Conchita Rollán
Tercera generación del Bazar Arribas
«Hay clientes que han viajado desde Mallorca. Tomaron un vuelo para darnos el pésame por mi madre, despedirse y comprar los últimos recuerdos», añade. La mujer manifiesta su agradecimiento por las personas que han traído también mensajes y encargos de otros que no han podido visitarlas. «Hay vínculos ya humanos», dice, refiriéndose también a clientes que residen en el extranjero y siempre hacen una visita cuando regresan.
Esa cercanía y trato familiar explica en gran medida la capacidad del establecimiento de mantenerse durante más de un siglo en la vanguardia. «También la selección de juguetes que ofrecemos, que no están disponibles en cualquier lugar», opina Conchita. La nieta del fundador destaca con entusiasmo la importancia de que sean los niños quienes jueguen con estos objetos y no al revés. También subraya las lecciones que enseñan, como los roles, el aprender a perder y el valor del trabajo en equipo. «Nuestros pequeños tienen un amplio abanico de posibilidades. No hay por qué excluir lo uno para incluir lo otro, y con todo van aprendiendo», expresa.
Últimos visitantes del Bazar Arribas, poco antes de su cierre definitivo.
(Ignacio Gil)
Mientras Conchita habla con ABC, una clienta pregunta si quedan peonzas. Otras dos solicitan consejo a Miguel sobre un regalo para un bebé de «unos 13 meses». «¿Qué hace este avión?», preguntan apuntando a un modelo de caza. El joven saca el juguete de la vitrina y les explica que emite sonidos y tiene luces rojas. «¡Le va a encantar!», exclaman las clientas. «Es estupendo para los niños, aunque no tanto para sus padres y abuelos», bromean entre risas, refiriéndose a los ruidos que produce, mientras le piden que lo envuelva.
Una vida entre juguetes
Aunque ha pasado siete años tras el mostrador, Miguel ha vivido toda una vida en la juguetería. Con 31 años, son incontables las horas que ha pasado en los rincones del local, al que llegó tras el final de la baja de maternidad de Conchita, cuando era un bebé, y se quedaba a diario bajo el cuidado de su abuela. Este hábito continuó durante la guardería y el colegio: lo llevaban y traían a la tienda. «Nuestros mejores recuerdos eran cuando traían los pedidos que venían en cajas muy grandes: nos hacíamos una casa, un castillo o lo que fuera y nos divertíamos mucho».
«Me recogían del colegio y me llevaban a la tienda. El mejor recuerdo era cuando traían los pedidos en cajas enormes y nos hacíamos una casa o un castillo, nos divertíamos mucho»
Miguel Mauduit
Cuarta generación del Bazar Arribas
Con el tiempo empezaría a quedarse solo en casa, pero, como afirma, «siempre sacaba un rato para bajar cada día». Así pasó hasta 2019, el año del centenario del Bazar Arribas. Fue entonces cuando oficialmente pasó a ser parte del equipo.
Durante este siglo en la Plaza Mayor, el establecimiento ha sido testigo de momentos que perduran en la memoria de los vecinos. Cuando aún no tenía ni 20 años presenció la Guerra Civil. Fue un refugio para Juan Arribas y su familia: cuando sonaban las alarmas, se refugiaban en la cueva que había en el número 19 para escapar de las bombas. Al finalizar la contienda, tuvo que adaptarse. «Eran tiendas de lo que se podía conseguir. Había algo de relojería, también bisutería, droguería, perfumería y, por supuesto, juguetes», remarca la nieta del fundador.
Desde los años 50 se enfocaron exclusivamente en los juguetes y así han continuado, resistiendo frente a grandes almacenes, el comercio por internet y los míticos “todo a cien”. También superando consolas y juguetes tecnológicos, e incluso una pandemia. «2020 fue una tragedia», recuerda Conchita. «No había nadie en la Plaza Mayor, ningún sonido. Mis padres mayores, el miedo al contagio…». A pesar de eso, destaca algo positivo: «No pudimos abrir, pero dentro de lo malo, fueron tres meses». Cuando volvieron, con restricciones, todo el mundo se volcó. «Creo que no fue solo el barrio; al menos la mitad. Venían a ver qué podían comprarte. Son cosas que siempre recordaré», afirma. También la expresión de sus padres, en su primera salida tras el confinamiento, para ver la placa que conmemora el centenario de la tienda, colocada en abril de 2020. «Aquí he sido y soy muy feliz», relata.
«Creo que hemos vendido ilusión y magia», reflexiona Conchita, al ser preguntada sobre el legado que dejan a Madrid. «Tanto niños como padres han salido muy contentos por estas puertas», complementa su hijo. «Entonces, que nos recuerden con eso, con la felicidad que también nos brindaba verles así».
A pocas horas de cerrar para siempre, no saben qué deparará el futuro, tanto para el local que han ocupado como para sus vidas. Saben que se sentirán conmovidos al pasar por delante, pero se quedan con los buenos recuerdos. «Ahora me sentaré a reflexionar. Ya veremos qué sucede», concluye Miguel.



