contiene las sepulturas de dos monarcas que decidieron permanecer juntos incluso después de la muerte.
- La iglesia emblemática del Barrio de las Letras, conocida como la parroquia de los cómicos, que guarda huellas de Cervantes, Larra y Galdós.
- La iglesia neobizantina, que sirvió como sede del Partido Comunista, deslumbra frente al Retiro con un interior impresionante.
Madrid oculta en sus calles tesoros que desafían el paso del tiempo. Un ejemplo es la Iglesia de Santa Bárbara, una joya arquitectónica que, en su historia, fue convento y ahora respira el bullicio judicial de la capital. Este lugar es, sin duda, un punto donde la fe, el arte y el poder se entrelazan de manera casi cinematográfica, brindando a los visitantes una experiencia que trasciende lo meramente religioso.
Situada en el corazón del barrio de la Justicia, esta parroquia no solo es un templo de oración, sino que esconde entre sus muros uno de los secretos más románticos y singulares de la monarquía española. Nos referimos a la historia entre Fernando VI (1713-1759) y Bárbara de Braganza (1711-1758), cuyo amor desafió las estrictas normas del protocolo real, rompiendo la tradición de enterrarlos en el Monasterio de El Escorial y convirtiendo esta iglesia en un panteón real inusual.
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Jorge García González
Entrar en este templo es sumergirse en un universo de contrastes donde la arquitectura barroca alcanza su máxima expresión de elegancia y sofisticación. Desde su imponente escalinata exterior hasta los detalles más íntimos de sus capillas, cada piedra de este conjunto arquitectónico ha sido testigo de incendios, transformaciones políticas y una devoción que se mantiene inalterable desde el siglo XVIII. Reconocida como una de las iglesias más hermosas de Madrid, su visita no solo nos permite admirar la maestría de figuras como Sabatini o los hermanos Velázquez, sino también comprender la importancia de una reina que trazó su propio destino.
De convento de clausura a sede del Tribunal Supremo
El origen de este monumental conjunto nos transporta al año 1748, cuando la reina Bárbara de Braganza inició la fundación del Convento de las Salesas Reales, comenzando las obras dos años después. Su ambiciosa intención era establecer un colegio de clausura para las hijas de la nobleza y la aristocracia y, al mismo tiempo, asegurar un refugio digno para ella en caso de enviudar de Fernando VI. En aquel entonces, esta zona de Madrid era considerada la periferia, ideal para el recogimiento y la oración que la reina tanto valoraba, alejada de las intrigas palaciegas.
La construcción se convirtió rápidamente en un ícono de la arquitectura madrileña gracias al ingenio del arquitecto francés François Carlier, quien dio al diseño un estilo barroco refinado y singular en comparación a otros edificios contemporáneos en la capital. Sin embargo, el destino quiso que Carlier tuviera que viajar a Parma, dejando el proyecto en manos de Francisco Moradillo, quien completó la obra añadiendo un sello personal distintivo, introduciendo cambios significativos como las dos imparables torres-campanario que no estaban en los planos originales y que otorgaron al templo una mayor verticalidad y presencia.
En solo siete años, un récord para la época, el conjunto fue concluido e inaugurado en 1758 con todos los honores, en ceremonias solemnes que contaron con la presencia de la propia reina fundadora, que ya en ese momento tenía una salud bastante deteriorada, falleciendo ese mismo año. El convento se dedicó a la vida religiosa hasta 1870, cuando las leyes de exclaustración obligaron a las monjas salesas a trasladarse finalmente a la calle Santa Engracia. El Estado se apoderó del monasterio y sus huertos convirtiéndolos en el Palacio de Justicia, función que ha evolucionado hasta convertirse en la actual sede del Tribunal Supremo. A pesar de los devastadores incendios de 1907 y 1915, que arrasaron gran parte de las instalaciones civiles y obras del Museo del Prado allí almacenadas, la iglesia se salvó milagrosamente, permitiéndonos hoy admirar la esencia del proyecto de Carlier y Moradillo.
