Compendio sobre el Madrid olvidado y las acciones necesarias para revitalizarlo.
Recientemente, he estado dedicando mucho tiempo a explorar el otro Madrid. No me refiero a lo que las guías promueven como -más por cuestión comercial- «el Madrid desconocido», sino a esos lugares donde la ciudad parece desmoronarse y hasta los edificios más emblemáticos sufren una especie de maltrato urbano. Me refiero a Atocha, al área de los rascacielos de la Castellana, Puente de Vallecas o los alrededores del Hospital Ramón y Cajal; zonas que el crecimiento incesante, el abandono o simplemente otras prioridades más apremiantes han transformado en paisajes hostiles para cualquiera que viva o trabaje cerca.
Sobre estos lugares parece haber un interminable letrero de ‘pendiente de reparación’. Y, por eso mismo, al atravesarlos se siente una gran incomodidad espacial, una falta de entendimiento de escala, forma y función que clama por restaurar el desorden; lo que los arquitectos llamamos de forma un tanto presuntuosa “serenar el paisaje”.
Caminemos, por ejemplo, hacia Las Ventas. No es necesario ser taurino para notar que el primer coso del mundo ha quedado relegado en una esquina insípida del barrio de Guindalera. La arquitectura neomudéjar de José de Espelius se choca prácticamente contra la barrera de alquitrán que supone la M-30 y el tráfico de la calle Alcalá, sin que la tosco plaza o los edificios circundantes le hagan justicia.
Ahora viajemos a Bogotá, en Colombia. Allí, la Plaza Cultural La Santamaría se encuentra a los pies de una obra contemporánea excepcional, las Torres del Parque del brillante Rogelio Salmona. Se trata de tres colosos residenciales de ladrillo de distintas alturas que ascienden en espiral y rodean el ruedo, interactuando con él a través de paseos aterrazados adornados con jardines y espacios de descanso.
No hay nada similar a nuestra Avenida de los Toreros, que ha convertido Las Ventas en una suerte de rotonda ciclada en tres dimensiones en la que dar vueltas. En Bogotá, la plaza de toros, las torres y sus espacios intermedios conversan y se integran al pie del cerro de la Virgen de Monserrate, a pesar de haber sido construidos en diferentes épocas.
Del paseo verde al engendro
Los edificios de Salmona son el referente de hasta dónde podría haber llegado Las Ventas con un poco más de atención a la planificación. Afortunadamente, el Ayuntamiento está intentando saldar esa deuda histórica con los vecinos a través del proyecto de parque urbano que seguirá a la nueva cobertura de hormigón de la M-30 en la zona.
Esta solución es análoga a la que se ha implementado en la Plaza de España. La transformación del foro donde confluyen la Gran Vía, Princesa y la Cuesta de San Vicente es uno de los grandes logros municipales. A partir de la antigua superficie se ha creado un paseo verde que conecta mi apreciada catedral de la Almudena con el Templo de Debod, una lección sobre cómo reducir la actividad en uno de los puntos más concurridos de Madrid.
Esto es precisamente lo que se necesita en el frustrante entorno de Atocha, donde el mosaico metropolitano que forman los barrios de Delicias, Pacífico y Lavapiés está en descomposición ante los 15 carriles de tráfico que se extienden entre la estación de ferrocarril y el Palacio de Fomento.
Este último, más conocido por ser la sede histórica del Ministerio de Agricultura, es uno de mis edificios preferidos de Madrid y también de los peor tratados de la ciudad. A pesar de ser el remate sur del Paseo del Prado y de colindar con el Jardín Botánico, este palacio que se asemeja en escala a la Biblioteca Nacional pasa prácticamente desapercibido para los madrileños. La razón es muy sencilla: no existe ángulo o esquina en toda la zona que permita apreciar las dimensiones de este complejo monumental.
Este problema no es reciente, ya que se perpetúa desde la construcción del tristemente célebre ‘scalextric’ de Atocha. Aquella pasarela elevada —la primera en la ciudad— convirtió la glorieta en una intersección mecánica que acaparaba el espacio público. Y aunque el engendro fue desmantelado en 1986, el legado de caos vial, mala conexión peatonal y espacio degradado aún persiste. Quizá algún día podamos admirar la magnificencia y el valor patrimonial de las cariátides del palacio, los patios cubiertos y la escalera imperial que Ricardo Velázquez Bosco diseñó entre 1893 y 1897, como nos recuerda el Colegio de Arquitectos de Madrid.
La obra de un maestro
El Madrid maltratado también se asoma fuera del centro histórico. Para comprobarlo, solo es necesario trasladarse al norte. A la sombra -literalmente- de los rascacielos del Paseo de la Castellana y casi asfixiada al final de este, se encuentra la Colonia de San Cristóbal, creada por el maestro Secundino Zuazo para los trabajadores de la empresa municipal de autobuses (EMT).
El tiempo parece haberse detenido en este pequeño poblado del que las nuevas torres de metal y cristal han robado el sol poniente. Ya no es solo cuestión de estética, sino de justicia, que nuestras autoridades rescaten del olvido este ejemplo de vivienda humilde que Zuazo construyó con más ingenio que recursos en plena posguerra. Sus galerías arqueadas y jardines interbloques nos recuerdan que antes del Madrid del siglo XXI hubo otro del que todos provenimos y que merece ser preservado. Ese contraste entre dignidad arquitectónica y degradación —entre vivienda social diseñada para coexistir y unas torres y vías que la minimizan— ilustra un desequilibrio que el nuevo Madrid no debería tolerar.
Además, estas cicatrices urbanas se amplían a medida que nos alejamos del centro y nos acercamos a la periferia. Desde el sinsentido de la Plaza Elíptica -que registra la mayor contaminación de la región- hasta el enorme vacío socioeconómico de zonas como Campamento, llegando a la brecha que las vías del Cercanías crean al entrar en Leganés, Getafe, Móstoles o Alcorcón. Para estos municipios, lo que en horario laboral es un medio de transporte eficiente se convierte el resto del tiempo en una barrera infranqueable que fragmenta la comunidad.
En un Madrid que mire más allá de 2050, estas fracturas deben ser sanadas. Para ello, debería detenerse, reflexionar y definir en qué quiere convertirse, y los lugares que debe crear para los ciudadanos que habitarán en él. El Madrid maltratado merece una segunda oportunidad y esto depende más de la sensibilidad en la planificación del crecimiento que de la inversión económica. Como ciudadanos y arquitectos de su futuro, tenemos la responsabilidad de abrir la puerta a esas mejoras. Una vez abierta, Madrid podrá cruzarla por sí mismo para convertirse en un lugar mejor de lo que es hoy.
Recientemente, he estado dedicando mucho tiempo a explorar el otro Madrid. No me refiero a lo que las guías promueven como -más por cuestión comercial- «el Madrid desconocido», sino a esos lugares donde la ciudad parece desmoronarse y hasta los edificios más emblemáticos sufren una especie de maltrato urbano. Me refiero a Atocha, al área de los rascacielos de la Castellana, Puente de Vallecas o los alrededores del Hospital Ramón y Cajal; zonas que el crecimiento incesante, el abandono o simplemente otras prioridades más apremiantes han transformado en paisajes hostiles para cualquiera que viva o trabaje cerca.