Secretos barrocos y tradiciones bajo el altar
El interior del templo es una explosión de color y materiales nobles que justifican las críticas sobre su «excesivo» coste económico. La planta de cruz latina se despliega en una sola nave armoniosa, adornada con pavimentos de jaspe, maderas finas y una colección de mármoles que aportan al espacio una calidez inusual. Las pinturas al fresco de la cúpula y las pechinas, realizadas por los hermanos Velázquez, parecen cobrar vida cada vez que la luz natural se filtra a través de la vidriera de Santa Bárbara, representada con su palma de martirio y su espada.
Entre las curiosidades que alberga la parroquia destaca la existencia de una pequeña gruta a la izquierda de la entrada, que reproduce fielmente la gruta del Santuario de Lourdes. Durante diciembre y enero, este espacio se convierte en el hogar de un Belén tradicional que atrae a numerosos visitantes. Es un rincón de humildad que contrasta con la suntuosidad de los lienzos de Francesco de Mura, como La Visitación en el altar mayor, o las estatuas de San Francisco de Sales y Santa Juana Francisca que custodian los nichos laterales.
Cada 4 de diciembre, la fe se desborda en las naves de la parroquia al celebrarse la onomástica de Santa Bárbara, patrona de los ingenieros de armamento y los artilleros. La imagen barroca de la santa, en actitud reflexiva y sosteniendo una torre, preside las festividades en un templo que ha sabido conjugar su papel como parroquia, donde frecuentemente se celebran matrimonios de alto copete, con su condición de monumento histórico. Elementos modernos, como la gran escalinata diseñada por Miguel Durán en los años 30 para salvar el desnivel de la nueva calle, se integran hoy perfectamente en este conjunto que irradia elegancia.
Un diseño de Sabatini para el descanso de dos monarcas
El mayor tesoro histórico de la Iglesia de Santa Bárbara es, sin duda, los mausoleos con los restos de Fernando VI y Bárbara de Braganza. Al fallecer la reina sin haber dado a luz herederos, no se disponía que fuera enterrada en el Panteón de Reyes de El Escorial (solo las madres de futuros monarcas podían reposar allí). Sin embargo, el rey, profundamente enamorado y sumido en una tristeza inmensa, decidió que ambos descansaran para siempre en el convento que ella misma había fundado, deseando no separarse de su esposa, ni siquiera en la muerte, que ocurrió un año después. Así, el monarca desafió siglos de tradición y creó una fascinante excepción histórica.
Los mausoleos son una obra maestra encargada por Carlos III al arquitecto Francesco Sabatini, quien utilizó mármol y pórfido para erigir un monumento a la altura de la dignidad real. El sepulcro del rey, orientado hacia la nave principal de la iglesia, es el más elaborado, mostrando una representación del Tiempo que sostiene un medallón con la efigie del fallecido monarca, recordándonos la fugacidad de la gloria terrenal. Bajo la urna, que descansa sobre dos impresionantes leones de bronce, se pueden observar bajorrelieves que representan a las Artes bajo la protección real y figuras alegóricas de virtudes como la Justicia y la Abundancia.
Detrás del de su esposo y en el coro bajo de las monjas se encuentra el túmulo de la reina, que se eleva sobre un pedestal con un almohadón que lleva una calavera y una tibia, junto con un cetro bajo una corona. Sobre ella, dos angelotes sostienen un medallón ovalado con su retrato, obra de Juan León. Su orientación hacia la capilla privada simboliza su carácter concentrado y su anhelo de paz. A estos ilustres restos se suma el mausoleo del militar Leopoldo O’Donnell, que esculpido en mármol de Carrara por Jerónimo Suñol, presenta un estilo renacentista que, aunque difiere ligeramente de la estética barroca del conjunto, refuerza la relevancia de este templo como un lugar de memoria y homenaje para figuras clave en la historia de España.
Visitar la Iglesia de Santa Bárbara es, en definitiva, emprender un viaje a través de los sentimientos y las aspiraciones de una época donde la belleza era la forma más elevada de rendir homenaje a Dios y a los hombres. Perderse en el silencio de sus naves, observar los detalles en los bronces de Sabatini o simplemente admirar la imponente fachada de piedra berroqueña es comprender una parte esencial de la identidad de Madrid. Un lugar que, a pesar de estar rodeado por el ritmo frenético del sistema judicial y la ciudad moderna, se erige como un oasis de serenidad, recordándonos que, a veces, el amor y el arte son los únicos capaces de desafiar al tiempo.



